El premio evoca la unidad europea, aunque desde una perspectiva conservadora. Por eso lleva el nombre de Carlomagno, el hijo del rey de los francos que destronó a los merovingios (Pepino el Breve), que primero extendió su soberanía a los lombardos y luego creó el imperio carolingio, o Sacro Imperio Romano-Germánico, con la corona que depositó en su cabeza el Papa León III.
El premio que lleva el nombre de Carlomagno se entrega en Aquisgrán (Aix-la-Chapelle), la ciudad alemana donde se supone que nació el gran emperador, y distingue a los visionarios y a los estadistas que realizaron aportes sustanciales a la integración de Europa.
Por eso recibieron este premio verdaderos impulsores de la unidad europea como Jean Monet y Robert Schuman; también los gobernantes que comenzaron a construirla sobre los escombros que dejó la Segunda Guerra Mundial, como el alemán Konrad Adenauer y el italiano Alcide de Gasperi. Figuras claves en el rescate de Europa de las fauces del nazismo, como Wiston Churchill, y estadistas descollantes de las últimas décadas como los españoles Felipe González y Juan Carlos de Borbón, además de notables gobernantes extranjeros como el ex presidente norteamericano Bill Clinton.
En ese país donde Sególène Royal no pudo convertirse en la primer presidenta, y donde la única mujer que alcanzó el cargo de primer ministra fue la opaca Edith Cresson, la canciller alemana Angela Dorothea Merkel recibió la máxima distinción europeísta: el Premio Carlomagno.
A nadie le sorprendió y ningún diario ni dirigente político cuestionó la designación; lo que la corrobora como la gobernante más admirada y respetada de la UE.
Su historia
En su pasado están las claves de su talento político; las particularidades de una vida que se desarrolla entre polos opuestos, cimentando una visión amplia y objetiva de la historia y del presente.
Sucede que es la hija de un pastor protestante que trasladó su familia de Hamburgo a la República Democrática Alemana. Por eso creció en un sistema comunista, con régimen de partido único y estructura totalitaria de poder. Ergo, se formó en el materialismo dialéctico para estudiar la historia, y leyó El Capital y El Manifiesto Comunista, además del Anti-Dühring de Engels y la teoría leninista del imperialismo como última etapa del capitalismo, al mismo tiempo que asimilaba la lectura bíblica y la formación evangélica que recibía de su padre.
El cristianismo en su vida era un secreto. Oficialmente, la joven y destacada estudiante de Física en la Universidad de Léipzig militaba en la juventud comunista y jamás daba señales de disidencia. De haber existido la más mínima sospecha, jamás habría podido ser investigadora de la Academia de Ciencias de Alemania Oriental, rango al que sólo accedían los científicos más destacados pero también más leales al sistema.
También su primer marido era científico y de él conserva el apellido Merkel. Curiosamente, su actual marido (otro científico) jamás le exigió dejar el nombre que le dio el anterior matrimonio. Pero para muchos miembros del mundo de la ciencia en la desaparecida RDA fue más curioso que, caído el Muro de Berlín, Angela Merkel se revelara como una conservadora cristiana. La misma mujer que había recibido condecoraciones por sus aportes académicos de manos del mismísimo Erich Hönecker, se convertía de la noche a la mañana en la mimada de Helmut Köhl.
Aquel canciller conservador cuyo gobierno reunificó Alemania, la convirtió primero en ministra de Juventud y Familia y luego en ministra de Medio Ambiente y Naturaleza. En los dos cargos, Angela Merkel se destacó como una funcionaria eficaz y con planes propios. Pero volvió a dejar la sensación de ser una implacable oportunista cuando el estallido de un escándalo político por donaciones ilegales al partido oficialista, la Unión Demócrata Cristiana (UDC), le abrió traumática y sorpresivamente el camino hacia el liderazgo de los conservadores.
En el marco de aquel tembladeral político se hundió Wolfgang Schäuble, favorito del canciller. Y a renglón seguido comenzó a esmerilarse la propia imagen de Helmut Kohl. En ese escenario, Merkel no actuó con lealtad hacia quien la condujo al escenario gubernamental, sino que lanzó contra él las demoledoras críticas que colaboraron a su caída. Posteriormente, venció en la competencia al bávaro Edmund Stöiber y al respetadísimo Friederich Merz, conquistando definitivamente el liderazgo de los conservadores.
Para la historia quedará el debate sobre si la dirigente centro-derechista que se formó en el marxismo y la juventud comunista, y que llegó al poder removiendo del camino a su propio mentor político, ha sido o no una oportunista. Lo que está fuera de dudas es su capacidad de liderazgo.
El escandaloso derrumbe de Helmut Kohl, el más exitoso canciller conservador desde Adenauer, dejó a la UDC y a sus socios, los socialcristiano de Baviera, en estado de coma y acefalía. De ese caos los rescató la mujer que llegó a la política desde el mundo de las ciencias. Y los siguientes logros fueron aún más importantes.
Revirtiendo a último momento el vaticinio influyente de las encuestas, Merkel logró derrotar al socialdemócrata Gerhard Schröeder, que llevaba años en la Cancillería. Pero la diferencia fue tan pequeña que predecía un gobierno aún más débil que el de Schröeder.
Merkel se atrevió entonces a reeditar una fórmula sólo utilizada en la década del sesenta, cuando el conservador Kurt Kiesinger compartió el poder con el socialdemócrata Willy Brandt. Y la nueva “gran coalición”, entre conservadores y socialdemócratas por la que nadie apostaba un euro, logró hasta ahora funcionar con notable efectividad.
Al mismo tiempo, la primer mujer en presidir un gobierno alemán lograba con la firmeza e inteligencia de sus gestiones recomponer el caos político que descalabró a Europa desde los referéndum de Francia y Holanda, en los que fue derrotada la Constitución diseñada por Valery Giscard D’Esteing.
Todavía no está claro como hará la UE para retomar el camino hacia una Constitución; tampoco como resolverá problemas acuciantes como el envejecimiento de su población, la inmigración y la recuperación del crecimiento económico. Pero está claro que, de todos los jefes de gobierno, Angela Merkel es la que mejor expectativa despierta en los europeos, y también la conservadora que menos fobia genera en sus adversarios de izquierda.
Si quedaban dudas al respecto, el Premio Carlomagno que acaba de recibir en Francia la certifica como la figura más notable de la política europea, en este confuso inicio del siglo 21.
Merkel, la señora Europa
El Premio Carlomagno que recibió en estos días parece confirmar a la primera mujer de la historia que gobierna Alemania, como la figura más descollante de la política europea de los últimos años. La notable estadista, reconocida como uno de los pilares que sostiene a la UE desde el tembladeral desatado por el rechazo de Francia y Holanda, en sendos referendos, a la Constitución elaborada por Giscard D’Esteing, tiene la particularidad de ser respetada también por las dirigencias socialdemócratas.