El jueves estaba yo tomando notas para componer aquí una reflexión sobre la caridad, sobre las maneras de pedir y los engaños que procuran la dádiva, sobre la oportunidad que la limosna entraña para el que da y la función histriónica de quien pide, y sobre esa costumbre colombiana de inoficiosa gentileza de decir “por favor” y “regáleme” aunque no se esté pidiendo nada sino exigiendo, cuando entré en Internet y vi que se notificaba de la muerte del Mono Jojoy con una foto en la que el guerrillero sale vivo y de perfil, con un brazo extendido que puede significar “Sí, por aquí, pase” o bien “No, vaya para allá”, con el fusil al hombro y al lado un cartón manuscrito en mayúsculas —como los de los mendigos— en el que se lee —como un coherente epitafio al comandante de una guerrilla que quiso ser justiciera— la brillante contradicción: “Por favor proibida (sic) la entrada”.