La temporada llegó y con ella una variedad de accesorios para protegernos de las inclemencias del clima. Chales, bufandas, gorros, botas, tapados, y por supuesto los infaltables guantes, los mejores aliados para hacer frente a los rigores del invierno, para cuando los termómetros caen en picada y el frío hace acto de presencia, no hay nada mejor que unos buenos complementos para combatirlo. Pero eso sí, sin perder el estilo.
Las bufandas o los guantes, combinados entre sí o jugando al contraste. Esta temporada se vuelven a usar los largos y los de tipo manopla o mitón, sin dedos. Te mostramos una guía de modelos para diferentes ocasiones y momentos del día.
Guantes con doble diseño (uno en la palma y otro en el dorso), vos elegís cuál de
los dos motivos usar. Están hechos de fibra térmica y son elastizados.
Modelos de montaña, para hombre, con almohadilla en la palma y refuerzos de cuero, ajuste adicional de Velcro e interior espumado de abrigo.
Elegancia casual para la mujer.
Modelos muy femeninos, de cuero y con puños realizados con distintos tipos de lanas trabajadas.
Guantes largos, bien abrigados, para llevarlos con mucho estilo.
Mitones, sin dedos, practiquísimos para no perder la sensibilidad
y poder seguir tus tareas que requieren libertad de movimiento.
Los guantes son un accesorio con historia.
Empezaron protegiendo del frío a nuestros antepasados prehistóricos. En sus primeros momentos tenían forma de una pequeña 'funda' que cubría la mano. Más tarde el pulgar se separó formando las “manoplas” que conocemos hoy. Durante la Edad Media, clases sociales como la realeza o el clero los llevaron como símbolo de distinción. Fue en el Renacimiento cuando los dedos de la mano se separaron.
Su función ornamental llegó a tal nivel que a veces se hacía un agujero en uno de los dedos para enseñar algún anillo espectacular. Además, se perfumaron con todo tipo de esencias. En el siglo XVII los guantes eran de cuero, satén o seda y estaban ricamente bordados con hilos de oro y plata y enriquecidos con todo tipo de piedras. Y fue tal su protagonismo en la indumentaria tradicional europea, que hasta el siglo XIX una mujer no podía salir a la calle sin llevar los guantes puestos.
Más tarde la mujer se liberó de esa imposición social. Con más libertad de uso, las féminas empezaron a sacarles partido y con los escotados vestidos de noche, empezaron a usar los guantes ceñidos y largos hasta el codo. Relegados a su misión de proteger de las bajas temperaturas invernales, no fue hasta hace pocas temporadas, que al guante se le ha vuelto a encontrar su lado más "fashion" . El renacer de la sastrería y de la figura del "gentleman" lo ha recuperado para uno de los complementos básicos de la figura del hombre elegante.