Por fin, la pelota volvió a rodar

Tras un verano con partidos chatos y lleno de escándalos, el inicio del Clausura trae algo de paz al siempre complicado fútbol argentino.

Foto: NA
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Si el comienzo del Torneo Clausura fuera una grata noticia en sí misma, ni hablar después de un enero en el que los partidos amistosos resultaron insuficientes para dejar en segundo plano un cúmulo de escándalos, comidillas y episodios poco claros con más de uno que rozó el grotesco o consumó el grotesco mismo.

Pensemos en River, por ejemplo.

Néstor Gorosito rubricó su bautismo calificando de "referente" a Oscar Fabbiani, un futbolista que jamás se había puesto la camiseta de River; mientras que el veterano Marcelo Gallardo fue contratado a expreso pedido de Radamel Falcao García, un cultor del bajo perfil que salió a beberse los vientos mediáticos convocado por un run rún tribunero que clamaba por futbolistas de pecho presente y, si fuera posible, hijos de la casa.

Entretanto, el "líder carismático" Sebastián Abreu dejó plantado a todo el mundo y marchó raudo hacia el oro de San Sebastián para jugar para la Real Sociedad en la Segunda de España; y el "caudillo" Leonardo Ponzio volvió al Zaragoza por menos dinero del pagado menos de un año atrás.

Hagamos las cuentas: a la hora de escribirse estas líneas Gorosito se ve en figurillas para consolidarse en un lugar al que llegó hace menos de dos meses, se desconocen los términos de la incorporación de Gallardo, incluso si está apto para jugar, y Fabbiani, el fervoroso hincha de River, se incorporó en medio de una insólita nube de sobrevaloración. (¿Dónde constan las maravillas que ha hecho Fabbiani?).

Y, por si fuera poco, los fallidos coqueteos con Ariel Ortega, y su patético desenlace, revelaron la feroz interna institucional en un año, recordémoslo, electoral, léase crucial, en un River que marcha al garete.

¿Y Boca?

El venturoso cierre de la etapa preparatoria (dos victorias ante el mismo River, la obtención de la copa de verano, el significativo crecimiento de unos cuantos jugadores de las divisiones menores) eclipsó buena parte de los sainetes generadas por la salida de Neri Cardozo, la compra de Roberto Abbondanzieri y la saña con que se marginó a Mauricio Caranta.

Ni el propio Carlos Bianchi -cuyas medidas fundacionales como manager fueron regatear por Abbondanzieri con los dirigentes del Getafe y colgar al arquero cordobés- pudo echar luz sobre un misterio evidente: ¿qué clase de crimen cometió Caranta para que el señor Carlos Ischia lo tratase cual si fuera la peor escoria humana?

Bianchi, consignado sea de paso, admitió que las finanzas de Boca no son las más florecientes (prueba de ello es la apresurada venta de Jesús Dátolo al Nápoli de Italia), pero el dato, quién sabe por qué extraño sortilegio, fue olímpicamente ignorado por la enorme mayoría de la prensa especializada.

Otros sucesos que se llevaron la parte del león del ebullicente verano pre temporada oficial: San Lorenzo y la llamativa frecuencia con que sus jugadores cometen actos de indisciplina, Independiente y su propensión a anunciar incorporaciones rutilantes que se pierden en la noche de los tiempos, Racing y su mediocridad estructural (la gran noticia que produjo fue negarse a seguir prestándole el estadio a su vecino de Avellaneda.)

No sería justo olvidarse de las tropelías cometidas en Newell's por la mano de obra ocupada por el ex dictador Eduardo López, lo que como mínimo sugiere lo ardua y paciente que se perfila la tarea de saneamiento propuesta por la flamante conducción democráticamente elegida.

Y si del seleccionado nacional hablamos, la telenovela protagonizada por Oscar Ruggeri pareció concluir con una clara derrota del baluarte del Mundial 86 a manos de Rafael Savino  -el bonachón presidente de San Lorenzo que le bajó el pulgar con sugestiva firmeza- pese a que, desde luego, el brazo ejecutor fue el del eterno y ominpresente Julio Grondona.

Maradona, según parece, dio la causa por perdida y se contentó con hacer su tarea acompañado por un cuerpo técnico de escasa impronta personal: allí sobresalen con mayor nitidez la mano de Carlos Bilardo y del propio presidente de la AFA.

En fin: que el alegre rodar de la pelotita, ahora sí, como dirían los muchachos en el café, "por los garbanzos", contribuya a poner el foco en lo primordial de eso que, pese a todo, milagrosamente no ha dejado de ser un deporte fantástico.