Tal como yo lo esperaba, ahora que la ventaja de Gadafi en materia de blindados y armamento pesado ha sido neutralizada por la campaña aérea de los aliados de las NNUU, el movimiento de liberación está reganando territorio perdido. Los libertadores han retomado las localidades petroleras claves de Ajdabiya y Brega (Marsa al-Burayqa) entre el sábado y la mañana del domingo y parecían decididos a avanzar más hacia el oeste. Con certeza este rápido avance se ha hecho posible en parte gracias al odio a Gadafi que impera en la mayoría de la población de eses ciudades. La cuenca de Buraiqa contiene gran parte de la riqueza petrolífera de Libia y el Gobierno de Transición en Benghazi volverá a controlar en breve el 80 por ciento de este recurso, una ventaja en su lucha contra Gadafi.
Yo estoy abiertamente alentando al movimiento de liberación, contento de que la intervención autorizada por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas los haya salvado de ser aplastados. Aún recuerdo lo desilusionado que estuve de adolescente cuando se les permitió a los tanques soviéticos ponerle fin a la Primavera de Praga y extirpar el socialismo con rostro humano. Nuestro mundo moderno multilateral tiene mayores espacios para el cambio exitoso y el desafío al totalitarismo que lo que tenía el antiguo mundo bipolar de la Guerra Fría, cuando los EEUU y la URSS frecuentemente se respetaban mutuamente sus esferas de influencia.
La intervención en Libia, autorizada por Naciones Unidas, ha puesto en el tapete cuestiones éticas de la mayor importancia y ha dividido a los progresistas de un modo desafortunado. Espero que podamos tener un debate sereno y civilizado de los aciertos y errores a este respecto.
En la superficie, la situación en Libia hace una semana y media planteaba una contradicción entre dos principios claves de una política de izquierda: apoyar a la gente común y oponerse a la dominación extranjera que les afecta. Los trabajadores y el pueblo de Libia se habían levantado para derribar al dictador de una ciudad a la otra – Tobruk, Dirna, al-Bayda, Benghazi, Ajdabiya, Misrata, Zawiya, Zuara, Zintan. Incluso en la capital Tripoli, los barrios obreros tales como Suq al-Jumah y Tajoura habían expulsado a la policía secreta. En las dos semanas que siguieron al 17 de febrero casi no habían signos de que los manifestantes estuvieran armados o fueran violentos.
La calumnia levantada por el dictador, de que los 570000 habitantes de Misrata y los 700000 de Benghazi eran partidarios de “al-Qaeda,” no tenía fundamento. Que unos cuantos jóvenes libios de Dirna y alrededores hayan combatido en Iraq es simplemente irrelevante. La resistencia árabe sunita en Iraq en su mayor parte fue llamada ‘al-Qaeda’ de manera imprecisa, lo que es un calificativo propagandístico en este caso. En todos los países con movimientos de liberación existieron simpatizantes de la resistencia sunita iraquí; de hecho las encuestas de opinión demuestran que tales simpatías son casi omnipresentes en el mundo árabe sunita. En todos esos países existió al menos algunos movimientos fundamentalistas. Eso no era razón suficiente para desearles mal a los tunesinos, egipcios, sirios y otros. El asunto es qué tipo de liderazgo estaba surgiendo en lugares como Benghazi. La respuesta es que simplemente fueron los notables de la ciudad. Su hubiera un levantamiento en contra de Silvio Berlusconi en Milán, probablemente congregaría a empresarios y obreros fabriles, católicos y seculares. Sería simplemente el pueblo de Milán. Es posible que aparezcan unos pocos ex miembros de las Brigadas Rojas, así como quizás alguna figura del crimen organizado. Pero difamar a todo Milán en base a ello sería pura propaganda.
Entonces los hijos de Muammar Gadafi lanzaron a sus brigadas blindadas y fuerza aérea a bombardear a las multitudes civiles y a dispararles con proyectiles de tanque. Los miembros del Consejo del Gobierno de Transición en Benghazi han estimado en 8000 las muertes ocurridas cuando las fuerzas de Gadafi’s atacaron y sometieron a Zawiya, Zuara, Ra’s Lanuf, Brega, Ajdabiya y los distritos obreros de la propia Tripoli, usando munición de guerra disparada a manifestaciones indefensas. Si 8000 era una exageración, simplemente “miles” no lo era, como lo atestiguan medios de izquierda tales como Democracy Now! de Amy Goodman. Cuando las brigadas de tanques de Gadafi arribaron en los distritos sureños de Benghazi, se alzó la perspectiva de una masacre de gran escala entre los rebeldes comprometidos.
La autorización dada por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para que estados miembros de NNUU intervinieran para evitar esta masacre planteó entonces la interrogante. Si la izquierda se oponía a la intervención, de hecho aceptaba la destrucción, por parte de Gadafi, de un movimiento que representaba las aspiraciones de la mayor parte de los trabajadores y los pobres de Libia, junto a gran número de empleados y capas medias. Gadafi habría restablecido su dominio, habiendo aplastado al movimiento de liberación como a un insecto y el país puesto de nuevo bajo el imperio de la policía secreta. Las consecuencias del resurgimiento de un perro rabioso, enojado y herido, sus arcas repletas de miles de millones petroleros, podrían haber sido perniciosas para los movimientos democráticos a ambos lados de Libia, en Egipto y en Túnez.