Las dirigencias en Estados Unidos e Israel se preguntan sobre la verdadera intención de Jimmy Carter al contactarse con la cúpula de Hamas. ¿Apuesta honestamente a colaborar con la salida de una crisis que asfixia al pueblo palestino de Gaza y mina toda negociación de paz? ¿O busca irresponsablemente un protagonismo estelar en el escenario que le permitió obtener un Premio Nóbel de la Paz? ¿Es sensato dialogar con dirigentes fundamentalistas partidarios de la jihad (guerra santa), o les aporta un oxígeno político que debilita al gobierno de Mahmud Abás?
El resultado de la reunión entre el ex presidente norteamericano y el jefe político de Hamas, Haled Mashaal, parece contradictorio. Carter salió diciendo que la organización que gobierna la Franja de Gaza acepta negociar con Israel el nacimiento de un estado árabe en las fronteras previas a 1967, si así lo decide el pueblo palestino. Pero a renglón seguido Mashaal aclaró que eso implicaría sólo una tregua de diez años y jamás el reconocimiento al Estado judío.
La disyuntiva es la siguiente: si Carter está en lo cierto y Hamás verdaderamente está dispuesta a negociar sobre la base de dos estados vecinos obligados a reconocerse y respetarse, entonces su apuesta al diálogo con la dirigencia fundamentalista es correcta. Incluso aunque los milicianos de Ezedim al Kasem sigan lanzando sus misiles Kasam sobre blancos civiles como Sderot y otras aldeas israelíes. Al fin de cuentas, en las guerras no se negocia con los amigos sino con los enemigos.
Ahora bien, si la realidad o la verdad están en la aclaración que hizo Haled Mashaal, entonces la negociación pierde sentido. ¿Por qué debería Israel favorecer políticamente a Hamás, en desmedro del líder de Fatah y presidente de la ANP, Mahmud Abas, si lo que hay por ganar es sólo una tregua y no el reconocimiento como Estado?
De este modo, la cuestión radica en saber con precisión cual de las dos versiones es la más aproximada a la realidad que gravita sobre la dirigencia fundamentalista. Porque actuar en un sentido u otro, contrariando tal realidad, conduciría los esfuerzos de paz inexorablemente hacia el abismo. Y en este punto es preciso aclarar que contra el diálogo y la pacificación actúan tanto quienes desde Hamás trabajan por la jihad eterna y el no reconocimiento a Israel, como quienes desde el gobierno israelí promueven la ampliación de los asentamientos y la construcción de nuevos enclaves de colonos en tierras palestinas de Cisjordania.
En rigor, el análisis sobre la gestión de Carter se equivoca al centrarse en la verdadera intención de quien, como trigésimo-noveno presidente de los Estados Unidos, impulsó el contacto directo entre Anuar el-Sadat y Menajem Beguin que derivó en los acuerdos de Camp David, estableciendo entre Egipto e Israel una paz que jamás fue violada. Lo que realmente importa dilucidar es la verdadera intención de Haled Mashaal al establecer contacto con el dirigente demócrata.
En este punto, corresponde desconfiar si se tiene en cuenta que fue precisamente Mashaal, desde su bunker en Damasco, quien torpedeó un tímido intento del recién asumido primer ministro Ismail Haniye de avanzar hacia el reconocimiento y el diálogo. ¿Cómo lo hizo? Ordenando a un sector de Ezedim al Kasem que realizara el ataque en el que secuestró, en agosto del 2006, al soldado Gilad Shalit, quien aún sigue en cautiverio.
Por primera vez ocurría en Hamás lo que tantas veces había pasado en Fatah y otras organizaciones palestinas: cuando la dirigencia intenta avanzar en posiciones negociadoras, hay sectores que se sublevan y sabotean tales esfuerzos. Mashaal lo hizo cuando Haniye tuvo su único gesto dialoguista. Sin embargo es precisamente eso, que sea uno de los halcones de Hamás, lo que aumenta el valor estratégico de un giro político de su parte. Pero…¿se trata de un giro político, o de una jugada para sembrar confusión y división, tanto en la dirigencia israelí como en Fatah y el gobierno de Mahmud Abas?
Tomando en cuenta la experiencia histórica, la conclusión es que ambas posibilidades tienen asidero. Lo que está claro es el error de quienes, en el gobierno de Ehud Olmert rechazan sondear la posibilidad que está abriendo Carter, usando como justificación lo que dijo Mashaal relativizando los dichos del ex jefe de la Casa Blanca. En ese punto, la experiencia histórica permite ver que Carter dijo lo que Hamás quiere decir a Israel, al Fatah y a Estados Unidos; mientras que Haled Mashaal habló para la interna de la organización fundamentalista, buscando contener a los sectores más fanáticos y evitar posibles acciones de sabotaje como la que él mismo efectuó
hace dos años.
En todo caso, lo que está fuera de dudas es la intención de James Earl Carter, el demócrata cuya presidencia padeció la embestida de los fanáticos jomeinistas en Irán y de los “marielitos” que llegaron navegando desde Cuba; el hombre que al dejar la Casa Blanca, en lugar de fundar una biblioteca y quedarse a regar los tulipanes de su jardín en Georgia, se dedicó a mediar en graves conflictos internacionales, a verificar la limpieza de elecciones en países viciados de autoritarismo y a promover la democracia en todos los rincones del planeta.
Frente al drama de los millones de palestinos encerrados en Gaza, Carter está haciendo lo que no pueden hacer, en una primera instancia, los gobiernos israelí y norteamericano, ni la Autoridad Nacional Palestina: alentar en Hamás un giro hacia posiciones dialoguistas y moderadas.
El acercamiento de Carter a Hamas
¿Se equivoca el ex presidente demócrata de los Estados Unidos al dialogar con miembros de la organización fundamentalista? ¿Actúa irresponsablemente al decir que los gobiernos israelí y norteamericano debieran entablar contacto precisamente con los halcones del partido militarizado que rige sobre la Franja de Gaza?El valor de las señales, aparentemente contradictorias, del encuentro con el líder extremista Haled Mashaal.