La semana pasada, a raíz del “olvido” del Gobierno provincial que provocó la no inclusión de la Fiesta Nacional de la Vendimia en la Agenda del Bicentenario, no pocas fueron las voces que se alzaron para, por un lado repudiar la desidia gubernamental, y por otro pedir la inclusión de nuestro máximo festejo en el grupo de actos nacionales que conmemoran a aquel 25 de mayo de 1810.
Y está bien que así sea, porque la vitivinicultura es para los mendocinos sinónimo de vida, sinónimo de trabajo, de esfuerzo y finalmente, de merecido premio en la cosecha o “vendimia” que los trabajadores rurales de nuestra provincia realizan año tras año para poder subsistir hasta la próxima cosecha. Y la vendimia es también fiesta para el resto de la cadena productiva en cada pequeño pueblo de la provincia: cuando los trabajadores rurales cobran ese “plus” por trabajar en la cosecha (por llamar de algún modo al escaso pago que reciben por su trabajo extra), enderezan las cuentas anuales con el almacenero, con el mecánico del pueblo y con el carnicero, los que a su vez van al “centro” del departamento y gastan ese dinero, movilizando, de la forma más rudimentaria y natural, la economía del interior de la provincia.
Pues bien, la semana pasada en San Rafael la “cadena de pagos” se cortó nuevamente por lo más delgado. Una tormenta como nunca antes se vio (y no es una forma de decir) arrasó con la producción de buena parte del departamento, pero arrasó también con árboles, casas, y hasta con vidas humanas. Si tuviera que dar motivos diría que el cambio climático está ya haciendo de las suyas, pero no es la idea de este escrito quejarse del clima, ni de la insuficiente intervención del Gobierno a la que ya estamos acostumbrados, sino resaltar lo que fue, es y deberá seguir siendo, la solidaridad del pueblo con el pueblo.
Los habitantes del “centro” del sureño departamento, con sus pequeñas organizaciones sindicales, políticas, religiosas o barriales, le pusieron el hombro a “su” campo, porque no hay como las malarias para ver de quien estamos rodeados. A la ayuda física para levantar ramas o recoger pertenencias diseminadas por el temporal se sumó también el soporte económico en alimentos, colchones, ropa, y todo lo que fuera posible para poder minimizar la tragedia.
Pero no alcanza, nunca alcanza. Y ahí es donde los que vivimos lejos muy lejos de las fincas debemos empezar a poner el hombro. El egoísta, para disminuir los efectos sociales que le pueden llegar a afectar su bolsillo o su seguridad; el creyente porque se lo manda su religión; el solidario porque sí nomás, porque es lo que corresponde hacer ante un ser humano en desgracia.
El motivo y los culpables son lo de menos en este momento. Ya habrá tiempo de balances. Hoy, debemos ser solidarios con los trabajadores rurales de San Rafael.
Solidaridad con San Rafael
El olvido de la Fiesta Nacional de la Vendimia entre las actividades notables del Bicentenario y la tormenta de San Rafael, sirven como disparador para el pensamiento de nuestro columnista que reflexiona sobre la actualidad.