La vieja ruta 40 de San Carlos

Francisco de Villagra, allá por 1500 hizo las primeras incursiones para este lado de la frontera. En 1.561 Pedro del Castillo fundó Mendoza, y a partir de ahí, el español se propuso recorrer y avanzar hacia ese sur misterioso y lleno de peligros.

El fuerte San Carlos fue la primera avanzada oficial española hacia el sur de Mendoza.
El fuerte San Carlos fue la primera avanzada oficial española hacia el sur de Mendoza.

Una huella polvorienta atravesaba la temida “Pampa del sebo”, se adentraba en la tierra de tunuyanes, milquiyanes, morcoyanes, oycos y goicos, permitiendo la temeridad que algunos llegaran a las riberas del río Diamante. Con los años la huella se fundió con otras, y por caprichos del tiempo y de la topografía sufrió modificaciones y desvíos, pero se convirtió en la “columna vertebral”  de la Argentina. Rica en historias y leyendas, la vieja ruta 40 hoy es la puerta a un pasado poco conocido y apasionante, y la ventana a paisajes soberbios o tranquilos, al disfrute de todos los sentidos, a la amalgama de sensaciones.

Un retazo de muestra

Las ruinas del Fuerte San Carlos (fundado en 1770), en el corazón de la Villa del mismo nombre, pueden ser el punto de partida. Doscientos metros hacia el Oeste, frente al anfiteatro Neyú Mapú (que recrea un mangrullo y sirve de escenario para las fiestas departamentales), parte hacia el Sur, un tramo de historia y de experiencias nuevas.

“El Cañadón” por sus cañaverales aledaños, o “la calle del bajo” porque las crecientes aluvionales bajaban año a año su nivel, la vieja ruta 40, presenta en este tramo, la compañía de viejos sauces, álamos criollos y grandes acacias. La intersección de la calle Bernardo Quiroga cruza con historia más joven: Quiroga (apellido de renombre en el departamento), fue el esposo de Celia Bustos, hija de terratenientes de la zona, dueños de una de las estancias más grandes y antiguas, y benefactores natos en el pueblo. Mirando hacia el Este se adivinan bajo las construcciones actuales unos campos enormes, los llamados “potreros del estado”; los abuelos memoriosos dicen que por allí aterrizó su avión Saint Exúpery, el francés autor de “El principito”, quien se reencontraba con su compañero de viajes Guillaumet después del accidente en la Laguna del Diamante. Unos metros más y la morada de Don Benjamín Butini, el poeta sancarlino.

La vista de Los Andes, intacta, milenaria, acompaña todo el recorrido; la cordillera principal es el marco perfecto en la visita a fincas con olor a aromáticas, frutas frescas o secas, a cabalgatas tranquilas o riquísimos safaris fotográficos, matizados con comidas típicas y alguna tonada. Encontrar algún sulky o jinete no es sorpresa en este camino que sin proponérselo conjuga el antes y el ahora.

Más al sur, las ruinas de las primeras postas; corrompidas por el tiempo se niegan a desaparecer, como si el descuido no fuera suficiente para enterrar la historia, como si la fuerza de las yuntas de bueyes y mulas que castigaban los carreros permaneciera en los cimientos carcomidos. La vista se detiene y la mente vuela imaginando cuántos pasaron la noche entre estas paredes, preparándose para una nueva jornada, para una nueva vida.

En Chilecito, la población más antigua, el viejo cine con su bar, merece un espacio aparte: su construcción centenaria, sus puertas traídas de Francia, su mobiliario que detiene el tiempo obligan a detenerse. Y más al Sur, después de recorrer otros bares, otras postas, con olor a viejo, y plantaciones y sembradíos con olor a nuevo, Pareditas…allí la bohemia de los artistas regala otras sensaciones. Y las ruinas de paredes chiquitas, que delimitaban los campos, cuentan el porqué del nombre del distrito.

Si en el recorrido falta estimular algún sentido, tal vez los zorzales, calandrias, gorriones y horneros le sumen música; los hongos y espárragos silvestres, el pan casero, la cazuela caliente y un tempranillo aporten sabores desconocidos; y la hospitalidad de los lugareños enmarque a la perfección este nuevo recorrido de la vieja ruta 40.