En estos tiempos de fusilamiento a través del gatillo de Twitter, resulta verdaderamente osado que Juana Viale se haya propuesto para ocupar la silla de su abuela Mirtha por un almuerzo. Si bien Viale estuvo muy atinada al no intentar apropiarse a la fuerza de la esencia de Legrand; el programa que ella condujo fue otro. Almorzando con Mirtha Legrand se ha caracterizado durante estos largos últimos años por dos cosas: la pata política y la mirada aguda de la realidad. Coincidamos o no con el pensamiento de la "Chiqui", esa es la matriz conceptual de su producto televisivo.
A nivel de oficio, está claro que resulta caprichoso exigirle a Juana la destreza de una conductora con décadas de oficio sobre sus espaldas. A la nieta de Mirtha le sobró belleza fotogénica y le faltó todo aquello que se logra con el trayecto: ritmo, precisión en las preguntas y velocidad en los remates. En todo momento, Viale supo desligarse de los vicios y virtudes de la abuela reina. Acertó al no abusar de la autorreferencia y permitir que sus comensales hablen sin interrupciones. Falló a la hora de generar momentos intensos o climas emotivos. Un ejemplo clave en este sentido, fue cuando Luis "Caito" Pfening - un chico que padece de distrofia muscular y que estuvo sentado junto a su hermano, el actor Guillermo Pfening - se quebró en llanto en la mesa. Legrand seguramente hubiera subrayado esta instancia, con su habitual pericia para desplegar el dispositivo necesario para que el invitado desbarranque en lagrimones, más allá de que ella afirme "ay, no quiero que llores en cámara". En cambio bajó el timón de Viale, el paréntesis en cuestión pasó casi desapercibido. Si bien se agradece ese lapsus de pudor y no explotación del dolor ajeno, es cierto que de haber contado con mayor experiencia; la novel princesa de los almuerzos le hubiera dado a esa instantánea mayor rédito televisivo.
Más allá del esfuerzo, quedó en claro que lo de Juana no es ni será la conducción. En esa labor, se puede tener menor o mayor despliegue de espontaneidad, gracia y ocurrencia; pero hay algo que resulta indispensable: la soltura. Viale se las vio negras en los primeros minutos del programa; sentadita a solas tuvo la tarea de pasar los anuncios de todos los auspiciantes. Algo que uno puede suponer como muy sencillo, requiere de una fluidez que se aprende con el tiempo y de un carisma que simplemente se tiene o no se tiene.
Una vez en la mesa, la cosa se distendió bastante. Claro que eso fue absoluto mérito de los invitados y de la producción que diseñó una mesa liviana y "remadora". Coco Sily, Sebastián Wainraich y Guillermo Coppola podrían levantar al banquete más amargo. En tanto que Guillermo Pfening y su hermano Caito aportaron la necesaria cuota de calidez e historia de vida.
En el tramo final, la señora Legrand hizo su aparición telefónica. Más allá de la previsible escena de la nona chocha con la nena, allí se vivió el momento "peligro de conducción del programa desde la cama de la señora". Viale supo sortear el momento con gracia, cortando a la abuela a tiempo con la ironía de que este es ahora su programa. Y así, entre uno que otro momento simpático, el asunto llegó a su postre y a todos nos quedó una cuasi inevitable sensación de sabor a poco.
Está claro que Mirtha hay una sola, pero ese no es el punto. La apuesta de los clásicos almuerzos pasa por los cruces de opiniones, la sagacidad a la hora de atragantar a alguno de los comensales, y el creciente tono periodístico que adquirió este envío lo largo de los años. Nada de eso pasó con Juanita. Y más allá de que fue ella la que tuvo la ocurrencia de reemplazar a la diva, y de que lo hizo con su mejor empeño; la producción debió anteponer la esencia del programa por encima de las cuestiones de linaje familiar. Si la "Chiqui" no puede estar en la cabecera de su mesa, su restaurante debería poner a un anfitrión que sepa condimentar los platos para que no nos crucemos al tenedor libre de en frente. De repetirse esta situación, el restó de Legrand corre peligro de quedar vacío. Cualquier cadena de comida rápida o delivery dominguero, está al alcance de nuestro control remoto. Más allá de la curiosidad del plato de la nueva cocinera, nunca estaremos dispuestos a resignar el sabor de la tan querida como cuestionada abuela.