En este marco es ésta, quizás, la fiesta mariana más conocida y venerada de la cristiandad especialmente en los países hispánicos. Desde 1854, esta festividad ha pasado a ser la más popular y solemne de la Virgen.
Sin embargo ya desde el siglo VII se celebraba en Oriente, en Irlanda en el siglo IX, en Inglaterra en el siglo XI, y España, dos siglos antes de la definición dogmática, que proclamó con autorización pontificia, a la Inmaculada como Patrona de España y de sus Indias. El concilio de Baltimore, la declaró Patrona de los Estados Unidos de Norteamérica.
Iniciado ya el tiempo del Adviento, la Iglesia celebra el 8 de diciembre la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María; dogma de fe definido por el Papa Pío IX en 1854, quien nos recordaba que María fue preservada de toda mancha del pecado original desde el primer momento de su concepción “por singular gracia y privilegio de Dios en atención a los méritos de su Hijo, Salvador del género humano”.
Esta verdad cristiana nos asegura que la Virgen, por los méritos previstos de Cristo, fue preservada de pecado desde el primer instante de su existencia. Y la fe nos asegura también que desde el instante en que nosotros, recién nacidos, recibimos las aguas del Bautismo, fuimos purificados del pecado original.
El misterio de María Inmaculada no tiene un corte negativo. No se trata tanto de eliminar el pecado, cuanto de aumentar la gracia de Dios, y es que la contemplación de María debería llenarnos de ganas de vivir esa vocación a la santidad que llevamos en el alma desde el bautismo.
Naturalmente que el recipiente del alma de la Virgen es mucho mayor que el nuestro y que en él cabe muchísima más gracia de Dios; pero eso no nos exime del deber de tener lleno el pequeño cuenco de nuestra alma con toda el agua del océano infinito de Dios que quepa dentro.
Si María fue concebida llena de gracia ya desde su Concepción Inmaculada y fue aumentando el caudal de esa gracia divina a lo largo de su vida, nosotros fuimos concebidos desde el bautismo como hijos de Dios y estamos llamados a vivir y potenciar esa filiación divina durante toda nuestra existencia.
Lo malo de nuestra generación es que no se quiere vivir la existencia en plenitud; sino que quiere quedarse en la dimensión natural de la vida, sin preocuparse por la dimensión sobrenatural. La humanidad de hoy día está miope del espíritu, pues sólo ve lo que puede aumentar y perfeccionar su vida material: estado del bienestar, seguridad social, retiro para la vejez
Si ella vivió sin pecado, luchemos nosotros contra el mal. Si ella vivió llena de gracia, esforcémonos nosotros en ser hijos de Dios. Si ella fue Inmaculada, procuremos nosotros ser santos e irreprochables ante Dios por el amor.
Algo de Historia…
La idea de María como antítesis de Eva era común y muy desarrollada por los Padres de la Iglesia en los inicios del cristianismo. Igual que una mujer, Eva, había sido la causa de la perdición del género humano, María era causa de la salud al ser la madre del Redentor.
Desde el siglo V existía ya una fiesta a la concepción de santa Ana, fiesta que se inicia en el oriente griego difundiéndose por Italia meridional (en el Siglo VII), Irlanda (desde el siglo IX) e Inglaterra (desde el siglo XI). Durante los siglos XII y XIV surgieron diversas controversias o debates teológicos sobre este asunto. Los papas Sixto IV y Alejandro VII, entre otros, prohibieron las enseñanzas contrarias a la doctrina de la Inmaculada Concepción.
El movimiento inmaculista alcanzó gran pujanza durante las edades Media y Moderna gracias a los franciscanos, grandes devotos y propagadores de esta advocación mariana.
La creencia piadosa en la Inmaculada Concepción arraigó especialmente en España. Numerosos templos, capillas, ermitas y monumentos le fueron dedicados, y fue nombrada patrona del reino por Carlos III, quien además creó la Orden de Carlos III en su honor.
La doctrina fue definitivamente definida como dogma de fe y por tanto revestida de los caracteres de infalibilidad e inmutabilidad el día 8 de diciembre de 1854, en la bula Ineffabilis Deus del papa Pío IX. Desde entonces el día 8 de diciembre ha quedado como fecha de la fiesta de la Inmaculada Concepción en toda la Iglesia Católica.