Es por todos conocido que los anuncios de las agencias inmobiliarias en Manhattan siempre han sido particularmente ingeniosos. Nunca ha sorprendido aquí que se pinte como un lugar sumamente privilegiado un piso pequeño, pero cerca del luminoso Chrysler.
Me cuentan mis amigos que vivían aquí en los años noventa y hasta inicios del actual milenio que, dado el limitado número de pisos en la isla, conseguir uno en condiciones y bien ubicado era una muestra más de la ley del más fuerte. Si sabías de alguno disponible tenías que correr hacia él (correr era más aconsejable que ir en coche o en otro transporte, para evitar retrasos) con la chequera y tus documentos preparados (historial y puntuación crediticios, contrato laboral, nóminas, cartas de recomendación) y, antes que los otros interesados subieran por el ascensor, firmar los papeles allí mismo, en el piso, entre el sonido del claxon de los taxis que entraba por la ventana; apoyándote, para firmar los documentos, en la barra de mármol de la cocina, tras haber inspeccionado el lugar, las puertas y armarios, los acabados, el suelo de parqué, el frigorífico, que al abrirse desprendía la misma gelidez que sentías al desembolsar tanto dinero en pocos segundos. Tras estrechar la mano del agente inmobiliario te quedabas allí de pie, mirando a tu alrededor. Salías del piso pensando que se vería más bonito si el frigorífico fuera de acero inoxidable. Le dabas la culpa al frigorífico.
Pero ahora que, debido a la crisis económica y a los posibles atisbos de una tercera Gran Depresión, nos encontramos en un renters and buyers market (un mercado que favorece al inquilino y al comprador), y dado que hay más unidades disponibles y los manhattanitas se están conviertiendo en educated consumers es cuando los anuncios publicitarios exgrimen de verdad sus estrategias textuales.
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Estrategias publicitarias en Manhattan
Una habitante de este lugar cuenta cómo la promoción de lugares de venta o alquiler cambiaron, tras la crisis que también padece Estados Unidos.