El voraz universo Marvel está dispuesto a apoderarse de la industria a puro motor de sagas de variado calibre. De esta manera, a las películas de superhéroes conocidos por todos, agrega ahora relatos protagonizados por exponentes de segunda línea. Personajes de dudosa nobleza y escaso carisma que se lanzan a la arena de la taquilla con el sólo objetivo de incrementar las arcas de la compañía productora. En el caso de Guardianes de la Galaxia tenemos como eje de la historia a Peter Quill, interpretado por Chris Pratt en modo "canchero full time", un carilindo que ha sido secuestrado de niño por una nave tras la muerte de su mamá. El film no escatima en el golpe bajo desde el mismísimo comienzo. Muestra a la madre del pequeño muriendo de cáncer y obsequiándole a su hijo una cajita, cuyo contenido se revelará sobre el final del film.
Este tal Peter Quill, luego devenido en Star Lord, es una suerte de policía interplanetario que roba una misteriosa esfera con poderes. Para hacerle frente al siniestro villano Ronan, deberá unirse a cuatro personajes variopintos, incluyendo un mapache cuya voz es aportada por Bradley Cooper, y un humanoide con forma de árbol que cuenta con la voz de Vin Diesel. Enunciado en estos términos, el asunto suena simpático. Más todavía si tenemos en cuenta que la principal pasión de Peter son unos cassettes que escucha en un walkman ochentoso. Pero aquello que podría haber resultado un film querible, incluso algo anarquista con respecto a la rígida estructura de los restantes films de superhéroes, deviene en un festín de adrenalina tan excesivo como falto de gracia.
La película no se permite un tiempo para ahondar en los personajes y sus vínculos. Ni siquiera la atracción entre el líder de la banda y la sensual Gamora, una criatura con fuerza y agilidad sobrehumanas interpretada por la bomba sexy Zoe Saldana, logra momentos inspirados. Toda pequeña pausa en el relato es simplemente un engranaje mecánico, para luego pasar a otra escena de acción igualmente automatizada.
Guardianes de la galaxia confunde ritmo con alienación visual y narrativa. Las intancias de peleas, explosiones y persecuciones se suceden a toda velocidad causando un interés decreciente en el espectador, que va hundiéndose en su butaca frente a tanta artillería sin criterio. Al no haber climas ni evolución dramática, esta aparatosa producción se lanza de lleno a hilvanar secuencias de gran despliegue como si fueran un simple trámite. Con nula creatividad a la hora de plasmar estos choques entre personajes, naves y demás cachivaches; el film apuesta a ralentados que ya vimos mil veces, una dirección de arte que es todo un mamarracho y algunas bajadas de moralina que son una auténtica vergüenza.
Las referencias a la iconografía pop que este engendro esboza, van desde Footloose hasta adorables himnos vintage como Hooked on a feeling, Cherry Bomb y el clásico de Motown Ain't No Mountain High Enough (Marvin Gaye debe estar revolcándose en su tumba). Dicho sea de paso, el cine indie americano ya saqueó hasta el hartazgo las inoxidables canciones de Motown, no hay necesidad de que las producciones de superhéroes vayan ahora por el mismo camino.
Si esta primera entrega para la pantalla grande de Guardianes de la galaxia no dio para mucho, habrá que ver si la segunda, que ya está anunciada para julio de 2017, logra levantar la puntería. Así están las cosas con el cine industrial de Hollywood. Marvel amenaza con apoderarse de todo, y ya no basta con exponentes de linaje como el pelotón de personajes de Los Vengadores. Ahora la enorme factoría lanza a la venta los saldos, llenando los mesones con estos héroes fallidos que nadie compró en su temporada de lanzamiento. Y allí están, apiñados y revueltos, buscando su última oportunidad en la caja de ofertas del outlet.
Guardians of the Galaxy / 2014/ Estados Unidos / 120 minutos / APM 13 / Dir.: James Gunn / Int.: Chris Pratt, Zoe Saldana, Lee Pace, Benicio Del Toro, Djimon Hounsou, Glenn Close.