"El serpentario" de Silvio Mashad*
El sobre estaba lacrado, algo que últimamente era poco convencional. Un bajorrelieve de un violín decoraba el aplique marrón rojizo. Ferreiro lo encontró al llegar a su casa, ya de noche, sobre la mesita que hacía guardia en el vestíbulo. Quebró el sello frente al espejo donde se reflejó su desaliñada imagen. El pelo revuelto, los anteojos torcidos, la mitad del cuello de la camisa bajo el pulóver, sus facciones marcadas asimétricamente, un capricho de la naturaleza. La carta anunciaba una entrevista para el día siguiente con la intención de tomarle un examen para integrar la orquesta sinfónica. Por fin una oportunidad entre varios tropiezos. Ferreiro era flautista. Había estudiado en la Escuela de Música durante varios años, demasiados en realidad. Pero su arraigada perseverancia luchaba constantemente contra sus limitaciones. Continuó con la lectura de la carta, que respondía a una de las miles de solicitudes que había llenado durante los últimos meses y que se veían archivadas en infinidad de cajones. Un golpe de suerte había seleccionado justo aquel papel y lo había resucitado de su tumba. La alegría del momento, solitaria ya que no podía compartirla, se derritió un poco cuando terminó de leer el penúltimo renglón:
“Contamos con su presencia el próximo miércoles 24 del corriente a las 7.30 hs. en el Teatro Independencia. Rogamos puntualidad”.
Mañana exactamente a las 7.30 hs.
A las siete y media en el teatro.
Debería levantarse al menos media hora antes.
Siete.
Meditó si en verdad le alcanzaría el tiempo. Sí, a las siete sería suficiente. Si colocaba el despertador lejos del alcance de sus hipnóticas manos, para no apagarlo y seguir durmiendo, se levantaría sin remedio. Exactamente eso es lo que haría. Calculando unos cuatro minutos para tomar la drástica decisión, unos seis para vestirse un poco a ciegas, otros doce, no, catorce entre el baño y el desayuno― habiendo dejado preparado el café y sin comer tostadas con jalea de membrillo― le sobrarían seis minutos para llegar a tiempo. Un poco ajustado. Si consideraba que tendrían cinco minutos de tolerancia, la cuenta daba resultado. No. No podía especular de esa manera. Si lo esperaban, sería tiempo extra. El tráfico era un factor incontrolable. No podía llegar tarde. Debería contar al menos con diez minutos para recorrer victoriosamente el trecho entre su casa y el teatro. Colocaría el despertador a las 6.56. ¿Sería suficiente? Pensando en que era una oportunidad única, decidió hacer un esfuerzo sobrehumano, se daría un generoso minuto de ventaja. Está bien, se disponía a escuchar el taladrante pitido a las 6.55. No habría más negociaciones.
Le era realmente tedioso levantarse tan temprano. Tal vez sería su karma. Posiblemente había sido un asesino en otra vida, no se le había ocurrido pensarlo, podría haber hecho cosas terribles. Se haría hipnotizar, para salvar sus dudas.
Con despertarse a las 6.56 bastaría. ¡No!, cin-cuen-ta-y-cin-co. Y cin-co. No se habla más.
Ya habría salido el sol, no era tan terrible. Era deprimente. Desconsiderado. Apocalíptico. Atroz. Violento. Eso mismo, le era indescriptiblemente violento. Haría tanto frío que debería llevar una coraza de camperas con las que tendría que cargar en su regreso.
No hay más que pensar. Se dispuso a preparar las cosas, para evitar perder tiempo al día siguiente.
Tal vez, si llamaba diciendo estar enfermo...
No era una posibilidad.
Colocó en el estuche su flauta traversa. De plata. Plata era la que había gastado en comprarla.
Si no desayunaba, podría despertarse más tarde. Podía tomar algo, cuando terminara, en el bar que estaba en la esquina del teatro.
Falta de fondos. Opción descartada.
Está bien. ¡Está bien!¡Faquing puta madre! Tenía ganas de romper el espejo con los dientes. Se gritó a sí mismo. No había nadie a quien gritarle. Se levantaría temprano.
Pareció escuchar risas a sus espaldas. Creyó ver al director de la orquesta en un fugaz espejismo.
A las 6.55, desgraciadamente.
Comió parado al lado de la heladera sin soltar la puerta. Tragó unas hamburguesas frías, cubiertas con fetas de queso más prensado que una suela. Lavó el plato y tomó un trago de vino de la botella ―San Felipe―, no estaba tan mal. ¿Era envasado en origen? No se dio tiempo para averiguarlo.
23 HORAS, CERO MINUTOS
Se pondría a leer y tal vez en unos cuarenta minutos el sueño se dispusiera a apresarlo. ¿Sería tan clemente? Mejor le daría un poco más de margen para no encontrarse con sorpresas.
Dormiría seis horas y media, era un período aceptable. Esperanzado se acostó colocándose el pijama de algodón color ciruela. Apagó el calefactor, le daba terror morir envenenado por una furtiva fuga de gas. Que muerte pelotuda sería. Frustrado flautista muere a causa de un escape de gas, solo en su departamento.
—Cancelado. Cancelado —repitió mentalmente aplicando las reglas metafísicas para eliminar la imagen. Estiró bien las sábanas y controló que las mantas estuvieran prisioneras a los pies de la cama. Ubicó el borde de la alfombra exactamente sobre la junta de la tercera hilera de baldosas y alineó sus pantuflas en el centro. Sigilosamente, como si hubiera un regimiento durmiendo en su mismo colchón, se metió entre las cobijas. Suavemente deslizó los pies hasta el abismo. Con manos de geisha replegó las frazadas hasta su cuello y tanteó que sobrara la misma longitud a ambos lados de la cama. Había encendido el velador, para no moverse demasiado una vez dentro de su sarcófago y, como momia en la que se había convertido, tomó el libro que reposaba perfectamente sobre el canto de la mesa de luz y se aprestó a leer haciendo como que el horario no era un tema de su incumbencia.
Leyó.
Leyó.
Leyó y leyó.
Volvió a leer, si puede decirse de esta manera, para expresar que su lectura en realidad no era somnífero eficiente.
00 HORAS, CUARENTA Y SIETE MINUTOS
Había leído cuarenta y siete minutos más de los que había creído suficientes para poder dormirse. Lo invadió una incontrolable ola de desesperación cuando vio lo que marcaban las agujas del reloj. La falta de importancia que creía darle al tiempo era una pantomima. Se dispuso a dejar la lectura y optar porque la oscuridad aplacara la timidez de su sueño. Sin moverse demasiado, extendió la mano hasta encontrar la perilla del velador y se hizo la oscuridad. Se acomodó de costado mientras sus ojos se acostumbraban a las penumbras. En su movimiento el pijama se arremolinó en su pierna izquierda. Deslizó delicadamente la mano bajo las sábanas para solucionar el problema de arrugas y cerró los ojos. Se mantuvo despierto durante un rato considerable, pero no abrió los párpados para convencerse de que se dormiría pronto. La oscuridad no ayudaba demasiado. Su mente se esforzaba tratando de crear historias irrelevantes, mientras hacía interferencia la realidad de los minutos que seguían pasando. Hubo un momento en el que Ferreiro comenzó a dormirse sin darse cuenta. Fue exactamente mientras imaginaba que dibujaba, sobre un pentagrama, las notas acertadas para crear una maravillosa sonata. No fue un sueño profundo que lo desconectara por completo del entorno, le hiciera perder el subconsciente conteo de segundos y lo enterrara entre los bosques de la inconsciencia. Fue un caritativo amodorramiento que imprimió un toque de realidad a sus pensamientos sin hacerle dejar de saber que las agujas seguían dando vueltas como moscas sobre basura.
1 HORA, VEINTITRES MINUTOS
Pareció que el silencio y la paz que empezaba a alcanzar despertaran las serpientes de su cama.
En realidad se despertaron pues comenzó a moverse. Dio un giro de ciento ochenta grados y quedó mirando a la pared. Algunas culebras se despabilaron pero no hicieron demasiado alboroto sobre la todavía planicie de las sábanas. Hubo un instante en el que estuvo por quedarse profundamente dormido aunque no iba a conseguirlo a pesar de todos sus esfuerzos.
En ese momento se volteó nuevamente. Se puso boca abajo, lo que le demandó un gran trabajo: ubicar sus brazos entre la almohada y el colchón y colocar sus piernas en una posición cómoda. Ahora sí todas las víboras de su cama comenzaban la fiesta. Como si estuvieran bajo las sábanas, las arrugas que formaban se movían sigilosamente y ascendían por la superficie de su pijama alejando lentamente al sueño que estaba llegando. Las suaves caricias y los pequeños montículos le alteraban la sangre como cuando los mosquitos le zumbaban en la oreja. Ferreiro se había percatado de la situación. Al principio trató de ignorarla para no perder la punta del hilo que cosía sus párpados. Obvió los suaves deslizamientos que producían los animales entre sus piernas hasta donde le fue posible, pero finalmente decidió intervenir. Se levantó y estiró, una por una, cada capa del sándwich que era su cama hasta que desalojó todas las culebras. Una vez tendida a ciegas, volvió a acostarse, tratando de zurcir los ojales bajo sus cejas. Las serpientes no se habían ido por completo. Las sábanas comenzaron a arrugarse nuevamente.
Antonio levantó las colchas con las rodillas, acercó los pies lo más que pudo a sus nalgas y los deslizó con furia hasta el final del colchón para aplastar alguno de los reptiles que encontrara en su camino. Con sus manos tomó los bordes de la funda y la mantuvo lo más tirante que pudo.
Permaneció tenso para contener las bífidas dentro de la jaula de la llanura de su lecho. Miró al techo. La vista se le fugó entre las penumbras. Su cerebro era una máquina que contabilizaba los segundos. Uno, dos, tres, veintidós, setenta y seis, doscientos veinte...
2 HORAS, CINCUENTA Y OCHO MINUTOS
Intentó tranquilizarse varias veces, pero la posición adoptada para evitar que las sábanas continuaran arrugándose lo desveló completamente.
—Ya te vas a dormir —pensó.
Eran mentiras. No iba a dormirse.
Las palpitaciones le sacudían el pecho. Estaba un poco agitado. Respiraba con dificultad. Sus mandíbulas se habían contraído sin dejar espacio entre sus dientes. Advirtió, como todas las noches, que esta excitación no le favorecía. Se relajaría, exactamente, eso.
Uan, tu, de scai is blu. Respiró profundo.
Thri, for, oupen de dor. Se aflojaron los músculos de su cara.
Faiv, six, pic'ap stics. Las garras que mantenían tirante la sábana ajustable aliviaron la tensión.
Seven, eigt, dis is Keit. El hormigueo de sus piernas desapareció ante la intención de distenderse.
Nain, ten, e big fat gen. Se había tranquilizado un poco. Sólo un poco. E litl.
Las mantas estaban libres. El embozo de rayas azules saltó caprichosamente sobre su rostro y, de entre sus pliegues, una boa le acarició la mejilla izquierda. Trató de levantar la barbilla pero las colchas ascendieron con él, y con ellas el reptil al que albergaban. Giró la cabeza. No era la solución. Su cara cayó en un hoyo de la almohada. Su cuello se transformó en un péndulo que alteró las lombrices del cojín. Sus piernas no se habían quedado quietas. Las víboras del colchón se habían apoderado de sus pies tratando de ahogarlos con una firme torzada del pantalón del pijama.
Estaba realmente alterado. De un manotazo despejó su cuerpo del manto que lo cubría y saltó esperando caer sobre la suave superficie de la alfombra, pero el brusco movimiento la había desplazado. El piso estaba frío, el frío le atravesaba las medias como agua. Del otro lado de la ventana, la noche aguardaba. Esa oscuridad, que aún permanecía, lo relajó. El sol le daba tiempo todavía. Tiempo de descuento.
3 HORAS, VEINTISEIS MINUTOS
Fue a la cocina y abrió la heladera con los ojos cerrados para evitar que la luz blanquecina le lavara la cara. Buscó a tientas, entre los trastos, la caja de leche y tomó varios tragos. Por supuesto que fría no serviría para nada, lo sabía consciente o inconscientemente, pero lo hizo pensando en agotar las opciones disponibles. No iba a calentarla para malgastar el poco tiempo que le quedaba. Cuando volvió a la habitación, con los párpados entrecerrados, vio su flauta preparada. Tal vez podía encantar con ella ese nido de serpientes. La mística idea no lo alentó demasiado. El reloj le hizo burla mostrándole la hora. Su mente, aterrada, sacó cuentas rápidas. Se deshizo de pantalón del pijama y un viento helado ascendió por sus debiluchas piernas. Se mantuvo inerte ante el microclima de su dormitorio. No prendería el calefactor, era un tema discutido. Aguantaría. Extendió las sábanas y colchas prolijamente. Con una aguja enhebrada con piola, cosió las mantas al colchón. Dio varias puntadas, rápidas y fuertes, tratando de tensar la tela que se había revelado contra su sueño. ¡Puta! ¡Puta, puta sábana!, lo hacía todas las noches. Cobraba vida en los momentos menos oportunos. En la parte de los pies, aboyó coléricamente, bajo el colchón, un buen tramo de las frazadas para evitar que se soltaran. Sacudió la cabeza para espantar su bronca. Le tiritaban los dedos y le vibraban las aletas de la nariz mientras aspiraba el oxígeno de la furia.
4 HORAS, TRES MINUTOS
Se acostó. No volvió a mirar el reloj. Confiado, calculó que serían las tres y cincuenta. No lo eran. Y cincuenta y cinco, tal vez. Su mente evitaba pensar en números redondos a pesar de que no existiera mayor diferencia. Le parecía menos así. Dos horas para dormir. Podía amanecer lo suficientemente descansado. Mientras sacaba cuentas dentro de su matambre, se iba quedando dormido.
4 HORAS, VEINTIOCHO MINUTOS
El sueño despertaba las serpientes. Era inevitable. Poco a poco, con sus suaves movimientos, se deslizaban por la superficie plana dejando huellas de arrugas en toda la cama. Los nudos de las piolas fueron saltando uno a uno. Se soltaban rompiendo los candados de las jaulas, como botones de camisa presionada por una abultada panza. Los animalejos estaban cansados de ser aplacados. Organizaron un motín en el barco de sus sueños. Sigilosas. Delicadas. Lentas. Irónicamente iban y venían por la llanura del lecho infectado. Olas en la cama. Sospechosas. Moderadas. Pavorosas. Se arrastraban en el campo para desterrar el sueño que trataba de llegar, sin mayores resultados. Antonio las sentía en silencio. Subían por su pecho y enroscaban su camiseta desde el cuello hasta la axila. Los bordes de la sábana le rozaban los tobillos. Sentía con su mano izquierda la aspereza del desprotegido colchón. Las colchas pesaban más de un lado y lo destapaban. Como rata acorralada presentía la derrota mientas las serpientes lo envolvían disfrutando del banquete. Se sacó la camiseta sin salirse de su lata de sardinas. Palmeó con golpes secos, desde adentro, el peso de las colchas, pero sólo consiguió alejar un poco las arrugas. Se volteó y las culebras le rozaron la espalda. Acercó los pies hasta su pecho despejando la parte inferior, eso benefició a un nudo de serpientes que estaban alborotadas a estas horas. Se colocó de panza, pero aplastó a muy pocas. La reproducción era imparable. Como una hidra, los bichos se multiplicaban con cada movimiento. Era mejor mantenerse quieto. En una incómoda posición se endureció derrotado. Iba a esperar pacientemente. No haría comentarios. No ofrecería mayor resistencia. Las piernas cruzadas. El peso de su cuerpo le aplastaba en hombro derecho y su cabeza reposaba sobre la almohada que ya tenía demasiados cráteres. Le dio furiosos golpes, y al colchón.
Una esfinge. La piedra corroída por el tiempo. El tiempo se terminaba rasguñando sus nervios. Los nervios le hacían sonar los dientes. Le pareció que ya no valía la pena alterarse. Seguiría gastando fuerzas en vano. Se limitó a permanecer. Con lo que esta egoísta palabra ofrece.
Estar. Quieto. Inalterable. Sin sentido. Sólo permanecer. Libró su cuerpo al bocado de las culebras. Lo recorrían reptando entre sus piernas. Ascendiendo mansamente. Enrollándose en su cuello para ahogarlo. Entrelazándose en sus manos libremente. Erizando con sus roces la piel helada de su cuerpo.
5 HORAS, QUINCE MINUTOS
Había fracasado. Un terremoto de impaciencia había abierto las fallas de su cama para liberar las serpientes del infierno.
Así estuvo, durante el tiempo que quedaba.
6 HORAS, UN MINUTO
Un leve resplandor aclaró el recinto como no sabiendo si quedarse. Ferreiro lo divisó entre ojos, mientras los cerraba sin saberlo. Las boas y pitones no se marchaban. Seguían en la orgía de su cuerpo. Con la amargura de la retirada, se dejó llevar por el cansancio, que intervino atrasado con sentencia nefasta. Finalmente las imágenes del sueño comenzaron a poblar su mente tejiendo historias y escenas coloridas que duraron años. Tiempo que fue violado. El despertador, con su sonido exasperante, se le rió en la cara antes de que su letargo se abasteciera de los minutos suficientes.
6 HORAS, CINCUENTA Y CINCO MINUTOS. Se oye un pitido fino y penetrante.
Sus ojos sorprendidos no pudieron levantar las persianas que pesaban como yunques. Su cerebro rebotaba dentro del cráneo. Las ojeras le colgaban hasta el suelo. Se destapó y se sentó en la cama. Decepcionado se orientó hacia la ventana. Esperó un milagro, pero sentía el golpe de la luz en sus sufridos párpados. Con gran esfuerzo abrió los ojos. Sus pupilas, dilatadas como gotas de aceite que caen al agua, se contrajeron rápidamente. Desmoralizado, miró el despertador. A su lado un sobre blanco. Se paró y observó alienado a través del horizonte.
Afuera, por la calle, un viejo en repartía el diario. Se detuvo frente a la casa de Ferreiro, sostuvo con el pedal la bicicleta en el cordón de la vereda y deslizando un ejemplar bajo la puerta, continuó con su tarea.
7 HORAS, TREINTA MINUTOS. El diariero termina su trabajo.
Ferreiro aún mira hipnotizado a través de la ventana, posición que no ha abandonado desde que el viejo se perdió en el horizonte de la cuadra de su casa. Sus ojos, cristalinos no hacen foco. Y abultados por el sabor de la derrota se oscurecen, y así, a pesar de cualquier esfuerzo por detenerlo, el sueño al fin arriba, y el flautista se duerme en el umbral de la ventana. Se duerme, a pesar del calor del sol, de la luz iridiscente, de los ruidos de la calle.
A sus espaldas, su cama infectada de serpientes. Serpientes protegidas por barricadas de arrugas. Ellas también se han dormido después de convertir el campo de batalla en nudos y bollos de colchas trenzadas con las sábanas.
Pero despertarán esta noche, nuevamente.
*Silvio Mashad nació en la ciudad de San Martín, Mendoza, en 1971. Cursó la carrera de arquitectura en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Mendoza, donde ejerció la docencia. Escribió un libro de cuentos “La Terapia”, todavía inédito. Tuvo un blog sobre cine y literatura durante el 2006 y organizó junto con el Grupo Cultural Itinerante numerosos ciclos de cine en el Colegio de Arquitectos de la Regional Este. Pinta eventualmente bajo la protección del maestro Ángel Gil. Publicó en 2008 su primera novela “La Cofradía de los Suicidas”.
TEXTOS ESTEÑOS
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