En un contraataque selló el empate Estudiantes. Cuando el partido se acababa. Casi en la última bola. Tomó el balón Leandro González, el mismo que había reemplazado sin éxito a Sebastián Verón. En ningún momento había sido el conductor de un equipo, el León, que, sin embargo, no merecía perder. Tomó el balón, a los 46 minutos. En realidad, tomó la galera y sacó un conejo, mágico, especial, lleno de vida. Un zapatazo alto, violento, un puñal en el corazón del maltrecho Boca, que no sabe ganar. Que no puede ganar. Se imponía, festejaba, ganaba por 1 a 0 con un tanto de Palermo, de penal, luego de una mano de Desábato que, en realidad, no había sido tal. Pero el árbitro Pompei así la vio. Y Boca ganaba. A estas alturas de sus angustias existenciales, ya era toda una declaración. Pero no pudo. González recordó que jugaba en un equipo con una historia a prueba de todo. Aún, a prueba de empates (con sabor a triunfos) que parecían imposibles.
Durante los primeros minutos, la lentitud xeneize, no sólo ofrecida por Riquelme, fue la síntesis de un equipo sin fuerza ofensiva. Boca controló el balón sin potencia, ya que Chávez no era una alternativa y Palermo surgía como una figura decorativa. Estudiantes hacía su negocio: controlaba cada uno de los movimientos de su adversario. Hasta que Juan Pablo Pompei tuvo un grosero error: el centro de Palermo chocó contra la cadera de Desábato, pero el juez observó en el área una mano intencional del defensor. Y marcó penal. Palermo, potencia pura, abrió el score y, a partir de allí, el conjunto de la Ribera creció en sintonía. Gaitán se ofreció como una salida confiable por el sector derecho, en la modernidad de utilizar valores habilidosos y zurdos por ese sector. Méndez se hizo eje del juego y, de a poco, crecieron todos. Le costó reaccionar a Estudiantes. Sin el cerebro, Verón, y sin el goleador, Boselli, al León le costó demasiado equilibrar el juego. El Flaco González no tuvo desequilibrio; apenas Benítez, con sus envíos, creyó en la igualdad.
Pudo empatarlo Sosa, Palermo tuvo en un par de ocasiones el segundo tanto, en el contexto de un partido regular, que pasó de dueño a medida que transcurrieron los minutos. Si Boca, en la parte final del primer capítulo tuvo mayor claridad y capacidad, resultó Estudiantes lo más sustancial de aquellos primeros instantes del segundo acto. Claro que a medida que el desarrollo se desvanecía, los miedos gobernaron la escena. Boca apostó a un error de Estudiantes para definir la cuestión y el conjunto platense esperó, paciente, a que la última línea xeneize se confundiera alguna vez, sobre todo, por el frágil sector de Morel Rodríguez.
Merecía el empate Estudiantes. Y lo consiguió con un derechazo increíble, sensacional. Así, Estudiantes mantiene el respeto que se ganó a fuerza de estirpe. Y Boca parece un fantasma que se tropieza con su propia sombra.
Estudiantes empató cuando Boca ya celebraba
Merecía el empate Estudiantes. Y lo consiguió con un derechazo increíble, sensacional. Así, Estudiantes mantiene el respeto que ganó a fuerza de estirpe. Y Boca parece un fantasma que se tropieza con su propia sombra.Un golazo de González en el final selló el 1-1 contra el equipo xeneize, que ganaba sólo por un polémico penal marcado por Palermo. Un zapatazo alto en el corazón de Boca, que no puede ganar.