Refugiado es una película arriesgada. Por un lado, aborda un tema áspero y lamentablemente cotidiano en la Argentina como el de la violencia de género. Por otro, lo hace sin apelar al regodeo en golpes bajos y renunciando a la etiqueta de "film de denuncia".
El realizador Diego Lerman ya venía desarrollando una filmografía más que interesante con títulos como Tan de repente, Mientras tanto y La mirada invisible. Con Refugiado, da un enorme salto cualitativo que le valió la participación en prestigiosos festivales como Cannes, Biarritz y San Sebastián. Parte de esta notable progresión tiene también que ver con la presencia de una enorme protagonista como Julieta Díaz, cuya versatilidad es verdaderamente asombrosa. El año pasado la vimos como gran comediante en la exitosa Corazón de león, y siempre resulta eficaz en cuanta ficción televisiva aparezca. Su compañero en este nuevo material de Lerman es el niño Sebastián Molinaro, que ofrece una performance magistral capaz de abarcar registros muy variados.
El arranque de la película es por demás inquietante. Un cumpleaños infantil. Unos padres que no van a buscar a Matías (Sebastián Molinaro), uno de los compañeritos invitados. Y a partir de ahí, el infierno. Cuando los papás del cumpleañero van a llevar al pequeño que no ha sido retirado a su casa, Laura (Julieta Díaz), la mamá de Matías; yace tendida en el suelo, lastimada y con restos de un espejo roto a su alrededor. El director no ocupa tiempo en desarrollar el origen del accionar violento que la mujer ha recibido por parte de su marido, sino sus más tenebrosas consecuencias.
Diego Lerman definió a su creación como una "road movie urbana y doméstica", en el sentido de que Laura huye con su hijo de 7 años, a su vez embarazada de una criatura de la que su pareja afirma no ser el padre. Este escape adquiere ribetes de thriller hiper intenso a medida de que el golpeador reaparece en escena. Uno de los grandes logros del film es mantener a ese oscuro personaje fuera de campo, solo escuchamos su voz en el teléfono, y en una crispada escena de suspenso lo vemos caminar de espaldas por un pasillo.
Más allá del tono hiper realista del relato, la estética combina elementos característicos del cine documental, como el nervioso uso de cámara al hombro; con una elaboradísima planificación que incluye composiciones y uso de grúas muy sofisticadas, sin que el virtuosismo visual distraiga la atención del foco de la narración. Más que perseguir una intención testimonial, la imagen acierta en la creación de climas muy diversos, que van desde los grisáceos monoblocks de Lugano y el refugio para víctimas de violencia al que van a dar los protagonistas; hasta el luminoso paisaje del delta en Tigre. Todo esto es obra del inspirado director de fotografía polaco Wojciech Staron, ganador de numerosos premios en festivales internacionales.
Lo que define de mayor forma a Refugiado, es su perfecto equilibrio entre su postura pudorosa, con nula voluntad de explotar las miserias de sus personajes; y su mirada valiente sobre un tema extrañamente eclipsado en la cinematografía nacional. Más allá de ser un relato con agallas y por momentos incómodo, no se priva del imprescindible universo lúdico que rodea a todo niño, aún en el entorno más adverso. En medio del calvario, la película también emana un aura de necesaria calidez, a través de los destellos de solidaridad de quienes se van cruzando en el camino de Laura y Matías. Porque Refugiado es por sobre todas las cosas, un film de matices en el que sus personajes centrales mutan a la vez que su vínculo se fortalece. Por la urgencia de su temática y por la excelencia de su abordaje cinematográfico, debería transformarse en un éxito de taquilla. Sin dudas, no es una película complaciente, pero es de esas que perduran y revelan un infierno tan cercano como cíclico.
Refugiado / 2014 / Argentina, Polonia, Colombia, Francia / 94 minutos / APM 13 / Dir.: Diego Lerman / Int.: Julieta Díaz, Sebastián Molinaro, Marta Lubos