Brasil asume su liderazgo en la región

En los últimos meses, acontecimientos como la crisis que detonó con el ataque en el murió Raúl Reyes, las tensiones internas de Bolivia y la propuesta brasileña de un sistema de seguridad regional, mostraron con elocuencia que la potencia sudamericana asumió un rol rector, buscando que el área sea independiente de Estados Unidos pero no anti-norteamericana.

La administración Bush presionaba a Lula para que Brasil asuma un liderazgo que asile y debilite a Hugo Chávez, mientras que el gobierno venezolano presionaba al presidente brasileño para que, en virtud del parentesco ideológico (ambos se suponen de izquierda), ponga el peso regional de su país al servicio de apuntalar el modelo de integración y de liderazgo impulsado desde Caracas.

Durante todo su primer mandato, Luis Inacio Lula da Silva parecía empantanado en la indecisión. Como atrapado por existenciales dudas, el presidente demoraba una definición clara y contundente sobre el rol de Brasil como potencia en la región. Decididamente, en lo político y en lo económico su gobierno es clara y profundamente distinto al del exuberante líder caribeño. A la vez, los designios de Washington para América del Sur nunca fueron órdenes para Lula.

Desde el principio fue clara su opción por el MERCOSUR, como espacio integrador independiente apuntalando a Brasil frente a las superpotencias del mundo. También fue clara su decisión de no ser títere de la Casa Blanca, ni militante en la causa chavista a nivel latinoamericano.

Lo que faltaba es que esa línea de puntos se unificara en el delineamiento de un perfil y que el mundo viera en acción a Brasil actuando como potencia rectora en Sudamérica. Y eso es, lo que ha comenzado a ocurrir en estos últimos meses.

Probablemente, el rol asumido por la potencia regional defrauda un poco más al presidente de Venezuela que al gobierno norteamericano. De todos modos, eso no significa que el gigante lusitano-hablante se haya convertido en un estado esbirro. 

En todo caso, a Washington le tranquiliza que por fin la m,ayor economía de Latinoamérica haya decidido cumplir un rol de potencia rectora en un área a la que percibe caótica; aunque hubiera preferido que ese rol sea menos independiente y más condescendiente. Por caso, hubiera preferido que aísle a Chávez, aunque se conforma con que lo acote. Mientras que el líder venezolano habría preferido que lo impulse, aunque se conforma con que no lo aísle.  

Potencia en acción    

Desde que Brasil comenzó a delinear su liderazgo en Sudamérica,  Itamaraty se está moviendo como lo hacen los maestros de artes marciales, con pasos tan imperceptibles como firmes y determinantes.

Lula empieza a darle a su país el rol que Estados Unidos y Europa le reclaman desde hace tiempo: contener las fuerzas caóticas y los liderazgos mesiánicos que ponen a la región en trance retardatario. Pero, como ya dijimos, lo está haciendo con un espíritu diferente al pretendido por la Casa Blanca, deseosa de aislar y debilitar al jefe de Estado venezolano, mientras que, con una visión menos ideológica y para nada servil, Lula entendió la necesidad de contener al impetuoso hombre fuerte de Caracas, sin aislarlo ni debilitarlo, sino limitando y atemperando la proyección continental de su liderazgo megalómano y conflictivo.

El primer paso en la construcción de un rol equilibrado y no servil como potencia regional fue decir no al ALCA y, a renglón seguido, no al ALBA, el espacio integrador que alinea con Venezuela a Bolivia, Ecuador, Cuba y Nicaragua. Ratificando la vigencia del MERCOSUR se limita tanto la proyección económica norteamericana a la región como la “chavización” sudamericana impulsada por Caracas.

El segundo paso se dio en Bolivia, donde Brasil gestiona el diálogo entre gobierno y oposición procurando atemperar los extremismos que actúan en las dos partes. Con ese fin, semanas atrás viajaron a Bolivia Lula y su colega chilena Michell Bachelet, con el pretexto de anunciar un corredor bi-oceánico, para advertir a la oposición que debe respetar la investidura presidencial y desistir de cualquier aventura secesionista, y al mismo tiempo presionar a Evo Morales para que deje de lado sus políticas confrontativas y disminuya  tensiones dialogando y negociando con todos los sectores.

En el marco de ese rol de gestor de diálogo asumido por Brasil en Bolivia, la semana pasada viajó a La Paz el canciller de Lula, Celso Amorin.

El tercer paso se vio con la crisis entre Colombia y Venezuela por el ataque en Ecuador. La omnipotencia imperceptible de Itamaraty restableció el orden imponiendo a Uribe límites en su guerra a las FARC y a Chávez desarmar el cerco de aislamiento que imponía a Bogotá.

Ahora empieza a verse claramente el nuevo instrumento ordenador diseñado por la diplomacia brasileña: el sistema de defensa regional. Un esquema de seguridad que impone a Estados Unidos la no intervención militar en el área, lo que implica reducir el accionar de sus servicios de inteligencia en la región, pero al mismo tiempo le asegura el liderazgo de Brasil como garantía de un orden sudamericano.

En síntesis, el liderazgo de Brasil implica una política regional independiente de los Estados Unidos, aunque no anti-norteamericana; al tiempo que congela la chavización regional, pero sin excluir ni marginar a Hugo Chávez.

En lo referido al sistema regional de Defensa, aparentemente la iniciativa ya tiene el aval de Washington, y el viaje de Tom Shannon a Buenos Aires habría sido, entre otras razones, para impulsar el respaldo argentino al plan de Lula.