Ahora que el drama de Ben Affleck sobre los rehenes de Irán se ha hecho con siete candidaturas a los Oscar que sumar a sus galas, sobre las que ya se acumulan más de 109 millones de dólares en la taquilla nacional, el aplauso casi unánime de los críticos, y hasta una campaña que susurra que se presente Affleck al escaño pronto vacante de John Kerry en el senado, hace falta decirlo: Argo es un fraude.
A buen seguro, Argo es un amasijo fácilmente consumible de géneros trillados (aventurero exótico, película de travesuras política, descuidada cinta de redención paterna, sátira de Hollywood desde dentro) cuyos temas geopolíticos dan la impresión de que es inteligente e importante. Hasta se podría decir que es buena en lo que hace: le pasa a esa viejas fórmulas de Hollywood una mano nueva de pintura de época de los 70 (color: aguacate). Pero esta táctica es lo que convierte a la película no sólo en simplemente sobrevalorada sino en censurable.
Sus modestos logros señalan fallos mayores en la película y en la capacidad de
Hollywood para contemplar el mundo con honestidad. Tal vez mi desagrado no sería tan intenso de no ser por la gran película que potencialmente sugería la secuencia inicial de Argo: una historia del Irán prerrevolucionario contada a través de un atractivo guión gráfico. La secuencia ofrece un retrato de cómo las intromisiones de la CIA en el gobierno de Irán llevaron a un gobierno corrupto y opresivo, incitando finalmente a la revolución de 1979. La secuencia humaniza incluso al pueblo iraní como víctima de esas violaciones. Bien puede ser que este comienzo sea la razón por la que los críticos le hayan otorgado su crédito a la película por ser reveladora y progresista…porque nada de lo que viene a continuación se le acerca, y el resto de la película en realidad deshace lo que consigue su inicio.
En lugar de mantener su mirada sobre el gran cuadro del Irán revolucionario, la película retrocede y se acomoda a una trama retrógrada de las de “norteamericanos blancos en peligro”. Cambia de reparto a esos iraníes oprimidos trocándolos en una furiosa horda como de zombis, los mismos demonios de rostros obscuros de otras innumerables películas, algo que sigue siendo un mecanismo de éxito seguro: infundir miedo a un público norteamericano.
Después de que el comienzo haga un escándalo de cómo se victimizó durante decenios a los iraníes, la película les margina de su propia historia, empujándoles al papel de villanos. Sin embargo, esta ironía se ve ensombrecida por otra mayor: para empezar, los héroes de la película, la CIA, contribuyeron a crear este desastre. Y su triunfo se ejecuta a través de una argucia más a expensas de unos iraníes prestos siempre a ser engañados como remate de tres décadas de engaños y manipulación.
Argo convierte la crisis de los rehenes de Irán, uno de los episodios más catastróficos de los últimos cincuenta años de asuntos exteriores de los EE.UU., en mero telón de fondo para una subtrama de un hecho rescatable, algo que hasta Robert Anders, uno de los rehenes de Argo, reconoció que era una “nota a pie de página”. La película distorsiona y empequeñece así un suceso que transformó la historia norteamericana. Irónicamente, un relato más general de la
crisis de los rehenes supondría una película más persuasiva tanto desde el punto de vista de la trama como de la acción. Un gran cineasta podría realizar una secuencia asombrosa con la Operación Garra de Águila, la fallida misión de rescate que acabó con el choque de dos helicópteros, varios soldados norteamericanos muertos, y la consiguiente revisión de las operaciones militares norteamericanas. Imaginémonos el último acto de Zero Dark Thirty [La hora más oscura], pero con final infeliz.
No soy tan ingenuo y sé que una película así no sería bien recibida por el público. Y no estoy exigiendo que Hollywood haga una película tan tonificante y poco comercial como Esto no es una película, de Jafar Panahi, para mí la película suprema de 2012 y un reflejo veraz de la realidad de Irán, haciendo uso de toda la invención plena de recursos que se echa de menos en Argo. Pero sus apologetas sostendrán que una película como Argo es lo mejor que podemos esperar a la hora de representar este episodio de la historia, lo que la convierte en una película menos sobre la historia que sobre nuestra adicción nacional a los finales felices cinematográficos. Argo trata ostensiblemente de cómo una falsa película salva vidas, y por tanto del poder redentor de las películas en general. Pero puesto que trata de una película de mentira, no tiene que ver con lo que es hacer películas…sino con el poder de las paparruchas de Hollywood. En lugar de un verdadero cineasta, lo que tenemos es a Alan Arkin de productor sabelotodo de poca monta que nos obsequia con batallitas sobre cómo dar bombo publicitario y
atraer la atención para hacer parecer que una película es importante…lecciones que los promotores de Argo sin duda se tomaron a pecho (mi factoide publicitario favorito sobre Argo es que Ben Affleck cursó una asignatura de estudios sobre Oriente Medio. Nadie menciona que no se licenció) Las observaciones de Arkin pueden muy bien constituir una percepción precisa de cómo funciona de verdad Hollywood, pero reflejan la engreída complacencia de la película sobre su capacidad de ponernos una venda dorada sobre los ojos.
Al contemplar el éxito desenfrenado de esta película, da la impresión de que tanto a los críticos como al público les faltaran conocimientos históricos como para reconocer una perversión interesada de un pasado poco halagüeño, o la agudeza cultural suficiente para ver la naturaleza de absoluto sucedáneo del empeño. Un reparto de personajes y situaciones de repertorio, y una serie de fugas por los pelos cada vez más artificiosas huyendo de turbas del Tercer Mundo que, como es previsible, nunca son lo bastante listas como para atrapar a los norteamericanos. Podemos deleitarnos todo lo que queramos en este reciclaje cinematográfico, pero el hecho sigue siendo que ya no vivimos en un mundo del que podemos zafarnos con películas como éstas, no si queremos estar en situación de habérnoslas con un mundo que se alza a nuestro encuentro. Las películas que respaldamos necesitan ponerse a la altura de la ocasión de reflejar una nueva realidad global, utilizando un conjunto de herramientas para contar historias más novedoso que esta recalentada excusa para una intriga geopolítica histórica.
En la parte final de la película, el agente de la CIA que interpreta Affleck deslumbra los soldados iraníes de un puesto de control con guiones dibujados de su falsa producción de ciencia ficción. La escena juega con ese canoso sentimiento que se expresa en toda ceremonia de los Premios de la Academia, y que se repetirá seguro cada vez que Argo reciba un Oscar: en todo el mundo la gente es de corazón aficionada al cine. Pero como la noche de los Oscar, la escena es en realidad un reflejo de la arrogancia de Hollywood proclamando su propio poder.
Este momento, por supuesto, supone más sandeces, una interesada fantasía urdida por el guionista. Pero nos retrotrae a la secuencia inicial de Argo, cuando nos deslumbra hasta someternos a base de una serie de dibujos de guión. Trabajo de estafa muy jaranero digno de su tema de la CIA, Argo piensa de ti lo mismo que piensa de esos bufonescos soldados iraníes: se les impresiona con excesiva facilidad con una endeble invención como para que puedan ver más allá de ella.
Nota del t.: A lo largo de la película, varios de los protagonistas juegan en Hollywood con el título, “Argo”, convirtiéndolo en “Argo-fuck-yourself”, lo que en la versión española queda traducido como “¡Argoderse!”.
(*) Kevin B. Lee es crítico de cine, cineasta y productor de más de cien videoensayos sobre cine y televisión. Fundador de productoras como Fandor Keyframe y dGenerate Films, colabora con importantes programas y publicaciones como Roger Ebert Presents at the Movies, Sight & Sound, The Chicago Sun-Times y Slate.