Ha sido duro, muy duro, y hermoso, muy hermoso. El pueblo egipcio, liderado por su ciberjuventud democrática, ha dado al mundo una inmensa lección de claridad de ideas, valentía y tenacidad. La inmensa multitud de la plaza de Tahrir, jóvenes y mayores, de clase media y pobres de solemnidad, hombres y mujeres, cristianos y musulmanes, insistía en la salida del autócrata Mubarak antes de contemplar siquiera la posibilidad de una transición a la democracia más o menos negociada entre el régimen y la oposición, y tenía toda la razón del mundo. Nada de lo que se le prometiera tenía el menor viso de credibilidad si seguía en el trono un faraón convertido en momia, un cadáver político testarudamente aferrado al cargo.
Mubarak se acaba de ir . El pueblo le ha ganado el pulso. Anoche Mubarak aún insistía en quedarse, en aguantar hasta septiembre, en liderar en persona la transición. Era un disparate monumental, por mucho que le apoyaran los halcones israelíes, otros déspotas árabes, los elementos más conservadores del establishment norteamericano y la pusilanimidad de los dirigentes europeos. Era un despropósito porque el pueblo de Tahrir no se iba a ir, no iba a abandonar el combate. Al contrario, iba a redoblarlo, aún más decepcionado y frustrado, con el refuerzo, además, de otros cientos de miles de egipcios en este viernes de las plegarias en las mezquitas. En los últimos días su lema venía a ser éste: "Si el rais es testarudo en su empeño en aferrarse al poder, más lo somos nosotros".
¿Cómo podían contenerse las riadas humanas que hoy han ocupado las calles de las principales ciudades egipcias? Sólo una matanza de proporciones descomunales, una matanza nunca vista en vivo y en directo en la historia de la humanidad, podía intentar contener hoy al movimiento egipcio, y aún así era improbable que consiguiera su objetivo. La salida en falso de anoche de Mubarak no tenía el menor futuro.
A partir del momento en que el Ejército egipcio, la institución más prestigiosa del país y de la que han salido los presidentes Nasser, Sadat y Mubarak, se había negado a disparar contra las masas, afirmando incluso que comprendía y aprobaba sus motivaciones, la revolución democrática egipcia ya estaba en vías de ganar. Ahora acaba de conseguir su primer objetivo directo: la salida del autócrata. Y es momento para el regocijo. De los egipcios, los pueblos árabes y todos los demócratas del planeta.