La huella de Brasil en la cumbre de Lima

Hugo Chávez, que jamás pidió perdón a ningún blanco de su metralla verbal, se disculpó con la canciller alemana y no generó ningún duelo estridente para adueñarse del escenario de la cumbre. A su vez, Lula escuchó cosas que tenía que escuchar y le planteó a Europa temas que los gobiernos europeos deben agendar.

Normalmente, las cumbres intercontinentales suelen no aspirar a mucho más que a la postal de los mandatarios y a una declaración final inexorablemente condenada a convertirse en letra muerta. Y no estuvo exenta de tales fragilidades la última cumbre de Europa, Latinoamérica y El Caribe, que se realizó en Lima. Al menos así fue respecto a la declaración final sobre los temas abordados (pobreza y cambio climático). No obstante, el encuentro realizado en la capital peruana tuvo momentos importantes y aspectos originales.

Por caso, fue la primera vez que el presidente venezolano se disculpó por artillería verbal disparada contra un eventual enemigo. En respuesta a la afirmación de Angela Merkel de que Venezuela no es vocero de Latinoamérica y su recomendación a la UE de no hacer negocios con gobiernos de ese tipo, Hugo Chávez ametralló a la canciller de Alemania diciendo que su partido había apoyado a Hitler siendo parte del nazismo.

Tal apreciación es inexacta. Incluso, el camino del razonamiento es riesgoso, porque en el origen del nazismo hay una clara presencia de izquierda. De hecho, la matriz ideológica fue el Deutsche Arbeiterpartei (Partido Obrero Alemán), fundado en 1919 por un cerrajero de Münich, Antón Drexler, en la mezcla de conceptos clasistas provenientes del marxismo-leninismo con el incipiente nacionalismo que emanaba de la herida abierta por la derrota en la Primera Guerra Mundial y esa afrenta negligente que fue el Tratado de Versalles.

Hitler desembarcó en Baviera con la encomienda de investigar los partidos extremistas que estaban surgiendo, y terminó identificándose con esa fuerza radical en la que, junto a Drexler, estaban Dietrich Eckart, Gottfried Feder y Alfred Rosenmberg. Por eso tras el putch de Munich en 1923, después de la cárcel donde escribió “Mi Lucha”, tomando como base esa pequeña fuerza creó el partido nazi, abreviatura de Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei (Partido Nacional Socialista Alemán de los Trabajadores). Obviamente, en el período del gran crecimiento absorbió muchas vertientes conservadoras y otras de la izquierda. De todos modos, los actuales cristianos demócratas tienen como referentes a figuras como Konrad Adenauer, un refundador de Alemania sobre los escombros de la Segunda Guerra Mundial, que había sido opositor al nazismo.

Lo novedoso no es el error de la apreciación histórica de Chávez, que por tratarse de un fenómeno político que llegó a absorber casi todo en la Alemania del Tercer Reich, puede ser discutible; sino en la disculpa ofrecida por el exuberante líder caribeño a la canciller germana. No ha sido su primer duelo verbal, pero sí su primer pedido de perdón. Una novedad que, posiblemente, también se inscriba entre las señales de que Brasil, finalmente, está asumiendo un rol de liderazgo en la región. Y en este caso, tomó como compromiso ante los gobernantes europeos y de la región impedir que algún exagerado protagonismo personal termine superponiéndose al diálogo colectivo, como ocurrió en la última Cumbre Iberoamericana en la que todo quedó eclipsado por la batalla entre el hombre fuerte de Caracas y los representantes españoles, José Luís Rodríguez Zapatero y Juan Carlos de Borbón.

Merkel le había respondido “gracias presidente Lula, pero sé cuidarme sola” cuando el jefe de Estado brasileño se ofreció como garantía de que no sería agredida verbalmente por Chávez, no obstante lo mismo el gobierno de Brasil se encargó de afianzar ciertas reglas para la cumbre de Lima y planteó a Caracas el error de confrontar con una gobernante tan respetada en la Europa de estos días, como es Angela Dorothea Merkel.

De eso tomó nota incluso Cristina Kirchner, quien se empeñó en aparecer en cámara dialogando minuciosamente con la gobernante alemana, postal sumamente útil para contrarrestar la imagen de aislamiento internacional y provincianismo cultivada por su marido y antecesor en la presidencia.

La jefa de Estado argentina hizo un aporte interesante en la deliberación de Lima, planteando temas como las nuevas modalidades de la especulación financiera, particularmente peligrosas en tiempos de carestía alimenticia a escala mundial. Pero uno de los núcleos del debate intercontinental fue la respuesta de Lula a la afirmación europea sobre la responsabilidad de Brasil en la escasez y trepada de precios amenazando con una hambruna internacional. Dicha acusación recoge parte de una realidad innegable, a partir de la apuesta brasileña a los biocombustibles. Pero la respuesta de Lula también fue importante y certera.

El jefe del Planalto defendió su gobierno acusando a la Unión Europea de centrar en Brasil una responsabilidad que también involucra a la recesión en Estados Unidos y la escalada de los precios internacionales del crudo. Lo que Europa no se anima a recriminar a Washington y a los poderosos regímenes del Golfo Pérsico, si se atreve a plantear a la potencia sudamericana.

Del encuentro en Lima y de las discusiones previas, Europa pudo agendar una serie de datos útiles. Por ejemplo, a diferencia de los populismos de antaño, los actuales gobiernos populistas (en términos generales) valoran el superávit y temen al déficit. Y los países latinoamericanos también sacaron datos útiles. Principalmente, que los encuentros son más enriquecedores si ningún protagonismo personalista busca adueñarse del escenario mediante algún duelo espectacular. Al fin de cuentas, Lula confrontó en debate con la UE, sin haber insultado a nadie y sin haber culpado a sus contendientes de los peores males de la región.