Como en la naturaleza, en Colombia nada se pierde, todo se transforma. Lo grave es que los flagelos son la parte de la realidad que mejor refleja este principio.
En lugar de extinguirse, se transformaron el narcotráfico, el paramilitarismo y la guerrilla. En rigor, más que transformarse, se reciclaron adaptándose a los tiempos y circunstancias, pero manteniendo intacta su raíz violenta y delictiva.
Aunque existe una clara diferencia entre la guerrilla y los otros dos flagelos. Obviamente, la insurgencia siempre fue violenta, pero no fue causa sino consecuencia de otras violencias e injusticias. Por lo tanto, en su origen hay legitimidad, mientras que su transformación (o reciclaje) implicó perderla.
El narcotráfico se inició por contagio de la producción de marihuana que inicialmente tuvo base en la selva del norte ecuatoriano. En la segunda mitad de la década del sesenta, Pablo Escobar Gaviria era un adolescente que, primero, sufrió detenciones por robar lápidas en los cementerios y luego estuvo preso por robar una renoleta.
Pudo escapar y refugiarse del otro lado de la frontera, donde lo acogió el narco ecuatoriano Reyes y lo convirtió en el eslabón colombiano de su naciente cártel del tráfico de marihuana.
Después invirtió en laboratorios clandestinos para convertir la coca en clorhidrato de cocaína y, a renglón seguido, imperó el cartel de Medellín.
Lo que no pudo fue retener el monopolio del negocio, por eso nació la mafia de Cali, conducida por los hermanos Rodríguez Orejuela. Los segundos colaboraron con el gobierno de Virgilio Barco para terminar con los primeros, y aquella etapa de guerra decidida contra el narcotráfico terminó con los dos grandes carteles. Pero el negocio de la cocaína no desapareció, sino que se reformuló con la atomización en cientos de pequeñas mafias.
Si bien es un fenómeno de raíces antiguas, el paramilitarismo surgió con vigor en la década del setenta ante la insuficiencia del ejército y la policía frente a las guerrillas. Eran bandas campesinas financiadas por los terratenientes y por los productores rurales de menor envergadura.
En los años ochenta llegaron a ser varias decenas de organizaciones armadas que ya actuaban como escuadrones de la muerte y se caracterizaban por la brutalidad de sus métodos. El ultraderechista y criminal Carlos Castaño fue el máximo exponente de esa etapa del paramilitarismo, que luego se recicló en milicias exclusivamente dedicadas a luchar entre sí y contra las guerrillas por el control territorial que permite hacer negocios con el narcotráfico.
Con las guerrillas ocurrió un proceso similar. El narcotráfico, el secuestro extorsivo a escalas industriales y el negocio de la guerra produjo el envilecimiento de lo que, tres décadas atrás, conservaba la legitimidad del origen.
Ese origen puede situarse en el año 1948, si bien el fenómeno es mucho anterior, ya que Colombia inició el siglo 20 con la “guerra de los mil días” de 1903.
En el `48, Juan Roa, un sicario pagado por la oligarquía conservadora, acribilló en una esquina de Bogotá a Jorge Eliécer Gaitán, lúcido intelectual y estupendo dirigente socialdemócrata que se encaminaba hacia la conquista de la presidencia como candidato del Partido Liberal.
Conferencista aplaudido tanto en Europa como en los Estados Unidos, tenía el masivo apoyo campesino por proponer una reforma agraria, a todas luces necesaria por la atrofia productiva y la injusticia social que provocaba un irracional y feudal latifundismo.
La muerte del candidato liberal generó, con muy lógica razón, la convicción generalizada de que los conservadores jamás permitirían un gobierno reformista. Y mientras en la capital estallaba el “bogotazo”, entre los campesinos, esta convicción desesperada hizo nacer las guerrillas liberales.
En la segunda mitad de los cincuenta, se produjo la primer gran mutación en la insurgencia: el pacto de cohabitación en el poder entre liberales y conservadores, hizo que las guerrillas lo consideraran una traición del Partido Liberal al ideario del líder asesinado, por eso los principales grupos giraron hacia el marxismo.
La otra mutación comenzaría a finales de los ochenta, cuando numerosas guerrillas, como el Movimiento 19 de Abril (M-19), se plegaron a las negociaciones de paz y dejaron las armas para convertirse en partidos políticos.
Una parte de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) negoció su desarme y se convirtió en el movimiento marxista Unión Patriótica, pero Marulanda y Briceño (o sea Tirofijo y el Mono Jojoy) decidieron continuar la lucha armada.
Allí comenzó el proceso de envilecimiento que fue enterrando la legitimidad de origen bajo los negocios de la guerra; principalmente narcotráfico y secuestro extorsivo.
La señal actual de la mutación degradante está en el triste protagonismo mediático que logra mediante la liberación de cautivos, inicialmente pensado como golpe de efecto positivo, pero que en los hechos lo que provocó fue la difusión masiva del atroz padecimiento de cientos de personas bestialmente aprisionadas.
Se suponía que el mundo debía hablar de un gesto humanitario, sin embargo se habló más del Gulag que Tirofijo instaló en el corazón oscuro de la selva.
"Las perversas mutaciones de la violencia en Colombia"
La liberación de otros cuatro rehenes, entregados por las FARC al presidente venezolano Hugo Chávez, ya no tuvo la meta política y propagandística del caso anterior (Clara Rojas y Consuelo González), sino el objetivo de evitar el demoledor golpe de imagen que implicaría la muerte de cautivos por enfermedad.