Recordé aquella noche de 1989 en Managua, cuando la radio interrumpió de golpe el conteo de votos y empezó a pasar música. La certeza de que algo peligroso estaba sucediendo me asaltó al ver, desde los altos balcones del Hotel Intercontinental, las luces de las fogatas que en muchas esquinas estaban haciendo los militantes sandinistas.
A esa altura de la noche, el escrutinio empezaba a mostrar el triunfo de Violeta Barrios de Chamorro y su Unión Nacional Opositora (UNO), y en el régimen del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) buena parte de la nomenclatura estaba decidida a no entregar por las urnas el poder que habían conquistado con las armas. Pero el presidente Daniel Ortega, con el solitario apoyo de su vicepresidente Sergio Ramírez y de su hermano y jefe del ejército, Humberto Ortega, decidió cumplir a rajatabla con el compromiso que había asumido al aceptar la regla electoral. Y lo hizo.
Muchos imaginaban que, en Venezuela, si las urnas daban la espalda a Hugo Rafael Chávez Frías, el todopoderoso líder recurriría al fraude o provocaría un caos generalizado para justificar la anulación del acto comicial.
Pues bien, este domingo esos fantasmas fueron conjurados por una derrota cristalinamente expuesta por la autoridad electoral e inmediatamente reconocida por el presidente derrotado.
Misión casi imposible
No era fácil vencer al líder del primer gobierno que usó la renta petrolera para favorecer a esa amplia mayoría de habitantes sumergidos en la pobreza total y el eterno abandono gubernamental.
Con el chavismo los ricos han seguido siendo ricos, pero la masa que de pobres pudo incorporarse al boom consumista que trajo el precio estratosférico del crudo en los mercados internacionales, además de recibir el agua potable que jamás había llegado a las favelas, subsidios al transporte y los alimentos, y también atención del Estado a través de esos planes sociales conocidos como “misiones”, particularmente fuertes en los terrenos médico y educativo.
Ese arraigo en las clases populares, sumado a la vastedad y efectividad del aparato político oficialista (cuya capacidad de movilización es muy superior a la de la fragmentada oposición) hacía difícil imaginar que el presidente pudiera perder su invicto en las urnas.
Sin embargo, la masa compacta del voto chavista se fracturó ante una reforma constitucional que implicaba tallar en las urnas el perfil de un Luis XIV, al dejar en la potestad presidencial la creación de nuevas provincias y distritos, la designación de gobernadores y vicepresidentes, además de instrumentos jurídicos para la apropiación estatal de la propiedad privada.
A esto se suma que, en determinadas circunstancias y con ciertas cantidades de poder político y económico, la no existencia de límites para la reelección implica, de hecho, la presidencial vitalicia.
La primera fractura se vio en el campo de la dirigencia oficialista, donde una figura rectora de la izquierda como Luis Miquelena, el mentor ideológico de Hugo Chávez, salió a denunciar los intentos megalómanos de poder absolutista, además de decir que el presidente “no tiene la menor idea de lo que es el socialismo del siglo 21”.
También se convirtió en opositora Marisabel Rodríguez, la primera esposa del exuberante líder caribeño, quien públicamente pidió perdón por haber colaborado en construir lo que definió como una vía “hacia la dictadura”. Y en el mismo sentido se pronunció Stalin González, líder de las agrupaciones universitarias marxistas, así como también el ex ministro de Defensa Raúl Baduel, uno de los fundadores del Movimiento Bolivariano V República.
En sí mismo constituye un hecho alentador que toda esta dirigencia de izquierda siguiera los pasos que ya había dado el ex guerrillero comunista Teodoro Petkov, defendiendo la institucionalidad democrática de todo intento autoritario.
La intelectualidad y la militancia que las usinas chavistas instalaron en todos los países de la región, siempre listas para repeler desde artículos y cartas de lectores cualquier crítica al exuberante líder caribeño acusando a quien la haga de “esbirro del imperio” o “derechista irredento”, jamás pudieron responder a los duros cuestionamientos que los mejores intelectos de la izquierda venezolana hacen al verticalismo personalista que reina en Caracas.
Mérito de Chávez
Sin dudas, además del resultado y lo que implica en toda la región (donde la tentación del poder total y eterno asoma en varios países), la actitud del gobierno de Chávez reforzó el carácter positivo que tuvo el referéndum por la reforma constitucional.
Así como resultaba difícil imaginar a Chávez derrotado, tampoco era fácil pensar que un gobierno de tales características pudiera aceptar serenamente que su máximo líder deba abandonar el poder dentro de unos años.
Sin embargo, a pesar de la ausencia de observadores de la OEA y de la Unión Europea, y también de que las encuestas vaticinaban el probable triunfo del NO y una contienda muy reñida (y teniendo en cuenta que los resultados con alta paridad facilitan la realización de fraudes imperceptibles; o de jugadas judiciales como la que convirtió a Bush en presidente mediante el turbio pronunciamiento de un tribunal de Florida) nada de eso ocurrió en Venezuela. O sea que Chávez actuó con ética republicana, dejando perplejos a los muchos que lo consideran un inmoral de la peor calaña.
La pregunta que surge a renglón seguido de este auspicioso referéndum, es si sus efectos positivos se proyectarán hacia el futuro.
Así será si opositores y oficialistas saben entender el mensaje de las urnas y saben autocriticarse y reformularse a favor de una mayor calidad democrática.
La oposición depurando su liderazgo de toda la mediocridad, vieja política y oligarquía hoy enquistada en la conducción, generando una dirigencia que se comprometa a mantener lo mejor de las políticas sociales con que Chávez benefició a las clases bajas, dando prioridad al uso en este sentido de la renta petrolera.
La oposición también debiera comprometerse a mantener las políticas que incrementaron para el Estado las ganancias que da el petróleo; pero no son pocos los cambios que deben producirse en el oficialismo para proyectar a futuro sus buenos gestos del domingo de su primer derrota.
Por caso, desterrar la vocación hegemónica y el verticalismo ultrapersonalista que los venezolanos acaban de rechazar en el referéndum. Y renunciar a esa obnubilación ideológica que lo hace mirar a los adversarios como execrables enemigos.