“Les guste o no les guste, la historia está de nuestro lado. Nosotros los vamos a enterrar”. Quien hablaba así en 1956 era Nikita Kruschev, secretario general del Partido Comunista de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, la todopoderosa y temida URSS, hoy un vestigio de la historia que muy pocos, solo sus más encarnizados defensores, extrañan y defienden. Hace 20 años, desapareció del mapa de la historia por razones que todavía historiadores y politólogos discuten. Porque, aunque parezca mentira, el régimen que nació de una revolución y una guerra civil se extinguió de la manera más inocua, vencido por el peso de sus propios errores. Así describe Jorge Matos la remembranza de la caída de la URSS para el diario El Comercio.
Después de 35 años del discurso de Kruschev, el último de una corta lista de sus sucesores en el cargo, Mijail Gorbachov, dirigía otro a todos los rusos para anunciarles lo hasta entonces imposible: “Queridos compatriotas y conciudadanos, a causa de la situación que se ha creado con la formación de la Comunidad de Estados Independientes, pongo fin a mis funciones de presidente de la URSS [...]. Los acontecimientos han tomado un giro diferente. Ha ganado la línea de desmembramiento del país y de dislocación del Estado, y es algo que no puedo aceptar”.
Era el 25 de diciembre de 1991 y la URSS dejaba de existir. Herida de muerte, la Comunidad de Estados Independientes (CEI), creada el 8 de diciembre por Bielorrusia, la Federación Rusa y Ucrania, y a la que luego se les uniría Kazajstán, Kirguizistán, Tayikistán, Uzbekistán, Turkmenistán, Azerbaiyán, Armenia y Moldavia, fue la que le dio el tiro de gracia. El discurso televisivo de Gorbachov la noche de Navidad fue tan solo el epitafio para un imperio construido, según Kapuscinski, en “un país donde la historia es un volcán en permanente erupción”.
Media hora después, la bandera soviética de la hoz y el martillo fue arriada en el Kremlin e izada la tricolor de la Federación de Rusia. Una época llegaba a su fin.
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Fuente: El Comercio