"La química y los años" de Rubén Llensa

Una pequeña historia donde el amor, la químca y los años juegan entre dos personajes que buscan la mejor forma de esconder su dolor.

La química y los años,
por Rubén Llensa

“No nos une el amor sino el espanto
será por eso que la quiero tanto”
Jorge Luis Borges.

Supongamos que se llamaba Aura y que no era joven ni bella. Tampoco  gozaba de un aceptable equilibrio emocional.

Su mirada era transparente y desenfocada. Era la expresión exacta de la tristeza.

La conocí el mismo día que decidió abandonar  la terapia con su psiquiatra. Fue casualidad, es cierto, pero de esas casualidades que no te toman por sorpresa.

Tenía ojeras pronunciadas y un llanto reciente persistía en su expresión.

Observaba unos libros de autoayuda, de repente comenzó a reír histéricamente y cuando la miré corrían un par de lágrimas por su mejilla. Le ofrecí que tomara asiento y le convidé un café; a partir de ahí comenzó nuestra relación. Me comentó varios de sus problemas pero en ningún momento se me ocurrió darle algún consejo. En esa circunstancia sólo podía compartir algo de literatura o alguna experiencia de vida convertida en metáfora.

Lo cierto es que la noté tan desprotegida, sola e incomprendida que lo mejor que se me ocurrió fue hablarle, distraerla, contarle alguna historia. De pronto, casi automáticamente comencé a leer algunos párrafos de Papini: “¿Quién me liberará pues de mi soñador?”…¡Espero desde hace tanto tiempo mi liberación! ¡Espero tan anhelosamente el fin de este necio sueño en el que represento una parte tan monótona!  Hubo silencio, profundo silencio que parecía apagar los ruidos que venían de la calle. Luego me preguntó seriamente como se llamaba el cuento, le respondí “La última visita del caballero enfermo”.

Se mantuvo un rato contemplativa y luego reflexionó “Ese escritor me recuerda a Borges”. Le comenté lo que siempre he supuesto. “Borges fue inspirado por este autor y tal vez tampoco Papini sea el verdadero creador de de estas ideas. Es posible incluso que el concepto nos trascienda y que algunos pocos se hayan aproximado a una de idea bastante incómoda para nuestro ego, por cierto”.

Aura hizo algunos comentarios que no comprendí, quizás algunos conceptos demasiado personales o alguna señal que estaba indicando que el diálogo había llegado a su fin. Ella lo percibió y consultó por el valor del libro. “Este libro no está a la venta” respondí, “por ser raro, escaso o  porque siento demasiada empatía por el mismo. Pero si regresás otro día puedo prestártelo”. Respondí, insinuando un próximo encuentro.

Pasaron unos días y nos volvimos a ver. Estaba muy  bien vestida, un llamativo chal azul le daba  cierto aire de solemnidad. Perfectamente  maquillada y la percibí rozagante. Casi no la reconocí  cuando ingresó al local. Nos saludamos y en nuestro derredor flotaban miles de preguntas silenciosas. Algo magnético acercaba nuestros cuerpos, la música tenue de jazz melódico o un aroma suave que completaba los espacios. Es posible que nos tomáramos de las manos por un momento e intentáramos unos pasos de baile. El lugar, las luces o la autorrepresión  terminaron con la fantasía desatada segundos antes. Luego se sucedieron miradas y silencios sugestivos. La puerta se cerró, las luces se apagaron y hubo besos; besos que llevaban décadas de esperas, besos que parecían infinitos. Ese momento fue lo más parecido al recuerdo del amor. La mente se detiene, lo bello se hace creíble y el encanto fractura las soledades, la fuerza se multiplica y los horizontes futuros se desdibujan.

El tiempo encontró su ahora y el deseo más ferviente era que todos los relojes se detuviesen, pero pronto,  aparecieron las palabras, las indeseables palabras. “Soy casada, tengo hijos y una familia que atender”. Supuse que sería inútil sugerirle que los días son largas soledades y las horas esperas angustiantes. Y entre todo ese tiempo igual y monótono, el encuentro, la amistad o un incipiente amor podría salvarnos. Salvarnos, sí, aun de nuestros pensamientos destructivos.

Pusimos a prueba nuestros cuerpos, sumábamos un siglo de malas experiencias en el arte de amar. Toda esa furia, alegría, pasión o como puedan ser descriptas por pobres palabras, estuvo ahí, presente. Se fundió el ansia con el goce, suponiendo vanamente que ese instante mágico se tornaría cíclico.

Fue un sábado por la noche, aun era temprano. Nos despedimos y nunca más volví a verla. La esperé, conté los días en el calendario lineal y predecible. La recordé, recreé esos momentos que ahora me  parecen tan lejanos. La deseé como se desea la vida en su último intento, pero jamás regresó.

Ahora supongo que tal vez dejó de ser un mal sueño. O la literatura sólo ha acrecentado  mi ingenuidad.

Puede haber muerto  y no me he enterado, o tal vez encontró un remedio para la melancolía. No lo sé. Sólo tengo vagas sospechas.

Lo concreto de esta historia fue  la creación de un momento de gloria, que alcanzó su brillo y demasiado pronto se tornó opaco y efímero. Fue un sueño agradable que concluyó exactamente al abrir los ojos, al mirar y ver que en la mesa de luz hay un vaso de agua y una pastilla azul.

A esta altura de las circunstancias y con esta sensación de los años que me acompañan no voy a preguntarme nada más. Algún día volveré a percibirla, en algún lugar insospechado  nos encontraremos y su mirada cristalina me dará todas las respuestas. Todo lo demás ya es recuerdo,  fantasía  o una extraña señal de la naturaleza. Una alteración inesperada en la química de los cuerpos o un sueño que se escapó de las jaulas que creíamos haber construido.

El tiempo siguió su marcha, inexorable, cambiando todo, borrando las huellas del pasado. El único lugar que se mantuvo a salvo que quedó en  la memoria.

Pasaron veinte años, estaba en la sala de espera del médico.  Hojeaba unas revistas amarillas y de pronto levanté la mirada. Ahí la vi, los mismos ojos cristalinos me observaban. Sostuvimos nuestras miradas como quien repasa un texto. Un historia inconclusa donde el lector debe adivinar el final.

Me levanté lentamente aprovechando que había un espacio libre a su lado. “Aura” le dije y no se volteó para mirarme. “¡Aura, cuántos años sin verte!”. Ella no me miraba, ni contestó a mi exclamación. Su mano producía movimientos involuntarios, cada vez más pronunciados. “Aura, merezco una explicación. ¡Todos estos años de ausencia y esperas vanas…necesito que me hables!”. Ella siguió impasible, sólo el temblor de su mano daba una señal de vida.

“¡Aura…Aura…hablame!

La mujer que la acompañaba me pidió discretamente que no molestase a la señora. Según ella, hacía años que no se comunicaba con nadie. Me sugirió que no insistiera, que sería inútil.

Desde el fondo de un pasillo mencionaron su nombre. Era hora de su consulta al médico. Su acompañante se levantó, manipuló hábilmente la silla de ruedas  que la trasportaba. Ella apenas volteó su cabeza y creo haber escuchado un tímido adiós.
 
Sus ojos mantenían el mismo brillo, su mirada no había envejecido. Se alejaba nuevamente en silencio. Siempre huyendo, siempre tan fugaz como intrigante.

“Adiós “dije, aunque nadie me escuchó.

La vida tiene su lado cruel, su dolor, su angustia, su desazón.

Sí es cierto, la vida es cruel, pero aun así es posible que el único punto de apoyo, lo único que la sostiene sean las esperanzas.

No esperé que saliera Aura del consultorio, perdí mi turno. Me dirigí a la plaza que estaba apenas a unas cuadras y reflexioné con cierto sabor amargo en la boca, con cierta tensión en la garganta y con algunas lágrimas contenidas, lo que aquí y ahora expreso.