"Siete y medio", televisión con resaca

Este clon de "Animales sueltos", falla en todas sus direcciones. Sin rumbo ni gracia alguna, "Siete y medio" navega a la deriva de la más tóxica resaca creativa.

El miércoles pasado aterrizó en la medianoche de la televisión mendocina un objeto extraño llamado Siete y medio. Su rareza claro, no es del todo absoluta. Ese bólido caído de una mente poco inspirada, está fuertemente relacionado con un bodoque televisivo llamado Animales sueltos.

Antes de hablar de la nueva e insólita apuesta de canal 7, es necesario dejar en claro que su matriz inspiradora, es decir el programa que conduce Alejandro Fantino, es una de las peores bazofias que haya dado la televisión argentina en mucho tiempo. Un producto sin timón, que noche a noche deriva en infumables comentarios de una troupe de panelistas que incluye luminarias como Cristian U. Un show sofocado por la omnipresencia de su blondo capitán, que se encarga sistemáticamente de ocupar la mayor parte del envío y de cortar todo atisbo de opinión interesante que pueda surgir de algún invitado. Si por casualidad alguien lanzara una frase medianamente ocurrente, Fantino la cortará con una publicidad o se encargará de que el concepto se repita nuevamente en velocidad lenta, como una maestra de primaria que dicta a sus alumnos; perdiéndose así el grado de espontaneidad y supuesta brillantez del comentario en cuestión. El living de Animales sueltos tiene además una banda en vivo y una dupla de djs que pinchan electrónica petardera, ¡uno de ellos es un púber al que Fantino siempre le quiere hacer un hashtag!. El programa suma en su panel una bomba de nitrógeno llamada Luis Ventura, un artefacto quirúrgico que años antes de tanto retoque conocimos como Luciana Salazar; y una periodista brillante como Carla Czudnowsky que rema lo que puede en medio de esa marea de resaca.

Tomando como referencia varios de los elementos mencionados, Siete y medio intenta hacerse un lugar en el difícil territorio del "late night show". Ese tipo de envíos que van al final de la grilla de programación, y que dependen en absoluto del carisma y oficio de su frontman. Si bien Marcelo Ortiz le pone empeño, su matriz como conductor de noticieros y programas periodísticos, le juega aquí una mala pasada. Lo que hace falta en todo producto televisivo que se balancea entre el entretenimiento y la información, es espontaneidad, carisma y velocidad de ocurrencia. Tal vez con el tiempo, Ortiz se vaya soltando y gane terreno en algunos de esos recursos. Aunque, como es bien sabido, el plano carismático es ese tipo de don que no se aprende, simplemente se lo tiene o no. Así y todo, si tuviéramos que trazar una línea con el modelo Fantino; a favor de Ortiz hay que decir que en pantalla es un tipo que le da espacio a sus compañeros y que seguramente tendrá chance de evolucionar.

El resto del panel de la trasnochada producción de canal 7 está integrado por Carlos Romairone (bajo su personaje de Coco González Koko), Jorge Barbieri, Julián Chabert, Rodrigo Galdeano, Paula Bermúdez y Daniela Gutiérrez. La propuesta general tiende a recrear la idea un living distendido en el que se apuesta al humor. En este sentido, resulta un tanto extraña la dinámica que despliega Siete y medio. No hay conexión entre Romairone y la galería de personajes de un Rodrigo Galdeano siempre propenso a pasarse de rosca. De todas formas, da la sensación de que no es culpa de su histrionismo desbordado, sino de que a lo largo del programa hay tanto bache por tapar; que todos los integrantes del staff - incluyendo al conductor - descansan en cualquier chiste que el remador Rodrigo tenga a mano.

Desde lo periodístico, tanto Julián Chabert como Jorge Barbieri hacen lo que pueden. El problema es que al ser tan caótica la estructura del programa, no es posible que ninguna información aterrice con fluidez. Ese es un aspecto complicado en este tipo de shows, lograr una variedad de temas, sin que entre planteo y planteo salten chispazos. Aquí más que fluir, las conceptos literalmente se pisan y atropellan.

¿Y qué pasa con las chicas?, casi lo mismo que en Animales sueltos. Son tratadas como elemento decorativo, puestas para que den la babosa "vueltita" de rigor. Más allá de que el programa no termina de darles un espacio que exceda el aporte de simpatía, o la lectura de comentarios de las redes sociales; tanto Paula Bermúdez como Daniela Gutiérrez se ven más distendidas que sus compañeros. Es muy probable que ellas logren zafar del acotado molde que se les ha propuesto, ya que en espontaneidad y desprejuicio corren con ventaja por encima del resto del staff.


Aún con sus virtudes y falencias, el conductor y los integrantes del panel de Siete y medio están lejos de ser lo más desafortunado del envío. Lo que falla es la mismísima concepción del programa, en todas sus direcciones. Tanto desde su impresentable pauta de guión, como desde su escenografía que dispone a los integrantes apiñados, o su iluminación y sonido saturados; todo es un despropósito técnico y formal.

Luego de más de una hora - ¡sin cortes! - sobre el final, la banda liderada por Paíto Figueroa toca la canción que eligió el público, a través de una jugadiiiiísima interacción con las redes sociales; y el asunto así termina.

Reconozco que el esfuerzo de abstracción que tuve que hacer para escribir estas líneas ha sido mayúsculo. Las tres noches que vi este programa no pude salir de mi desconcierto. Siete y medio tiene el equivalente tóxico al de una noche de borrachera con alcohol de mala calidad. Su poder es tan inmediato que la resaca no llega al otro día, sino ahí mismo, en vivo y en directo. 

Laureano Manson