“Cuando esté viejo y empiece a perder el pelo ¿aún me vas a enviar regalos de San Valentín, tarjetas de cumpleaños y una botella de vino?”. La pregunta se la hacía Sir Paul McCartney en 1967, en la letra de la canción “When I’m sixty-four” (cuando tenga sesenta y cuatro). El Beatle apenas había cumplido los 25 y, sin embargo, con toda el agua corrida bajo su propio puente, del orígen humilde en Liverpool al estrellato absoluto -y a estar componiendo, justamente en ese momento, “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band”, uno de los discos fundamentales de la historia del rock-, ya había madurado lo suficiente como para hacerse un planteo de lo más existencial: ¿Vas a estar conmigo el día que sea viejo?
“¿Aún vas a seguir alimentándome, aún vas a seguir necesitándome, cuando tenga sesenta y cuatro?”, interroga la poesía casi inocentona de Sir Paul. Y es que todos tenemos un poco de miedo a morir. Pero, sobre todo, a lo que más tememos es a morir solos. A caer desde la cima -pequeñita o enorme- que hayamos alcanzado en la vida y que no haya nadie para acompañarnos en el final del viaje.