La crisis internacional: El mundo, amenazado


El problema de la crisis financiera en Estados Unidos, que estalló a partir de la quiebra de grandes bancos, en realidad fue la consecuencia del estallido de la burbuja inmobiliaria, conocida como de las “hipotecas subprime”. Esta crisis provocó el desplome de todos los mercados mundiales, como un castillo de naipes

Pasó más de un año, con la caída del primer banco, para que el mundo tomara conciencia de la dimensión del daño que el descontrol había generado. Probablemente, la quiebra del banco Lehman Brothers fue el detonante de una corrida a nivel mundial que puso en peligro al sistema financiero en todos los países. Recién ahí el mundo tomó conciencia de crisis.

Se ha requerido una constante inyección de liquidez por parte de los bancos centrales, tanto de Estados Unidos, como de Europa, Inglaterra, Suiza y Japón. Además, y para solucionar los problemas de liquidez, la Reserva Federal de EE.UU. bajó las tasas hasta un nivel de 0,25% anual, la más baja de la historia.



Las autoridades monetarias ya agotaron prácticamente todas las herramientas de los manuales mientras la recesión se agudiza en el mundo. Los bancos están muy líquidos pero no prestan y casi no se prestan entre sí. El circuito mágico del crédito se ha cortado y ello paraliza a la economía norteamericana.

Esta situación desnudó muchas falencias. Ahora, algunos políticos del mundo se llenan la boca hablando de un “nuevo orden”, otros se entusiasman anunciando más estatismo, otros reclaman menos regulaciones y otros piden mayores regulaciones y controles. Pero la economía sigue en recesión.



Pero hoy el problema es la confianza y aún los dirigentes del mundo están preocupados en apagar incendios y no se dan cuenta que no hay plata que supere a la desconfianza. Hoy la única esperanza es el próximo presidente norteamericano, Barack Obama, sobre el cual el mundo deposita sus esperanzas.

Entramos en un mundo que será distinto. Probablemente, esta crisis sirva para que haya menos ganancias por especulación y mayores fondos dirigidos a proyectos vinculados a la economía real. El problema es superar una inercia en la que sobraba plata y faltaban ideas.

Estamos también frente a un proceso que marcará un reacomodamiento geopolítico, donde se posicionarán mejor nuevas potencias, donde se considerará no solo los recursos, no solo las riquezas, sino también el poderío militar. Como siempre, será un equilibrio inestable.


Y la economía difícilmente vuelva a ser como antes. Ni los gobiernos ni los sistemas financieros podrán sostener empresas ineficientes (las automotrices norteamericanas son un ejemplo). El consumidor aprenderá de la crisis y nuevos paradigmas aparecerán en el horizonte.

Lo interesante, para algunos, y estresante, para otros, es que nadie sabe a ciencia cierta como será el mundo que viene, aunque todos suponen que será distinto. El cambio no será violento, pero tampoco demasiado gradual.

El mundo necesita que la economía global se redinamice, pero solo se conseguirá recreando la confianza, y este es un desafío de los nuevos líderes políticos de mundo, que todavía no aparecen.