"El Cigala" enamoró a todos en el Angel Bustelo

El cantaor andaluz ofreció anoche un concierto con mucho de talento, pero también con mucho de oficio. Una banda de músicos talentosos y un artista que todo lo tamiza por flamenco, hicieron poner de pie a un auditorio repleto. Aquí, una crítica del show del madrileño.

El español dejó un show que encantó a su público. Foto: Alf Ponce / MDZ
El español dejó un show que encantó a su público. Foto: Alf Ponce / MDZ

Diego Ramón Jiménez Salazar, “El Cigala”, es un cantaor flamenco. La obvia referencia no está de más, a la luz de que para ilustrar el concierto que anoche dejó en el auditorio “Angel Bustelo”, hay que tener en cuenta que se dedica a mirar la música desde su vecina Andalucía y de allí no se mueve.

Quienes hemos oído cómo se mueve entre palos andaluces como la bulería, el fandango, la alegría y la soleá, entendemos desde dónde hace lo que hace: "flamenquear" todo sonido que llega a su pecho y a sus palmas.

Anoche, ofreció un recital que, bien puede ser dividido en dos partes: una primera más “argentina”, con muchos tangos rioplantenses, de los nuestros, y una segunda, muy marcada por su luminoso contacto con el pianista cubano Bebo Valdés.

Con una banda que sueña de maravillas, en particular por las artes del pianista Jaime “Jumitus” Calabuch y del contrabajista Yesly Heredia (anoche, faltó un ingrediente fundamental de su combo: la guitarra española de Diego El Morao), el gitano ofreció un show de casi dos horas, bien marcadas por la diferencia señalada. Y mucho, mucho más lucida la segunda que la primera, aunque todas, al fin, sean músicas de puertos, de amor, de dolor y de despedidas.

Así, empezó con varios tangos bien nuestros: “Garganta con arena”, “Las cuarenta”, “El día que me quieras”, “Nostalgias”, “Tomo y obligo”, “Qué ganas de llorar”, “En esta tarde gris” y “Naranjo en flor”. ¿Cómo los hizo? Caminando, al igual que sus músicos, y en algunos casos, casi en formato de fogón (caso de “Nostalgias”, “Los mareados” y de la versión de “Alfonsina y el mar”).

De esta primera parte, se destacó una bellísima versión de “Soledad”, de Buika, solo con el piano del talentoso “Jumitus” y que tan bien le suena al Cigala cuando la hace con una guitarra bien flamenca.

La segunda parte del show, la más hermosa, coincidió en gran parte con un seleccionado de temas del disco “Lágrimas negras”, que grabara con su amigo Bebo. Aquella intimidad inicial del dúo, ahora se vio invadida por otros sonidos y el contrabajista cubano Heredia no dejó en ningún momento de aportar belleza y precisión.

También, a esta altura, apareció en escena el guitarrista Diego García, quien viene del rock y de acompañar a Andrés Calamaro con su Gibson ES-295, con franco sonido norteamericano, que enamoró al Cigala, aunque a lo largo de los temas se volvió repetitivo.

Llegó, entonces, decíamos, lo mejor: “Niebla del Riachuelo”, “Lágrimas negras”, “Se me olvidó que te olvidé”, “Corazón loco”, la preciosa y muy íntima “Vete de mí” (junto con “Soledad”, lo mejor de la noche), “Se equivocó la paloma”, de Rafael Alberti, “Obsesión” y dos hitazos para cerrar: “La bien pagá” y “Dos gardenias”.

A fin de cuentas, ¿qué estuvo mejor respecto de la primera parte? Tal vez que los arreglos estaban fijos ya, y mejor elaborados, con canciones muy viajadas, y su voz se movió entonces con mayor comodidad.

Soberbio, bebedor y encantador como todo gitano que se precie de tal, la propuesta, esta vez, fue lograr un sonido en general más suntuoso que gitano, que para sonidos gitanos, durante muchos años, “El Cigala” ya nos ha regalado mucho.

Se tomó este respiro, cantó canciones que le gustan, que le dicen cosas y enamoró a todos con su garganta. ¿Qué más se puede pedir y cuánto más se lo pudo aplaudir? La gente devolvió su oficio y su arte con amor. Todos felices.



Ulises Naranjo.