Una constante en la cobertura de la revolución egipcia es buscar una comparación con algún antecedente histórico, un referente que sirva de orientación para una situación que muchos analistas definen como “territorio desconocido”. La analogía más recurrente es la Revolución Iraní de 1979. ¿Es el Egipto del 2011 igual que el Irán del 1979?
Existe una división de la opinión publicada a la hora de responder a esa cuestión. Los pesimistas creen que la Historia se está repitiendo, y que el país caerá en manos de unos islamistas radicales, personificados en los Hermanos Musulmanes. En cambio, los optimistas señalas que el principal partido islamista, los Hermanos Musulmanes, no ha estado detrás de las movilizaciones, y que los jóvenes egipcios no han caído rendido a los cantos de sirena de la teocracia.
Es lógico que la pregunta domine los medios estadounidenses, ya que Irán representa uno de los grandes fracasos de la política de EEUU en el siglo pasado. El país asiático pasó en un abrir y cerrar de ojos de ser uno de los dos pilares centrales de la política de Washington en los años 60y 70, a ser el Estado más hostil hacia Washington de la región entera. El otro pilar, Arabia Saudita, se ha mantenido incólume. Al menos, de momento.