A dos manzanas de la Casa Blanca, en la calle K, donde se encuentran algunos de los grupos de presión política más poderosos del mundo, se alza discreta una pequeña capilla, oculta tras una librería en penumbra y con olor a santidad. Ocupa una parte central, a la derecha del altar, una estatua de bronce de un santo español, Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, “enumerado entre los santos del cielo por el papa Juan Pablo II”, según reza en una placa. A estos bancos han venido y vienen a rezar políticos norteamericanos de todo signo, hombres y mujeres que detentan un gran poder en Washington y que, además, se adhieren a las interpretaciones más conservadoras de la doctrina católica.
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