La Vendimia tiene para los mendocinos una significación simbólica, que va mucho más allá de la tradición ligada a las tareas de la vid; e incluso, muchísimo más que la cada vez más impactante dimensión espectacular de la Bendición de los Frutos, la Vía Blanca, el Carrusel y el Acto Central.
Vendimia tiene que ver con la satisfacción de los ciclos cumplidos, de las dificultades superadas, con la gloriosa búsqueda de los frutos que por fin se obtienen. Vendimia es el reposo después de la dura tarea cotidiana, el espacio de la celebración y el encuentro. Es el brindis, pero también, la promesa de renovar la esperanza y tener, el próximo año, una nueva ocasión de festejo.
Y no se trata de un festejo hueco. Por el contrario, viene acompañado de la reflexión, el balance, la posibilidad de aprender de los errores para que la nueva cosecha sea mucho mejor: más abundante, más atractiva, más rendidora. Pues lo que está involucrado es el trabajo, esa manía que los mendocinos tuvieron que adoptar como única posibilidad para superar las adversidades.
Mendoza vive en estos días el apasionante privilegio de su Vendimia. Y debe aprovechar la ocasión para pensar y repensar sus logros. Pero también, y fundamentalmente, sus fracasos. Vendimia debe servir para encauzar un debate político, social, económico y cultural sobre el perfil de provincia que pretendemos tener avanzada ya la primera década de este siglo XXI.
No debemos quedarnos simplemente en la metáfora de la transformación del desierto de nuestros ancestros huarpes, luego criollos y más tarde inmigrantes de distintas procedencias. Debemos asumir esa historia para tener la suficiente decisión de avanzar sobre lo que parece imposible, sabiendo que hoy los desiertos tienen también otras formas y apariencias.
El mundo global, con sus fortalezas y debilidades, el arrasador impacto de las nuevas tecnologías de la información, la creciente pobreza o la demanda de alerta ambiental, no deben ser aspectos ajenos a una discusión respecto de cuál será el rol de la provincia en cada una de estas instancias revolucionarias.
La innovación para la resolución de problemas, la búsqueda del desarrollo de nuevos horizontes productivos y de negocios, la ambición de defender esta tierra y con ella a sus habitantes, son nuevos desafíos que no sólo les competen a nuestros gobernantes. Deben ser metas de todos y cada uno de los que creemos que Mendoza es aún un maravilloso sueño todavía inconcluso.
Para ello contamos con herramientas como la equidad, la justicia, la educación, la cultura, la solidaridad, los valores, la inteligencia que nos permitirán aspirar a seguir transformando. Sólo si incorporamos estos mecanismos a nuestra cotidianeidad podremos decir que la nueva cosecha será mejor que la anterior. Ese es el mejor espíritu de Vendimia. Esa es la mejor manera de entender nuestro futuro. ¡Feliz Vendimia para todos!
Tiempo de Vendimia, tiempo de pensar
Mendoza vive en estos días el apasionante privilegio de su Vendimia. Y debe aprovechar la ocasión para pensar y repensar sus logros. Pero también, y fundamentalmente, sus fracasos. Vendimia debe servir para encauzar un debate político, social, económico y cultural sobre el perfil de provincia que pretendemos tener avanzada ya la primera década de este siglo XXI.