"Desfilábamos con la cabeza baja, el fusil colgado del hombro. Ese fusil que parecía abrasar, que aún estaba caliente, aunque había pasado un buen rato desde que se había disparado. Qué casualidad que el camión que nos había llevado estaba aparcado en cabeza de la fila, y todos tenían que esperar a que llegara el último grupo, el nuestro. Todos los demás soldados llevados a presenciar el espectáculo estaban ya subidos a sus camiones, asomados al final de la caja, mirando muy serios al pelotón que desfilaba. Una mirada a la vez de compasión y de miedo: miraban a los verdugos, al pelotón de ejecución, a los que habían matado a otro soldado, a un compañero. Le podría haber tocado a cualquier otro: no éramos voluntarios, sino forzosos. Pero habíamos sido precisamente nosotros. Y ninguno había flaqueado, ninguno se había derrumbado o se había negado a disparar. Era el 8 de enero de 1972".
Tremendo: "Apunté a la cabeza, para ayudarle"
"El día en que fusilé". Un reportaje a un militante de izquierda que, a los 21 años, le tocó estar en un pelotón de fusilamiento. Impresionante testimonio, en El ´País.