La pared sur es una vertiginosa caída a la que pocos escaladores se han animado. Se encuentra casi a mano para los mendocinos, pero pocos lo saben. Visitarla requiere de una organización, ni complicada ni difícil, pero manejada por conocedores del tema, para eso estaba “el Rudy” con sus mulas y otros pertrechos.
El nombre de Plaza Francia, surgió con el andar del tiempo como consecuencia de la expedición francesa de enero de 1954 que estableció allí su campo base y logró la cumbre dejando innaugurada la temida ruta.
La noche anterior a nuestra “aventura” dormimos en Penitentes. Un sueño no muy profundo y un poco de ansiedad, nos sacaron temprano de la cama, el desayuno caliente nos empujó a emprender el viaje con la emoción metida en las mochilas.
Las mulas que habíamos acordado nos esperaran ensilladas, listas en “lo del Rudy”.
Beto Erroz, “el Beto”, Carlos Alberto Landaburu, por ese entonces Director de Deportes de la Provincia de Mendoza, el mismísimo Rudy Parra, el Tito Magnani, y quien les escribe, nos dispusimos para la salida que además de larga, era pesada para las cabalgaduras.
Abandonamos la ruta internacional para internarnos en el camino que llega hasta la laguna de Horcones. La marcha se desarrolló por la quebrada en la que discurre el río Horcones. Íbamos por la margen derecha, designada así porque las márgenes se nombran mirando cauce abajo, y a unos cuarenta minutos de marcha cruzamos al otro lado a través de un puente de hielo que, en la actualidad no existe y en su lugar la producción de la película “7 años en el Tibet” construyó otro.
Una vez en la margen izquierda, comenzamos a descubrir las admirables y altas paredes coloridas del cerro Almacenes, parte de un cordón alargado cuyos estratos de diferentes elementos geológicos provocaron su denominación. La subida era fatigosa para los animales y los jinetes les dábamos aliento. Aguas que corrían apresuradas para formar parte del río Mendoza, rocas de todo tamaño y algunas matas floridas se asomaban entre las piedras acompañando nuestro paso.
Nos cruzamos con grupos que practicaban trekking, casi todos extranjeros atraídos por la fama de nuestro Aconcagua que, por lo general, hacen noche en Confluencia, a donde llegamos después de dos horas de marcha. El sitio se llama así por que en él confluyen las aguas de los glaciares Horcones Inferior y Superior que en forma de horqueta llegan a unirse y formar el río que nos había acompañado en la quebrada.
Un rápido y bien caliente café nos detuvo unos minutos mientras el “jefe” nos apuraba a retomar la marcha, nosotros hacia arriba mientras el Horcones descendía rumoroso por la quebrada.
Comenzó a soplar un viento helado que subía congelando nuestras espaldas, pero no frenaba nuestro entusiasmo, en mi caso sobre todo, porque la travesura de llegar al pie de la mítica pared sur era como aventurarse en un terreno de riesgo. Después de lograrlo llegué a la conclusión de que el mayor riesgo estriba en el viento helado y en la dureza de las monturas. Los baqueanos dicen que la única mujer que llegó hasta el pie de la pared, fue la mujer de Ferlet, a quien acompañó hasta el campamento base. Según ellos sabían, yo era la primera mendocina en visitar esas alturas. ¿Les creemos?
Marchamos hacia el norte en un terreno pedregoso, con una fuerte pendiente, surcado por una huella bien marcada que los animales hacían con esfuerzo.
A poco de andar comenzamos a flanquear la lengua final del glaciar que permanece debajo de una capa de residuos provenientes de la caída de rocas. Es lo que se llama “morena”.
Cada tanto fuimos descubriendo depresiones que se llenan con las aguas del derretimiento del hielo, formando lagunas de diferente tamaño que no son transparentes sino de un carácter lechoso porque contienen gran cantidad de yeso. Esto, más la dura presencia de las rocas que caen a pique, las partes descubiertas del hielo y la gama de colores del entorno, creaban una atmósfera casi extraterrestre.
Dos largas horas nos dejaron en el lugar de destino, el punto donde arranca la ruta sur del Aconcagua. Cuando la expedición francesa estableció allí su campo base, se construyó un refugio al que bautizaron con el nombre de Poincenot, un escalador francés que falleció ahogado en el río Fitz Roy durante la expedición que en 1951, conquistara el cerro del mismo nombre por primera vez. En el siguiente invierno una avalancha destruyó el refugio.
En ese punto el glaciar se desarrolla hacia la cumbre combinado con superficies de roca, lo que hace más difícil la escalada. En ese lugar, entre las grietas de la base, dos expedicionarios vascos encontraron partes de un avión carguero DC4 que se estrelló contra la cara sur del monte.
El Aconcagua tienta a los escaladores con varias rutas, la normal que parte de Plaza de Mulas y no presenta dificultades técnicas, siempre que se tenga en cuenta el acecho de la aclimatación, el buen equipamiento y la capacidad física. Otra es la del glaciar de los Polacos con una dificultad media y varias rutas más que fueron superadas en la pared sur, algunas de dificultad extrema.
Mientras comíamos algo y tomábamos café, dejamos descansar a las cabalgaduras Era algo más de un mediodía diáfano y soleado, pero por la altura de 4.000 m, el frío recomendaba iniciar el descenso.
Más de cuatro horas duró la etapa y, si bien para los animales el esfuerzo era menor, los jinetes quedamos en la incómoda posición que exige mantenerse erguidos para enfrentar la pendiente casi sin poder defendernos del cruel viento helado que subía por la quebrada.
Fue un día distinto, una experiencia única. Ya en la cama, las articulaciones y los músculos me decían que difícilmente olvidaría el atrevimiento de llegar hasta el pie del coloso y la satisfacción de haberlo realizado, no me la quitaría nadie.