La respuesta es: a los liberales de izquierda. Lo cual no es ninguna sorpresa; los liberales de izquierda andan tan confusos ahora en lo atinente a las "intervenciones humanitarias" como lo estaban en tiempos de Clinton (Bill). Simplemente, no lo pillan, y los que menos lo pillan son los más dispuestos a disculpar a Obama, sean cuales fueren los resultados.
Juan Cole normalmente lo pilla. No esta vez. La semana pasada publicó en su blog Informed Comment algo así como una guía para defensores de Obama perplejos.
A pesar del enfoque de Cole, hay que decir que la mayor parte de lo que pasa por izquierda liberal tanto en Estados Unidos como en Europa se alinea con el Partido de la Guerra. Es una de esas raras ocasiones en que los Demócratas son incluso peores que los Republicanos, aunque sin lugar a dudas el escepticismo voceado por algunos líderes republicanos tiene más que ver con el deseo de debilitar a Obama que con consideraciones de principios o aun pragmáticas.
El artículo de Cole resulta instructivo por su perspicaz forma de explicar la postura proguerra. Después de demonizar convenientemente a Gadafi y ensalzar a los "rebeldes" -una tarea difícil, puesto que de momento son una fuerza incipiente de la que ni él ni nadie conoce gran cosa– para luego distinguir entre esta última guerra y recientes aventuras neo-conservadoras desafortunadas, Cole continúa enumerando (y refutando) las razones que según él algunos izquierdistas estadounidenses aducen para oponerse a la intervención.
Según él, las razones de la izquierda para oponerse a la guerra en Libia se reducen a un absoluto pacifismo (que prohíbe categóricamente el uso de la fuerza), o a un absoluto anti-imperialismo (que prohíbe categóricamente cualquier intervención en asuntos exteriores), o, por último, a lo que él llama un "pragmatismo anti-militar" (que sostiene que la fuerza militar es en principio incapaz de resolver los problemas sociales).
En la discusión de Cole solo hay alguna leve referencia a la hipocresía de Obama (recordemos su silencio durante el asalto israelí a Gaza y su débil condena de la sangrienta represión en Arabia Saudita), y no se menciona el hecho de que Obama se implicó en esta última guerra libia por decisión propia, sin la aprobación del Congreso: un precedente peligroso y una falta incriminable (al menos si nos retrotraemos a los tiempos del Watergate, cuando Richard Nixon fue incriminado por invadir Camboya sin autorización del Congreso). Cole también pasa por alto la contradicción de que haya dinero para una nueva guerra, pero no para subvenir a necesidades urgentes en casa; necesidades todavía más urgentes teniendo en cuenta el apoyo "bipartidista" a la innecesaria, e incluso contraproducente, polígtica de austeridad y reducción del déficit.