La destrucción de la tragedia dejó zonas enteras sin techo, sin agua y sin comida, como la localidad de Dichato -donde las aguas se llevaron el pueblo por delante- o Talcahuano, el puerto de Concepción, donde hasta los barcos de mayor calado fueron arrastrados como si fueran de papel cientos de metros tierra adentro.
Y la salud de la población empezó a sentir las consecuencias.
"Hemos tenido casos de gastroenteritis, patologías respiratorias, y hemos tenido un primer golpe de mucha patología cardiaca, provocada por el miedo que causaron las últimas réplicas", dijo a la AFP el doctor Carlos Barra, el jefe del operativo sanitario de un escuadrón de socorristas españoles emplazado en la ciudad de Penco, a 10 km de Concepción.
Barra integra un equipo de unas setenta personas de la cooperación española que instalaron un hospital de campaña y otros servicios de socorro en una polvorienta cancha de fútbol, entre altos cerros y calles desoladas donde la basura acumulada comienza a despedir hedor.
Una larga fila de damnificados aguarda a ser atendidos o esperan dotarse de agua potable con los tanques de los cooperantes extranjeros, bidón en mano.
Subiendo una cuesta, camino a lo alto de los cerros, los vecinos de un deprimido sector de Penco forman parte del elenco de víctimas del frío de la intemperie.
Algunos vecinos abandonaron sus hogares semiderrumbados y se refugiaron en casas de allegados que mal o bien se mantuvieron en pie. Los que se quedaron en la zona sobreviven con menos de lo justo y duermen apiñados en una multitud de carpas a la espera de alguna ayuda del gobierno, que juzgan inexistente.
Romilio Fuentealba tenía un almacén y luego del sismo reemplazó su comercio atravesado de grietas por un puesto ambulante montado en la parte de atrás de su camioneta. Hay quienes le compran harina, fideos, arroz... las cosas básicas. Algunos protestan por lo que consideran un vil asalto, acusándolo de duplicar los precios.
La polémica de los precios no se resuelve y la discusión entre los vecinos pasa a si están o no a salvo en su emplazamiento: las carpas están a un kilómetro de la costa y los vecinos no se ponen de acuerdo sobre lo que pasaría si volviera un tsunami con toda su fuerza arrasadora.
Algunos se consideran a salvo por estar en una cuesta, otros se muestran menos confiados.
"Si llega a subir el mar, puede meterse por ahí", dice una mujer señalando un camino que llega directo a la playa, que se asoma a cuesta abajo a un kilómetro de las carpas.
"Es casi improbable, el primer tsunami no llegó tan lejos", rebate con autoridad Erica Valdebento, la vocera vecinal designada por los pobladores para dialogar con las autoridades.
Con o sin diálogo, estas carpas regadas en pequeños aldeas de cinco o diez unidades, mezcladas espontáneamente entre las casas de las comunas o las alturas de los cerros, son la tendencia mayoritaria para la gente sin techo. Una tendencia que añade un nuevo elemento al paisaje del sur chileno y cuyos propulsores esperan que sea nada más que algo pasajera.
Miles de chilenos sobrellevan la catástrofe refugiados en carpas
Miles de personas que perdieron sus casas en la costa chilena sobrellevan la tragedia en carpas, contando los días sobre terrenos baldíos o laderas de cerros, y siempre temerosas de que un nuevo temblor o un nuevo tsunami destruyan en un plumazo lo que les va quedando.