Crónica de un espectáculo simple, con algunas innovaciones

"Nacida del río y de la tierra" contó una historia sencilla. El desarrollo narrativo estuvo organizado en siete cuadros. Lo original fue la música en vivo.

Foto: Marcelo Ruiz / MDZ
Foto: Marcelo Ruiz / MDZ

El desarrollo narrativo estuvo organizado en siete cuadros que, a través de diferentes escenas esencialmente coreográficas, fueron relatando de manera diacrónica los diversos vínculos entre los elementos y el hombre, entre los habitantes originarios y los criollos cuyanos y luego, entre los mendocinos y los inmigrantes. La dedicación a la vitivinicultura y la elaboración del vino, el crecimiento urbano y devoción religiosa fueron otros ejes temáticos que aborda el espectáculo.

En distintos momentos del show, estos aspectos fueron subrayados por proyecciones digitales en una gran pantalla circular ubicada en el extremo superior del escenario organizado en cinco niveles.

Con todos los bailarines y actores en el escenario, la apertura de la fiesta implicó un gigantesco doble saludo al público y a la reina y virreina vendimiales, quienes bailaron en uno de los escenarios.

Al tiempo que la voz narradora comenzó a hilvanar las primeras líneas del texto, hizo su aparición el agua simbolizada en una danza festiva. En tanto, la tierra comenzó a moverse y a desplazarse lentamente en una coreografía que evocó montañas y la fundación original.

Los pueblos originarios hicieron su aparición destacando su íntima relación con la naturaleza. La pesca, la siembra y la cosecha y las labores domésticas de los huarpes quedaron subrayados por la presencia y la voz de la coplera al desgranar su canto sobre la caja, sola en medio del escenario principal. Los criollos cuyanos fueron lentamente rodeándola con herramientas de trabajo en sus manos y y mientras la voz de la tierra salía, comenzaron una multitudinaria danza donde se impuso el malambo, como una metáfora de la danza de la tierra.

Luego, los inmigrantes desembarcaron en el escenario con sus trastos y sus bailes tradicionales. Protagonizaron esta llegada y posterior integración a la cultura mendocina, las colectividades española, italiana y siria.

El diálogo con la creciente modernización y maduración de la cultura urbana se representó a través de la multidudinaria interpretación coreográfica de una milonga y de un tango.

Volvió lo cuyano a través de la puesta en escena de los típicos cuadros de costumbres al son de una tonada y de una ranchera, hasta que el viento Zonda irrumpió entre los bailarines y los desordenó en una juguetona coreografía de cueca. El cuadro se cerró con una marca romántica en la interpretación de una zamba.

El trabajo se hizo protagonista con el ingreso al escenario de zapadores que trajinaron la tierra abriendo surcos mientras sonaron las primeras notas del tema que preanunciaron la aparición de la Virgen de Carrodilla. Al tiempo que su imagen, la de una actriz en ese rol, apareció proyectada en la pantalla, los labriegos se retiraron en procesión. Y de la tierra aparecieron las cepas y los racimos y comenzaron un gran baile al ritmo de la cueca y el gato a modo de celebración. Entonces, llegó la sorpresa de la noche para muchos: la presencia en escena de Mercedes Sosa.

Al ritmo de una chacarera, un camioncito repleto de globos, uvas, entró al escenario junto con actores y bailarines que representaron una pisada de la uva. La escena fue el prólogo de una sucesión de cuadros coreográficos que simbolizaron la vinificación, industrialización y exportación del vino mendocino.

Para el final, todos los bailarines con sus distintos atuendos, bailaron una coreografía que intentó aunar los diversos temas y significados a lo largo del espectáculo.