A mí me enseñaron en mi casa que no se podía dejar comida en el plato. Y así era sencillamente porque la comida es sagrada. Después, cuando uno se hace padre, terminar de comprender la importancia de ese objeto sagrado cuando ve a su propio hijo comer de ese plato que, para que esté debidamente lleno, debemos pagarlo con nuestra propia vida.
Por eso, cuando veo que, por la razón que fuese, hay gente que está tirando decenas de miles de kilos de damascos en la calle, lo tomo como una especie de monumental ofensa a la humanidad y su concepto de lo divino.
No hay herida ni fracaso en el mundo que se pueda curar o superar si aquello que nos constituye –el fruto de nuestro trabajo– es condenado a la categoría de basura.
Encima, amigos, pocas cosas hay más bellas que un damasco. De hecho, yo tengo uno que es la síntesis de la belleza. Además, sus frutos son tantos y tan dulces y carnosos que la existencia de ese damasco en el mundo justifica mi paso por los días, a la vez que siembra la duda acerca de la existencia de algo mayor, potente, dadivoso y cruel como los dioses.
Aunque es casi la noche de este viernes, decidí ir a filmarlo y fotografiarlo para mostrárselos. No es la hora más adecuada, pero, bueno, este es mi damasco:
Se trata, si bien lo miramos, de un árbol que florece muy temprano, con flores blancas y pequeñas. En setiembre, recordarán, nevó en Mendoza, al menos donde yo vivo: al pie de los cerros, en medio del campo.
Mi damasco ya había florecido por entonces y me pareció tan enigmática la conjunción del blanco de la flor con el blanco de la nieve, que terminé por filmar las dos instancias de lo leve: la flor y el agua.
El video es muy cortito; aquí está:
Por eso, porque toda la verdad y la belleza del mundo están contenidos en un damasco, es que nadie debiera tirar la indecible maravilla del fruto concretado.
Tiene además, en su nombre para nosotros, la remembranza mágica de la ciudad árabe de Damasco. Ya saben ustedes cómo son los árabes: igual que el desierto o que un carozo de damasco. Duros, solos, callados y arenosos como una tonada lavallina, pero basta ganarse el derecho y el privilegio para penetrar en ellos para así encontrar la dulzura, el color y el sabor escondido.
Por eso, amigos, el damasco es un fruto sagrado y maravilloso para quienes sabemos del desierto.
Dicen que el árbol se originó en el noreste de China, aunque quién sabe.
¿Cómo es posible que alguien pueda saber dónde se originó un árbol?
Y tiene, como toda planta, dotes medicinales para la tos, las afecciones respiratorias y hasta el estreñimiento.
Además, al contar con mucha vitamina A, “mejora las enfermedades de los ojos”, dicen quienes saben.
Es el damasco, amigos. Ese que han tirado algunos decepcionados productores que comprueban cómo un problema hipotecario en el Primer Mundo puede derribar sus sueños del año, sueños laboriosos, color damasco, claro, cuando es de día. Una hipoteca no cancelada en Manhattan hace caer un damasco en Santa Rosa. Es, amigos, la teoría del caos comprobada: el aleteo de una mariposa en China que provoca un tsunami del otro lado del mundo.
Ayer por la tarde, sin ir más lejos, con la impunidad de los dioses, corté un damasco de mi árbol y me lo comí. Lo comí, ahora lo veo, con la naturalidad impune de quien come liberado de toda conciencia. Lo comí porque era mío, pero en realidad no era mío: él y yo –fruto y labrador– somos parte ínfima de otro ciclo que nos necesita exactos: uno prodigándose y el otro comiendo.
Es entonces cuando caigo en la cuenta de que, en realidad, ese damasco había nacido para ser comido por mí. Y así sucede con todos los damascos del mundo, porque los damascos tienen que ser comidos, no tirados a la vera de una ruta.
Viene a mí un recuerdo lejano. Hace años, leí una pequeña novela muy bien escrita. “La Paloma” se llamaba y su autor, Patrick Suskind, es el mismo que escribió esa maravillosa y célebre novela llamada “El perfume”.
Pues bien, en “La Paloma” el protagonista de pronto descubre la presencia inesperada de una paloma en la ventana de su habitación. Y la paloma allí se queda a vivir, lo cual transformará hasta el límite de lo pavoroso la mente del protagonista. Hasta aquí llego con la síntesis, de modo que si alguno de ustedes no leyó el libro, recomiendo que lo haga.
La anécdota de Suskind me sirve para (reiv) indicar el hecho de que muchas veces en la vida la presencia de lo cotidiano y lo minúsculo –una paloma o un damasco– puede hacernos torcer de una vez y para siempre el rumbo de nuestros días.
Por eso, y ya en el final, más de lo mismo: si resulta que un damasco tiene en sí guardado el secreto de lo imposible, ¿por qué tirar miles de ellos al costado de la ruta?
Eso, amigos, eso no se hace.