Los "hombres secos" y el mapa de la noche de la secta positivista

El vagabundo recorre hace 20 años la zona. Conoce como la palma de su mano cada accidente, cada arbusto, cada bicho raro; pero sobre todo acopia mitos y leyendas del desierto en el monte. Cansado de su rutina, ha decidido ir tras la comprobación del último rumor: la existencia de “los hombres secos” en pleno delirio tras el estiaje. Desde su cuaderno de notas, narra su experiencia.

“Por las dudas, por esas putas casualidades, me fui a buscar a los hombres secos a la una de la mañana, en la noche oronda, atravesando la fresca, sorteando cactus y chañares. Aquí, en el más recóndito de los cenagales que forman los ríos en el monte, las sensaciones son inexplicablemente únicas. Una botella de agua congelada que me alcanzó un vecino amable, no bien caía la tarde, bastó para pasar la charla. El hombre-seco que crucé en la oscuridad estaba perdido en el despoblado. La resistencia de los hombres-secos  a la sequía es, obviamente, adaptativa, como si fueran lagartijas. Tal como que dos sujetos, por caso, un marqués y un mendigo, no se cuestionan su condición, ni siquiera por el contraste. Es “natural”, no existe la noción de conflicto ni de cambio. Adaptación pura. Darwin para las especies, Spencer para las sociedades humanas.

-¿Qué haces aquí, a esta hora y solo? -preguntó “el seco”

-Lo mismo que tú, intentando resistir la sequía, escondido entre las flores salvajes, en la oscuridad de la noche, sin saber si mañana, el agua, si es que llega, nos llevará por el río hacia algún lado, hacia un lugar desconocido. Bueno…si es que llega el agua.

- Pero vos corres con ventaja. Tenés una botella de agua congelada.

-Si, vine preparado, pero mis reservas son escasas.

-Recemos entonces –sorprendió “el seco”

-¿Cómo?

-Recemos para que llueva. Para que se venga el cielo encima y nos ahogue

-Un suicidio ejemplar estimado, le dije, echándome un groso trago de agua helada en la garganta. ¿Quieres un poco? 

-No, yo solo espero la lluvia. Soy un hombre seco, recuerda. Y no se trata de un suicidio. Los hombres secos, cuando llueve, nos metamorfoseamos y florece nuestra reptilidad acuática. Con esa agua, podemos tirar años sin líquido.

Luego de la respuesta, pensé que no convenía quedarme a rezar con “el seco”. Su propuesta, exenta de racionalidad, no terminó de convencerme; así que de golpe despedí al seco, quien no entendió siquiera que olvidara mi botella de agua congelada.

Seguí la huella. Recorrí un acceso con muchas piedras gigantes y amorfas, esas que las lluvias de verano nunca pueden rolar. Habrán sido unos 40 metros que me alejé del seco. Sin embargo, por el tiempo que demoré, parecían 346 kilómetros. Aquí, las heridas de los ríos que forman las tormentas son venas abiertas para el agua infrecuente. Imprecisas, inhóspitas, pedregosas y traicioneras para cualquier curioso o experto en mapas nocturnos. 

A pesar de ello, aquí, suelen venir “los exploradores”. Son tipos que realizan acciones extremas, y, desnudos, recorren lo que ellos llaman “el mapa nocturno del monte”. Son investigadores que manejan otra agenda académica. Tal vez los últimos positivistas, esos que contra la marea posmoderna invencible, formaron una secta mítica, fuertemente cohesionada, aparentemente infranqueable. Son tipos que, contra el espíritu fundacional de la razón burguesa, llegan al extremo –la obcecación está en su sangre- por  reacción y temor a la hegemonía deconstructivista. Sarmientinos del proyecto empirista inglés. Frente a ellos, la masa, la sociedad, las tribus controladas por ecos mediáticos, a mil voces; aparentemente diversas, que dicen lo mismo y repiten como un coro complejo las cosas que “les dicen” que pasan en la “realidad”. 

Ellos escapan por las noches de enero bajo lunas nuevas y se cuelan a ciegas por el monte, cuando despiertan los zorros para hacer su faena. Obsesivos, su trabajo se realiza solo por las noches abiertas, recorriendo lo desconocido, los lugares olvidados y vacíos de humanos. Los ríos secos conducen a las cuevas. Allí buscan el secreto de la ceguera. Unos locos de la guerra, pensé. Es que de ellos se habla mucho por aquí, en destartalados almacenes, en las hondonadas que te acercan a la panamericana, en la única parada de micro que espera a los caminantes del piedemonte. Se sabe, ellos querían primero quedar ciegos, sí, perder la vista sin más. Es decir, no precisar la luz del día ni la artificial para identificar los lugares nocturnos. Es más, su objetivo final producto de su “experimentación”, es perder la “visión contemporánea”, aislarse de toda la iconósfera urbana, de toda señalización productora de sentidos codificados socialmente. Desarrollar el tacto y el olfato al máximo. En todo caso, disponer superlativamente de esos dos sentidos, para usarlos de herramienta GPS. 

En fin. Fui en busca de ellos.

Son las tres de la mañana y el viento frío de enero presagia el rocío de la madrugada. Exhausto, sin el agua que perdí por distracción, la caminata en busca de la secta parece un imposible. Me he topado con zorros y serpientes, con sabuesos masticando caballos y liebres con ojos de luz que presumen confianza en la oscuridad. Una tumba de piedra para perros envenenados me sirvió de refugio para un primer descanso. Esto es la libertad, grité, como un lobo aterido. La libertad pura, la nada recóndita y abrazadora. 

El viento trae canciones tristes de un fogón de tonaderos. Sigo al viento a contramano. Creo que llegaré casi de día, por tanto, nada tendrá sentido con luz. Preparo mi cueva en el río seco y duermo, esperando la noche siguiente. Del piso recojo un papel arrugado. Con la luna centinela leo: 

“Te amo como el terremoto ama a su ira / Cuento los dedos y son los mismos que te acariciaron / Estás en mis huellas digitales/muerdo hasta sacarles sangre / Con mi saliva, mezclo el ADN tuyo y el mío / Fundo sangre / Trago / Tenemos  la misma enfermedad / Vamos a morir de lo mismo / Cada uno en su sitio / la agonía, al menos, será compartida”

No lleva firma alguna, no parece de nadie. Tal vez un hombre seco lo arrojó en el río. Si es una señal, tendré que descifrarla. Tengo un verano para llegar a destino. Solo espero que la tormenta de piedra, si llega, no me arrastre hacia otro norte. Por el momento, a la zona, la gobiernan los hombres secos. De la secta, nada todavía…

Sentencio en mi delirio: Una carta de amor desesperado contiene la explicación del universo.