Desde el pasado 26 de septiembre el presidente venezolano Hugo Chávez no para de contar votos. Ese día obtuvo su peor resultado electoral en algo más de una década de triunfos en las urnas, y cuando el líder bolivariano se siente electoralmente malparado se aplica urgentemente a deshacer lo que los sufragios hayan decidido. Así lo hizo tras el referéndum de 2007, en que la ciudadanía le negó la posibilidad de reelección indefinida, convocando una segunda consulta para hacerse por fin con el santo y la limosna; otro tanto ocurrió en 2008 con unas elecciones a departamentos y alcaldías, en las que, aunque había ganado globalmente, perdía departamentos esenciales y, en especial, la alcaldía mayor de Caracas. Su abrumador dominio en la asamblea nacional -que la oposición había boicoteado- le permitió aprobar leyes al año siguiente que reducían las competencias de aquellos que le habían desafiado. Y eso es lo que ha vuelto a hacer con los comicios de septiembre.
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