La odisea de ser empleada doméstica en el sudeste de Asia

Con apenas cinco millones de habitantes, Singapur emplea a más de 200.000 de estas trabajadoras. Historias de abusos y violencia, en un completo informe de Foreign Policy.

Uno de los nexos económicos y humanos más notables que une a los países asiáticos lo constituyen las millones de trabajadoras del hogar que se desplazan dentro de la región. Es difícil exagerar la importancia de este movimiento transnacional impulsado en los países receptores por el envejecimiento de la población, el crecimiento del empleo femenino y las dificultades para conciliarlo con la vida doméstica, y en los receptores por la pobreza y la discriminación laboral que sufren las mujeres, especialmente en zonas rurales. Estas trabajadoras ejemplifican la dependencia mutua entre Estados, un teórico win-win que no se traduce en el reconocimiento de sus derechos en los lugares en los que recalan. Sin ir más lejos, el 28 de marzo un tribunal de Hong Kong anuló una sentencia anterior que permitía a las trabajadoras del hogar extranjeras solicitar la residencia en dicho territorio. Ante los constantes atropellos, la reciente decisión de Singapur de concederles por ley un día semanal de descanso es un aparente soplo de aire fresco.

Con apenas cinco millones de habitantes, Singapur emplea a más de 200.000 de estas trabajadoras. Aunque las autoridades no han ido suficientemente lejos y continúan privando a estas profesionales de otros derechos recogidos en su legislación nacional, la medida ilustra la preocupación de los países receptores ante la posibilidad de que las malas condiciones acaben desalentando a una mano de obra indispensable para la sostenibilidad de su economía. En una región en la que hasta hace poco se veía a estas mujeres como a una mercancía abundante y reemplazable, concesiones como ésta, aun siendo insuficientes, podrían llevar a otros países receptores a tomar conciencia de en qué medida dependen de ellas y a embarcarse en una carrera por la mejoría de sus derechos.

Esta transformación en la mentalidad de los países receptores llevará tiempo, y el ritmo de su implantación diferirá en gran medida. Pero los síntomas que apuntan a un cambio de mentalidad continúan emergiendo en paralelo a la preocupación de algunos gobiernos de la región, temerosos de quedarse atrás en la creciente competición por resultar un destino atractivo a las empleadas del hogar. El país que con más virulencia se enfrenta a la hipótesis de una potencial privación de este tipo de inmigración es Malasia, que en 2009 dejó de recibir empleadas de Indonesia después de la prohibición establecida por Yakarta como respuesta a los múltiples abusos sufridos por sus nacionales en el Estado vecino. La decisión ha secado el caudal importador del trabajo doméstico en Malasia, tradicionalmente dependiente de Indonesia.

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