Al final, todo quedó reducido a una meta tan mínima como extraña. Ya no se proponían sellar un acuerdo integral que de por terminado el diferendo. Sólo se proponían no defraudar al rey. O mejor dicho, salvar al monarca español del desprestigio que arrugaría su impecable imagen por el fracaso de su gestión en el diferendo argentino-uruguayo por la pastera Botnia.
En sí mismo, constituye toda una rareza que dos gobiernos en conflicto se sientan, antes que nada, con la obligación de preservar la imagen del mediador. Rareza que en parte se explica por la estatura moral e histórica del personaje en cuestión.
Juan Carlos de Borbón no es uno más de los monarcas de Europa y el mundo; sino el más popular y respetado de los reyes. La razón es que no ha jugado, como sus colegas, sólo el rol de símbolo nacional y representación del Estado. El rey de España ha sido el artífice y defensor de uno de los procesos de democratización más exitosos y admirables de las últimas décadas.
El mundo le admira porque habiendo sido formado por Francisco Franco en la ideología falangista, para que a la muerte del dictador sea él quien preserve el régimen edificado sobre los escombros de la república aniquilada en la década del treinta; al fallecer el caudillo lo que hizo Juan Carlos fue empujar a España hacia la democracia y, a los herederos de quienes se habían enfrentado en la Guerra Civil, a firmar el Pacto de la Moncloa.
La admiración mundial por el rey Borbón creció cuando, desde su imponente autoridad, frenó el movimiento militar golpista conocido como “el tejerazo”, que pretendía reinstalar el modelo corporativo falangista.
Además, Juan Carlos es ideólogo e impulsor de la política española destinada a crear una comunidad cultural, pero con incidencias políticas, entre los países latinoamericanos que fueron sus colonias hasta el siglo 19.
Quizá inspirado en la comunidad británica de naciones (Comonwelt) motorizó dos instrumentos claves: el Congreso de la Lengua (el idioma es un nexo cultural muy profundo) y la Cumbre Iberoamericana.
Por eso era tan importante no defraudar a Juan Carlos de Borbón en el marco de la Cumbre Iberoamericana de Santiago de Chile. Y si bien por un lado es absurdo que el mediador (aunque no fue exactamente eso) termine siendo más importante que el conflicto en sí; está a la vez muy claro por qué perjudicarlo a pesar de su buena voluntad constituye una demostración de torpeza casi imperdonable por parte de los gobiernos que le habían pedido sus gestiones en el caso Botnia.
Eso tenían en claro los gobiernos de Néstor Kirchner y Tabaré Vázquez. Debían esforzarse por no perjudicar con un fracaso rotundo la trayectoria impecable de un rey que tuvo la buena voluntad de involucrarse en un diferendo que, a la luz de las actitudes de ambos presidentes en la cumbre de Santiago, hoy debe parecerle una riña de gallos platenses.
En la antesala del encuentro, en ambos lados hubo gestos conciliadores. La presidenta electa Cristina Fernández admitió que Botnia es un hecho y que lo que queda es el monitoreo conjunto que garantice la no contaminación, lo cual, en definitiva, es lo que planteó Uruguay desde un principio. Y Tabaré Vázquez correspondió postergando la autorización para el inicio de las actividades en la planta.
El monarca español volaba tranquilo hacia estas latitudes y también era optimista Rodríguez Zapatero, el jefe de gobierno que convenció al rey de que involucrarse en el tema Botnia aportaría positivamente a la política española de crear una comunidad iberoamericana sólida y útil.
Lo que no esperaban es que, ni bien pisaran el suelo chileno, los presidentes de Argentina y Uruguay se trenzarían en una riña de peleadores callejeros, con Kirchner abrazando a los asambleístas que establecieron el virtual bloqueo del país vecino, y con Vázquez dando la autorización a Botnia para que inicie de inmediato sus actividades.
Razones y desquicios
¿Cómo se explica que dos jefes de Estado no hayan podido siquiera cuidar las formas? ¿No era esa, precisamente, la principal obligación en estos días, por encontrarse en un tercer país, en el marco de una cumbre internacional y afectando la presencia de España, el estado que mal o bien intentó ayudar?
Seguramente la respuesta no es una. Pero entre las posibles explicaciones tendrá un lugar el carácter explosivo de los dos mandatarios y la proclividad de ambos a sobreactuar para la política interna, incluso en desmedro de la proyección externa.
En este punto, la sobreactuación agresiva de Vázquez tuvo un aliciente mayor: al menos cuatro grandes firmas del mundo están por definir inversiones que generarían 24 mil puestos de trabajo en Uruguay, y la demora del funcionamiento de Botnia genera la incertidumbre que puede espantar a los probables inversores.
A un lado están las razones de uno y otro país: Montevideo actuó desde los márgenes del Protocolo del Río Uruguay, además de incurrir en la tremenda negligencia de situar dos gigantescas industrias de chimeneas humeantes (después ENCE se fue y quedó sólo Botnia) justo frente a una localidad turística (Gualeguaychú).
Argentina respondió en forma tardía, con una agresividad patoteril que hirió al pueblo vecino tratándolo como un predador de la naturaleza, cuando se trata de uno de los países con mayor responsabilidad ambiental del planeta, y sin dar respuesta a lo que es una convicción total en el Uruguay: las provincias del litoral argentino pelearon por tener esas pasteras y las perdieron por pedir sobornos de escala estratosférica.
Nadie debía esperar que tales diferencias sean finalmente dirimidas en una negociación. Además, era obvió que España no era un negociador equidistante por dos razones: 1) Botnia cumple con las exigencias ambientales de la Unión Europea de la que los españoles forman parte. 2) Una de sus empresas se está instalando en Uruguay con el aval de Madrid.
Lo único que podía hacer la Corona era facilitar una recomposición de la relación argentino-uruguaya, entendiendo a Botnia como un hecho consumado y sobre el acuerdo de un monitoreo conjunto que impida la contaminación de las aguas.
En eso estaban y, para tal fin, la postal amistosa de la Cumbre Iberoamericana de Santiago de Chile resultaba fundamental. Pero finalmente, la postal que se obtuvo careció de credibilidad porque los dos presidentes no pudieron siquiera guardar las formas y hasta hicieron ostentación del rencor que se profesan.
En el medio quedó un rey que apostó su inmenso prestigio a la sensatez de dos mandatarios y, probablemente, a esta hora esté arrepintiéndose
Jaque al rey en el tablero de Botnia
El golpe a la imagen de Juan Carlos de Borbón que implicó el choque entre Néstor Kirchner y Tabaré Vázquez en el escenario donde debían mostrar diálogo: la Cumbre Iberoamericana en Chile.