Kuala Lumpur, ciudad de gigantes

Nuestra viajera incansable emprende una vez más su travesía por el mundo y esta vez nos lleva a visitar Kuala Lumpur, una ciudad maravillosa e impactante y la de mayor tamaño de Malasia. Además es el lugar donde se encuentran las emblemáticas Torres Petronas creadas por el arquitecto argentino César Pelli.

Hace unos días leí una noticia que me trajo gratos recuerdos. La nota estaba referida a un nuevo proyecto del arquitecto argentino César Pelli, el mismo que llevó adelante el maravilloso emprendimiento de las Torres Petronas en Kuala Lumpur. Entonces mi memoria, que es bastante fiel, llegó para recordarme el día que las conocí. Me ocurrió entonces algo que me había sucedido cuando vi por primera vez a la torre Eiffel: me quedé muda, maravillada y diciéndole, como si pudiera escucharme, toda la admiración que me provocaba.

Muchas veces me he preguntado si no intervenía el orgullo de que fueran mujeres como yo. De factura impecable, superándose como para alcanzar el cielo, elegantes, orgullosas, mirando a las ciudades que tienen a sus pies y con el cielo infinito haciéndoles marco. En estos días el nombre de Pelli nos ha sido recordado porque lleva adelante el proyecto del 15 Penn Plaza Center, en las cercanías del antológico Empire State Building, que durante cuarenta años fue el edificio más alto del mundo y con el que a lo largo de las últimas décadas han competido por su altura las torres de acero y concreto que levantan los hombres.

Viajábamos rumbo a Tailandia con la Malaysian Airlines y por una cuestión de horarios tuvimos que hacer una escala en Kuala Lumpur, entonces nos tomamos dos días, aunque fueran  pocos, para conocer algo de esta ciudad moderna, verde, preocupada por su desarrollo edilicio y en la que se destacan desde lejos las Petronas, y el edificio de la Televisión también con su espigada silueta. Nos alojamos en el Hotel Alysson, entre jardines y una espectacular piscina con cascadas, a unos treinta kilómetros de la ciudad.



Desde la llegada al aeropuerto de Klia, inmenso, moderno, funcional y preocupado para que sus instalaciones sean confortables para los pasajeros, con un servicio de aerotrenes que “volando” sobre las estructuras, conecta las terminales con toda velocidad, entendimos que nos encontrábamos, en este lejano destino del otro mundo, con una realidad que no sospechamos por desconocimiento. Una realidad que nos recuerda, a los que tratamos de aproximarnos al primer mundo, que la modernidad y el crecimiento ocurre nada más que por la voluntad de los gobiernos y del pueblo, interesados en el crecimiento y la búsqueda de una mejor calidad de vida.  Aún hoy me pregunto si el hotel estaba enclavado en jardines abiertos al público, o en un parque verde, prolijo y con altísimos árboles, o un bosque por el que serpenteaba una importante carretera.

Grupos de asientos para los paseantes, sectores con juegos para niños, poblado con exuberantes macizos de coloridas flores, más un aire reposado y de paz, me acompañaron en un paseo que hice por los alrededores del hotel. Ansiosos por conocer en esos dos días ese lugar, que como dije, desde nuestra llegada nos tenía sorprendidos, contratamos un vehículo con chofer y partimos rumbo al asombro que despertara en nosotros este lejano país. Atravesamos tierras cultivadas, complejos industriales y entramos de golpe en la ciudad sin abandonar las palmeras que esbeltas flanquean la ruta y son parte del paisaje, inclusive del urbano, y llegamos, como decía, sin pasar por suburbios con edificaciones improvisadas, como nos muestran a veces las grandes ciudades. Por el clima, caluroso y lluvioso los materiales de construcción son ligeros y si bien se notan que son emprendimientos humildes, no son precarios.

Finalmente, como una ansiada epifanía, en el horizonte se destacaron numerosos altivos edificios y reinando por sobre ellos las Petronas. Toda la ciudad es moderna y con un verdadero planteo de siglo XXI. Paseamos por avenidas anchas al compás de un tránsito abundante pero ordenado. El downtown poblado de modernas construcciones, absorbe una sociedad activa que habita la sede de sus oficinas. No fui conciente de encontrarnos con calles, en el sentido que nosotros le damos, quiero decir calles con negocios, esquinas. Las avenidas envuelven los sectores y los espacios están poblados de árboles. Diría que es una ciudad habitada por el verde.

Pero si ese paseo nos mostró algo de la ciudad, montados en uno de los pintorescos y decorados vagones del monorriel que recorre casi 9 kilómetros por encima de su intensa vida, vivimos una experiencia única. Cuando nosotros viajamos en él, había sido inaugurado hacía unos pocos meses y resolvía con un gran nivel tecnológico necesidades de traslación de un lado a otro de la ciudad. Vagones con aire acondicionado, vídeos informativos para los turistas, y cristales que ponían ante nuestros ojos el menú de la moderna Kuala Lumpur. La visita obligada ya que contábamos con poco tiempo, era treparnos a las fabulosas hermanas de casi medio kilómetro de altura. En el proyecto y ante el pedido del gobierno malasio, Pelli buscó combinar en el monstruo de hormigón, acero y cristal que estaba gestando, un diseño que luciera el desarrollo visual con que la decoración islámica atravesara los siglos, sin abandonar la altura que le requerían para hacer conocer a Malasia como el país “que tenía el edificio más alto del mundo”.

Tantas voluntades al servicio de una idea finalmente lo lograron. Pero solo por tres años conservó el cetro ya que fue desplazado de su reinado por la Torre Taipei 101 en Taiwán y luego ambos, por la Burj Dubai con más de 800 metros e inaugurada en enero de este año, aunque conserva el título como conjunto de dos torres. En 1999 fue escenario de la película “La Trampa” y vimos correr por sus galerías a Sean Connery y a Catherine Zeta Jones en una policial “atrapante”. Mientras nos acercábamos y ya no cabían en nuestros ojos, descubrimos uno de los desafíos que las hacen diversas: es el puente que las une entre los pisos 41 y 42.

Cuando llegamos a la entrada una larga cola esperaba para conseguir las entradas gratuitas que permiten hacer la visita y llegar hasta el observatorio. La expectativa es grande entre los que aguardan por que hay un cupo diario para ingresar. Pero si la vista desde la altura es alucinante y los equipos de audio nos informan de cada lugar que se enfoca, no lo es menos el interior ya que contiene en sus entrañas una sala de conciertos y un gran centro comercial en el que se alojan las boutiques más exquisitas y las marcas más chic del planeta. Aunque uno lo sospecha, las cifras que se manejan son superlativas, 16.000 ventanas en cada torre, 10.000 personas ocupándolas... Cuando abandonamos el eje capitalino, descubrimos barrios más antiguos, donde se desarrolla un comercio doméstico y son sede de las distintas colectividades que residen en Kuala Lumpur.

Tres etnias, la malaya, la hindú y la china budista conviven con sus trajes típicos, mujeres veladas o con la cabeza cubierta y envuelta en coloridos trajes y si bien cada una conservan sus lenguas madre, se comunican entre ellas en inglés. Como curiosidad visitamos el Barrio Chino y en una de sus calles descubrimos uno de los repetidos y mundiales mercados de artículos y chucherías, iguales a las que encontramos en Roma, Mendoza o Río de Janeiro. Los mismos relojes, baratijas internacionales, mezclados con artículos del folklore malayo, sobre todo sus telas con increíbles y únicos coloridos diseños.

A pesar del poco tiempo que tuvimos para entrever uno de los lugares que ha conseguido posicionarse en el mundo y hacerse conocer en el territorio de los rascacielos, levantados como fruto del ego y del orgullo competitivo, tuvimos que conformarnos porque debíamos seguir viaje y el hotel en Phuket nos esperaba .