Verano caliente en Londres

Dominic Johnson es redactor del diario Tageszeitung y analiza en este artículo de fondo los sucesos de Londres, en donde los jóvenes indignados contra la policía rompieron con la imagen tranquila de la capital británica. Un buen artículo para leer en el feriado.

Londres ritual y Londres incendiada. Foto: Sinpermiso.info
Londres ritual y Londres incendiada. Foto: Sinpermiso.info

Cada metrópolis del mundo tiene su propia cartografía mental, invisible, por y en la que millones de personas organizan su día a día. Si Londres arde, no arde solamente Londres. Los ataques que han tenido lugar tenían objetivos marcados, la mayoría cadenas de tiendas en unas pocas calles y en un número manejable de lugares.

Londres presenta una segregación racial menor que, por ejemplo, París. Cuando arde una banlieu parisiense, el barrio puede acordonarse prácticamente por completo y el resto de la ciudad de París apenas lo acusa. Londres es en comparación una ciudad más homogénea. No es ninguna ciudad con centro y periferia, sino un Moloch, un mero encadenamiento sin fin de lugares que se parecen cada vez más, que se ignoran los unos a otros y que siempre tienen su propio centro y sus propios lugares socialmente problemáticos. Londres es así una gran ciudad, pero un lugar muy pequeño para la confrontación, con agudos contrastes locales entre pobres y ricos, entre el mundo empresarial y los guetos, y ello en el espacio de unas pocas calles. Estos dos mundos viven puerta con puerta, utilizan los mismos medios de transporte, se ignoran mutuamente y no se miran a los ojos.

Eso puede funcionar durante algún tiempo. Luego en algún lugar salta una chispa y las condiciones normales son engullidas por las llamas.

Mucho se ha escrito en las últimas décadas sobre cómo los musulmanes británicos se alienan de la sociedad y generan una subcultura propia violenta. A menudo se olvida que esta tendencia subterránea también vale para la otra mitad de la sociedad. En las últimas décadas se ha creado en Londres una generación totalmente desarraigada que vive de manera provisional, lo mismo en la vida privada como en la profesional. Una generación que se siente poco respetada, poco ligada a su lugar de residencia y poco representada políticamente. Este sentimiento está muy extendido especialmente entre la juventud negra de origen caribeño. La tentación de construir una jerarquía alternativa en esta sociedad a la sombra, que sea invisible para el mundo exterior, es enorme. Así se crean sociedades paralelas.

Nexo del capitalismo financiero mundial

El rostro de Londres ha cambiado por completo en los últimos treinta años. Lo ha hecho a costa de sus habitantes. La ciudad ya no es el centro de la riqueza mundial, como lo fue en el siglo XIX, y del que proceden los barrios obreros de Hackney y Tottenham. Londres se ha redescubierto a sí misma como nexo del capitalismo financiero mundial. El suelo se ha convertido en un magnífico objeto de especulación, no en un espacio donde vivir.

El autor londinense Ian Sinclair acaba de criticar en su libro Ghost Milk la metamorfosis de los barrios de la ciudad para los preparativos de los Juegos Olímpicos de 2012, que ha devorado sumas millonarias y, con ellas, también las condiciones de vida de decenas de miles de personas. En los años 80, la construcción del barrio empresarial Docklands en el antiguo barrio portuario de Londres produjo un impacto traumático similar en la imagen propia del Londres nororiental.

Desde la Segunda Guerra Mundial, durante varias décadas se sustituyeron los 'slums' y las tradicionales casas adosadas por bloques de apartamentos, que en vez de la modernización trajeron la guetificación. Se crearon barrios enteros de viviendas sociales que acomodaron con alquileres baratos a los socialmente más débiles, a menudo culturamente enfocados hacia sí, y cuya población hoy se ve excluida y amenazada. Junto a ellos vive ahora una nueva generación multicultural de jóvenes precarios sin ningún tipo de protección social en uno de los mercados inmobiliarios más caros del mundo.

Los alborotadores destruyen sus propias comunidades, dicen los comentaristas británicos. La cuestión es si los destructores de estas comunidades las perciben realmente como propias.

(*) Dominic Johnson es redactor del diario Tageszeitung.

Traducción para www.sinpermiso.info: Àngel Ferrero

Fuente: www.sinpermiso.info