El sol brilla cegador en un ambiente polvoriento y un calor sofocante. En un campo junto a una carretera cerca de la metrópolis kurda de Erbil se levantan desde hace unas tres semanas tiendas blancas y azules, que dan cobijo a quienes huyeron de los combates para buscar refugio en la región autónoma del Kurdistán, en el norte de Irak. Muchos proceden de Mosul, ocupada por yihadistas del Estado Islámico de Irak y Siria (ISIS) en junio.
Dos motivos son los más frecuentes para explicar su huida: "El ISIS y Nuri al Maliki", es decir, los ataques de la milicia yihadista y los contraataques de la Fuerza Aérea iraquí ordenados por el primer ministro.
Unas 2.000 familias están alojadas en este inhóspito lugar y sólo en los últimos dos días llegaron otras 200.
Una mujer que lleva un vestido oscuro y un pañuelo blanco en la cabeza sale enojada de una cabaña de hormigón, en la que policías kurdos reparten botellas de agua. "No hacen nada por nosotros", grita furiosa. El intenso calor agota a las personas, que además sufren la escasez de energía eléctrica y agua.
Sólo una parte de las tiendas está climatizada. Allí los refugiados alojaron a sus hijos y organizaron actividades de enseñanza.
Algunas personas lograron traer una cocina a gas, otras tienen gallinas.
Los hombres adultos se envuelven sus cabezas con toallas mojadas para evitar sufrir un golpe de calor por las altas temperaturas que alcanzan los 45 grados Celsius.
"Es Ramadán, pero no ayunamos. Hace demasiado calor para sobrevivir sin agua", dijo Muajad, un trabajador de Mosul, que tiene familiares aún viviendo en la ciudad. A ellos les va peor, indicó. "Ellos no abandonan sus hogares por temor a ISIS y no abren la puerta". Tampoco tienen suministro de electricidad ni agua.
Muajad decidió huir, cuando "personas encapuchadas y armadas vistiendo ropa negra" conquistaron la ciudad. "Llevaban armas que nunca habíamos visto. Algunos hablaban árabe con acento iraquí, pero otros idiomas que no entendíamos".
Como musulmán sunita, podría haberse puesto del lado de los islamistas. "No quería matar en el nombre de Alá. No puedo matar ni a una oveja", cuenta.
Susann e Iyad viven junto con sus tres pequeños hijos en una tienda blanca sin refrigración. Pertenecen a la comunidad religiosa de los shabak, perseguidos por los extremistas del ISIS por considerarlos infieles. Se sentirían felices con algo de hielo, electricidad, comida y gas.
Para el electricista y su esposa se trata de la segunda huida, después de un aprimera en 2003, cuando Estados Unidos emprendió una acción militar contra el líder iraquí Saddam Hussein, que duró un año y medio. "No vivimos en ningún barrio agradable", dijo Susann resignada. "No culpo a nadie, pero siempre las víctimas son los pobres".
Bajo el gobierno de Saddam Hussen, Iyad estuvo un año en prisión por haber desertado del servicio militar. Fue golpeado con cables y le rompieron las costillas. Por eso solicitó una pequeña renta al gobierno del chiita Al Maliki, pero sin éxito. "De este gobierno en Bagdad no recibimos nunca nada", se quejó.
Pese a las difíciles condiciones en el campamento de refugiados, nadie piensa ahora seriamente en volver a Mosul. Pero a la vez, tampoco quieren abandonar por completo su patria.
Susann recuerda: "Cuando regresamos tras la última huida, aquellos que antes habían luchado contra nosotros, nos pidieron ayuda. Nosotros les dimos comida y agua".
Fuente: Mey Dudin, Dpa.