¿Se radicalizará, adhiriendo al liderazgo de Hugo Chávez? ¿O elegirá el perfil menos ideológico y para nada confrontativo del centro izquierda que gobierna Brasil y Uruguay? Las preguntas que se desprendieron de las urnas paraguayas y retumbaron en todas las radios y diarios de la región. El triunfo de Fernando Lugo en la elección presidencial no sólo marca el final de una era de gobierno del Partido Colorado, sino la llegada al poder de un sacerdote formado en la Teología de la Liberación, al frente de una coalición que incluye organizaciones marxistas y trotkistas. Para buena parte de la dirigencia política paraguaya, estos rasgos conducen inexorablemente a un gobierno de izquierda dura y pura.
Es posible, pero no necesariamente inexorable. Ocurre que tales análisis dejan de lado un componente de vital importancia en el gobierno que está por nacer en Paraguay: el Partido Liberal Radical Auténtico (PLRA). Esta fuerza política es, en definitiva, la heredera de la formación nacida en 1887, tras la Guerra de la Triple Alianza, con el nombre de Centro Democrático y rebautizada tres años más tarde como Partido Liberal.
Los liberales gobernaron Paraguay en forma ininterrumpida desde 1904 hasta la revolución de febrero de 1936, en la que cayó Eusebio Ayala, el último presidente del PL. Las divisiones comenzaron en la clandestinidad a la que lo había condenado la dictadura del general Stroessner, que puso fin a un período de caos y guerra civil, inaugurando una era de autoritarismo, fraude y corrupción desenfrenada. De una negociación con el tirano para darle un barniz democrático al régimen, surgió en 1967 el Partido Liberal Radical, disimuladamente funcional a la dictadura. Pero once años más tarde, el dirigente opositor Domingo Laino fundó el Partido Liberal Radical Auténtico precisamente para acentuar su carácter netamente opositor y de legítimo heredero del viejo Partido Liberal.
Desde entonces, en el escenario político paraguayo hubo tres fuerzas: el conservador Partido Colorado, el centrista PLRA y el izquierdista Partido Revolucionario Febrerista (PRF), surgido de la revolución de febrero de 1936, que derrocó al liberal Eusebio Ayala y colocó temporalmente en la presidencia a un héroe de la Guerra del Chaco (contra Bolivia), Rafael Franco, iniciando el período de turbulencias que desembocó en la guerra civil.
La formula electoral triunfadora sumó a la estructura y los cuadros militantes del PLRA, el liderazgo carismático de un obispo destacado por su ética, su formación académica (además de teólogo es sociólogo y economista) y su gran llegada a los más pobres de la sociedad. En ese extenso campesinado sumergido que habla en guaraní, quien más había calado era el general Lino Oviedo (que también maneja la lengua nativa), y sólo Fernando Lugo podía disputarle al militar populista y a la estructura clientelar del gobierno colorado los votos de ese vasto sector de la sociedad paraguaya.
En el gobierno surgido de la histórica elección de este domingo, el PLRA actuará como contrapeso de los miembros más radicalizados de la coalición triunfante. Sin embargo, los desafíos son tan grandes y las necesidades tan urgentes, que es imposible descartar alianzas regionales basadas en el apoyo económico, terreno en el cual la billetera de Chávez es más abultada y generosa que la de los demás gobernantes.
El primer desafío de Lugo es separar al Estado del partido que se le amalgamó durante seis décadas, terminado también con la siamesa relación entre el ejército y la Asocian Nacional Republicana (Partido Colorado) y con la red tendida por el clientelismo político, la misma urgencia que tuvo Vicente Fox al poner fin a siete décadas de hegemonía priísta en México.
Paralelamente, Lugo deberá desintoxicar la estructura burocrática de la corrupción que la carcome desde el feroz régimen stronista. Pero todo tendrá que hacerse al mismo tiempo que la puesta en marcha de la economía, para generar puestos de trabajo y disminuir la miseria y la desigualdad que laceran a la sociedad paraguaya. En este punto, las tentadoras ofertas de ayuda económica que llegarán desde Caracas competirán fuertemente con la omnipresente influencia del Brasil.
De momento, las señales no develan el rumbo que finalmente adoptará el gobierno de Lugo. La reforma agraria que anunció es estrictamente necesaria en un país urgido de alimentos que su campo no le da por ser en gran medida improductivo. También es comprensible que busque el superávit fiscal subiendo el precio de la energía eléctrica que se llevan Brasil y la Argentina. Lo que falta ver es si tales metas son alcanzadas mediante el choque y la confrontación (interna y externa), o por el diálogo y la búsqueda de consensos.
Quizá en las próximas semanas empiece a develarse la incógnita. Mientras tanto, también urge entender por qué fue derrotado el oficialismo, por primera vez desde la dictadura stronista, siendo que el de Nicanor Duarte Frutos fue el gobierno más estable y sereno de las últimas dos décadas, además de que, también por primera vez, postuló a una mujer de clase media y carrera de maestra rural, en lugar de un militar o un empresario enriquecido con las obras hidroeléctricas.
El punto de inflexión en la historia del Partido Colorado fue su primer gran escisión, producida en la segunda parte de los noventa cuando el general Lino Oviedo funda su propia formación política, la Unión Nacional de Ciudadanos Éticos, llevándose consigo buena parte de la dirigencia media y de las bases coloradas.
En Paraguay, la estructuras de mayor penetración en el país rural y campesino son el ejército y la iglesia. Y el general populista utilizó la estructura militar para sumar apoyos en el campesinado. Por eso cuando el asesinato del vicepresidente Luís María Argaña evidenció la profundidad de la fractura que dividía a los colorados, comenzó el camino hacia la primer gran escisión en el partido-estado.
El torpe gobierno interino de Luís González Macchi acrecentó al debilidad y produjo la primer derrota colorada: en la elección del vicepresidente ganó Julio Franco, del PLRA. Y la fractura final se produjo en las elecciones internas de diciembre, cuando mediante el fraude se le arrebató la candidatura al verdadero ganador, quien indignado urgió a las bases a no votar a Blanca Ovelar, la candidata ungida por la trampa instrumentada desde la presidencia.
A esa altura estaba claro que el Partido Colorado perdería el poder en las urnas, colocando al Paraguay en una dimensión desconocida donde el clientelismo, la corrupción y el autoritarismo harán lo posible para conspirar contra el nuevo gobierno.
Paraguay en la dimensión desconocida
Tras el histórico resultado electoral, nacerá un gobierno que enfrentará la disyuntiva de adherir al liderazgo regional de Hugo Chávez o inspirarse en el modelo socialdemócrata que representan los presidentes de Brasil y Uruguay. En esa instancia, el principal socio de la coalición triunfadora, el centrista Partido Liberal Radical Auténtico, actuará como contrapeso de las pequeñas fuerzas de izquierda dura que también apoyaron la candidatura de Fernando Lugo.