"El Hombre mediocre que se aventura a la liza social tiene apetitos urgentes: el éxito. No sospecha que exista otra cosa, la gloria, ambicionada solamente por los caracteres superiores. Aquel es un triunfo efímero, al contado; ésta es definitiva, inmarcesible en los siglos. El uno se mendiga; la otra se conquista". “El Hombre Mediocre”, José Ingenieros.
No imaginé sentir tanta tristeza con su partida;, tampoco que ella me iba a enfrentar al espejo, en el que hacía tiempo no me miraba.
No tengo ni tuve militancia partidaria, y no es mi intención hacer un inventario de sus aciertos y de sus errores. No tengo la capacidad ni sabiduría para hacer el análisis con la perspectiva histórica que se merece; sólo quiero esbozar trazos de lo que me deja su ausencia.
Hice el Colegio en tiempos en quepara transitar por la calle debía llevar el DNI en el bolsillo, en los que el día del estudiante éramos acompañados por uniformados; tiempos en los que por haber organizado con mis compañeros un festejo para el Día del Niño en una escuela humilde, mis padres fueron convocados por la directora de mi colegio para anunciarles que tenían un hijo subversivo.
En aquel tiempo lo escuché por primera vez, como un romántico alquimista de la democracia y quedé atrapado en sus sueños, que inmediatamente fueron tripulantes de los míos, o tal vez de los que las virtudes ciudadanas de mi padre sembraron en mi espíritu.
Mi padre, que supo de persecuciones ideológicas, me decía como también a usted le escuché alguna vez: “No hay sociedad democrática sin disenso; tampoco la hay sin reglas de juego compartidas; ni la hay sin participación. Pero no hay, además, ni disenso ni reglas de juego ni participación democrática sin sujetos democráticos. El ejercicio pleno de los derechos ciudadanos, las libertades individuales y la solidaridad social constituyen la base sobre la que se empieza a levantar el edificio de la sociedad moderna, justa y con ética participativa”.
En aquellos tiempos de miedos y violencia, el rezo laico del preámbulo en sus labios era el cálido y acogedor abrigo que encontrábamos al final de una extendida, oscura y fría pesadilla.
Al tiempo le escuché estas palabras que fueron bálsamo para mi ser ciudadano desprotegido: “La sustitución de la violencia y la intolerancia por la discusión y el pluralismo, la exclusión de la lucha salvaje como medio para dirimir las naturales contiendas entre diferentes ideas y propuestas, y su reemplazo por el debate abierto y el consecuente respeto a la decisión mayoritaria y a los derechos de las minorías, constituyen un primer compromiso para la movilización detrás de objetivos comunes. La sociedad nueva, como fruto de la concreción de los anhelos y las esperanzas del pueblo, no es otra que una sociedad democrática y solidaria, hecha por y para el hombre de nuestra Patria; su fin será garantizar a todos sus derechos imprescriptibles a la vida, al trabajo, a la educación, a la libertad, a la igualdad, y a la participación activa y responsable en las decisiones políticas. Detrás de la unidad nacional debe haber un gran proyecto capaz de asociar en la construcción de un futuro común a fuerzas étnica, religiosa, cultural, lingüística o socialmente diferenciadas entre sí. ”
Nuestra historia no es la de un proceso unificador, sino la de una dicotomía cristalizada, que se fue manteniendo básicamente igual a sí misma bajo sucesivas variaciones de denominación, consistencia social e ideología. Conservadores o populistas, radicales o antirradicales, peronistas o antiperonistas.
Después, y a pesar del cariño, sucedieron tiempos turbulentos para nuestra relación. No viene al caso enunciar aquellas discrepancias, pero no pude entender por qué nos alcanzó la desilusión.
Hasta que un amigo, Santiago Kovadloff, me habló del saber conjetural: “aquel que, sosteniendo con convicción la defensa de principios, valores e hipótesis, está dispuesto a entender que en su propia concepción de las cosas no se agota la comprensión de la verdad; que hay margen para que otras perspectivas, valores y creencias, puedan matizar con su propia razón la nuestra”.
Bastaron esas palabras, y ver hoy la vida de mis hijos en relación con la que yo tuve a la misma edad, para ver minúscula cualquier diferencia.
Empecé a participar en ese mundo de valores personales y ciudadanos, intentando militar en causas como la Educación y el Hambre, y pretendiendo reconciliar nuestra relación, al leer algunas de sus tantas ideas plasmadas:
“Es necesario crear las condiciones para que se afiancen los valores emergentes de la solidaridad y la tolerancia. Cambiar la mentalidad arraigada en nuestra sociedad, eliminar sus componentes de autoritarismo, de intolerancia, de egoísmo, de predisposición a la compartimentación sectorial y de ineptitud para el diálogo y el compromiso, constituye una empresa cuyo punto de llegada no puede ser otro que la construcción de una nueva voluntad colectiva, una sociedad democrática participativa, solidaria y eficiente.”
Usted inició un camino en el cual su mirada al horizonte Institucional y democrático era irreductible, aceptando como compañía el Principio de Incertidumbre, el cual le enseñaba a no saber si las certezas absolutas sirven para vivir, pero que si que aquellas han servido para hacer morir en su nombre.
Defender y consolidar la democracia fue su lucha y no sólo contra fuerzas antidemocráticas objetivas, sino también contra las deformaciones culturales instaladas en el inconsciente colectivo que han servido siempre de base de sustentación para lunáticos intentos.
En esta labor de democratización, su rol fue y será una bisagra en la historia. Como escribió Joaquín Morales Solá, usted “expresaba valores que la sociedad está extrañando: la transparencia en la administración de las cuestiones públicas, la serenidad para ganar o perder, el respeto a las instituciones de la República y una determinada concepción ética y estética de la política”.
En un emblemático discurso dijo que el trípode para el camino es la acción basada en participación, modernización y ética de la solidaridad.
La participación que crea espacios de libertad, de bienestar y de relación humana, necesita del estímulo de las instituciones públicas y privadas, y generando cambios en la mentalidad colectiva y, consecuentemente, en las instituciones, dirigidos a promover la integración de los argentinos entre sí y a recuperar la solidaridad y el sentido del Bien Común.
Hoy con la perspectiva que dan 25 años, y superando nuestras diferencias, entiendo que Usted y su visión de estadista prefirieron, entre náuseas y calambres, ofrecernos desencantos para evitar la tragedia, y así mantener a resguardo la paz y la esperanza en el alma.
A Usted, que recibió elogios y alabanzas en tiempos de bonanzas, y padeció la más absoluta y gélida soledad cuando enfrentó al poder militar, eclesiástico, económico o sindical.
Ese poder, que a la mirada de la querida amiga Josefina Semillán de Dartiguelongue, lleva al exceso: “El poder conlleva un estado de ebriedad egótica (elixir) que impide ver al otro. Cuánto más débil es el que tiene poder, más poder concentra, porque así reemplaza sus propias debilidades como sujeto. El ‘hasta dónde’ se llama ética, la heroicidad es saber mantener la identidad y la dignidad.”.
Usted, metabolizador de pesadillas en esperanzas, sostenedor del estado de derecho aún en la máxima soledad, labrador del surco republicano y sembrador de ilusiones libertarias en tierras de discutida fertilidad.
Usted, con su vocación transformadora fue el arquitecto de un nuevo orden social, terco y honrado docente que nos convenció -o así creo- que el poder que habita en la palabra es el único sendero para la construcción del consenso y el respeto por las diferencias, ese consenso que no reconoce enemigos sino circunstanciales adversarios. Su obstinada vocación democrática se desnudó en todos lados, aún en pulpitos y jardines de una casa blanca.
A Usted, que repitió casi hasta el hartazgo que los argentinos debemos ser la VIDA y la PAZ, aunque se oyeran rumores que ya van a volver…
Por ser inclaudicable en los valores de servicio como un gran estadista, por convencernos que con democracia se come, se cura y se educa, aunque todavía estemos a mitad de camino.
A usted, que le dio vergüenza el monto de una jubilación de privilegio y donó la mitad al estado.
A Usted, hombre empecinado en marcarnos el sendero de una Nación justa, inclusiva y solidaria, una Nación que con el tiempo se alejó de su horizonte.
A Usted, líder moral y símbolo de la democracia, que enseñó el camino del consenso, del respeto por la dignidad del ser humano y entendió a la política como la herramienta articuladora para mejorar la calidad de vida de nuestro pueblo.
A pesar de su dolor, nos fuimos transformando lentamente en una sociedad primordialmente orientada hacia el consumo y al hedonismo, pero siento pertenecer a “un lugar” y a una cultura que se identifica con sus sueños y no se resigna a darle la última palabra a la corrupción y a la injusticia; al hambre y a la violencia, y sobre todo al dolor de no ser y de permitir que nos sigan secuestrando la esperanza.
A usted, que luchó incansablemente por la socialización y democratización de la educación y el conocimiento, derribando muros sociales, culturales e ideológicos, porque entendió que la educación es uno de los pilares fundantes de un pueblo libre.
A usted, que vino a ser reconocido en su multitudinaria, espontánea y esperanzadora despedida, por TODOS, incluso por aquellos que a veces no lo entendimos o por aquellos que no les convino entender su legado.
Entre tanta hipocresía ciudadana y profetas del odio, roedores de gloria y tránsfugas de la honestidad, con travestismo ideológico y mediocridad intelectual; su genio moral, su honestidad brutal y su contagiosa vocación democrática no hacen más que provocarnos dolor por su partida y embroncada pasión para empezar a ser lo que desde hace generaciones queremos ser.
Su adiós es un adiós a la honestidad, con usted también ha muerto parte de nuestra juventud; pero somos herederos de su legado libertario, a partir del cual será posible que la condición humana logre su humanización como tarea ineludible.
Hoy, desnorteado, siento que la partida de mi padre con su ejemplo de vida, sus utopías y profundas convicciones; y la del Doctor Carlos Gianantonio, lucido investigador, trascendente educador y transformador humanista y social de la vocación médica; sumadas ahora a la suya, hombre tozudo, demócrata, docente cívico y honesto republicano, son una invitación a sacudirme la modorra ciudadana, la inconsciencia cívica y el entumecimiento solidario en el que siento, como quizás tantos argentinos, he caído.
Imagino a los tres (catalán, tano y gallego) como cometas en el cielo, agitando nubes en una apasionada discusión, mientras leen la borra de café argentino de los últimos 25 años.
“Los hombres autodirigidos tienen una brújula interna, a la que consultan en soledad para determinar el rumbo. En cambio, los hombres dirigidos "por los otros" poseen un radar. Buscan captar las ondas, las tendencias, para suscribirse a ellas. Unos marcan el camino, los otros lo siguen”. “La Muchedumbre Solitaria”, David Riesman.
Ojala nos haya dejado la brújula que nos marque el Norte ético para avanzar hacia ese país que todos soñamos, sin hambre ni Injusticias, sin marginalidad ni violencia, un país abundante y equitativo para todos.
Ricardo Diumenjo
Médico Pediatra