Una pegadiza cumbia caribeña, muy utilizada por la oposición paraguaya durante las recientes elecciones, cuyo estribillo repite una y otra vez “Se va Nicanor”, ha vuelto a sonar con insistencia en las radios de Asunción, como una incómoda banda sonora para el último acto del presidente paraguayo Nicanor Duarte Frutos, quien este lunes presentó su renuncia al cargo ante el Congreso Nacional.
Se va Nicanor. Con la cabeza gacha, casi suplicando a sus adversarios que le acepten la renuncia en la sesión parlamentaria de este martes, y le permitan jurar como senador el mes próximo, porque sabe que es su última carta para no convertirse en un cadáver político, y sobre todo para tener inmunidad ante anunciados juicios por enriquecimiento ilícito y violaciones a la Constitución.
Se va Nicanor. Con un gesto muy diferente al que exhibía hace apenas tres meses, en el clímax electoral, cuando descuidaba sus funciones de gobernante para dirigir personalmente la campaña de su candidata Blanca Ovelar, cuando acusaba a su ex vicepresidente y líder de la disidencia colorada, Luis Castiglioni, de ser “testaferro de los gringos” y al principal candidato opositor, el ex obispo Fernando Lugo, de “perjuro, fariseo” y “cómplice de secuestradores”.
Se va Nicanor. Con más canas y arrugas, con la popularidad por el suelo. Muy lejos de aquel candidato con interesante perfil de estadista moderno que encendió las esperanzas de un sector mayoritario de la población en las elecciones del 2003. Se esperaba que Nicanor fuera el presidente que institucionalice al Paraguay de la transición, un poco como Fernando Henrique Cardozo lo hizo en Brasil. Los anteriores mandatarios habían dejado un país más devastado, y prácticamente todos terminaron sus mandatos acusados o procesados por delitos de corrupción.
Se va Nicanor. Duarte Frutos pudo ser diferente… pero lamentablemente no lo fue. Los interesantes logros de los dos primeros años de su gobierno se dilapidaron pronto en una obsesiva cruzada fundamentalista, en busca de la anticonstitucional reelección, de la retención del poder cueste lo que cueste.
Se va Nicanor. Con sus célebres frases como “Che la Estado” (En guaraní: “Yo soy el Estado”, alterando la célebre frase de Luis XIV) y su personalidad bipolar. Ya tiene su lugar en la historia, y no es el que más le hubiese gustado: de ahora en más se lo recordará como el último de los presidentes colorados, el que con su soberbia y su sectarismo dejó caer al partido del poder, luego de 60 años de hegemonía. Muchos de sus correligionarios se lo reprocharán por siempre… pero muchos otros paraguayos no se lo vamos a terminar de agradecer.