En todos mis años como periodista especializado en música, he tenido la posibilidad de ver cientos de recitales. De todos los géneros y para todas las edades. Esa experiencia hace que sienta que estoy en perfectas condiciones de decir que: destaco, distingo y prefiero no una sino mil veces los recitales de heavy metal a uno de esos show de galanes que cantan canciones de moda a las chicas.
Está dicho: el de las mujeres, es un público complicado.
Hay cosas que suceden que no tienen explicación, simplemente porque a nadie se le ocurriría hacerlas. Como por ejemplo, no cumplir con lo que dice la entrada. Tan fácil y simple como eso.
Cuando alguien va a comprar un ticket para un show, hace largas colas, espera paciente llegar a la boletería, mira el tablero, ve los sectores, los precios de cada uno de ellos, el día, la hora; y luego en base a eso elige.
Entonces, si tiene (por ejemplo) “popular norte, sin numerar” marcha decidida a ver al hombre que desde un escenario le dice las cosas que quiere escuchar. Hasta a acá, todo normal -o casi normal-; pero al momento que se apagan las luces y comienzan a sonar los primeros acordes, ellas se transforman. Y esa mutación no viene sola. Como una imagen kafkiana olvidan la entrada que les asigna su digno lugar y corren más adelante hasta llegar a la fila 9 butaca 27. Debo decirles que aunque en su mayoría son las féminas las pioneras -lamentablemente- se ha convertido en algo común en cualquier evento. Esa falta de respeto y de educación se está profundizando, haciendo gala de una “viveza criolla” estafadora, que perjudica a un prójimo.
Hace unos años atrás, Chayanne vino a Mendoza y se presentó en el Malvinas Argentinas. Había dos sectores bien delimitados: campo y tribuna. A su vez, el campo estaba dividido en tres. Diez minutos antes de que comenzara el show, intempestivamente, las chicas del último sector del campo, decidieron verlo más cerca. Y se fueron a las primeras diez filas, que estaban vacías, porque quienes tenían esas localidad aún no llegaban. Cuando uno compra una entrada, mientras más alto es su valor, más beneficios tiene: si se compra la más cara sabe que estará más cerca del ídolo, no hará la fila lo que le permitirá llegar tres minutos antes que se apaguen las luces y tendrá su lugar. Estos pasa en cualquier parte del planeta… menos en Argentina. Acá el tema se complica. Entonces en ese momento fue tal el descontrol en cuanto a ubicaciones, que se apagaron las luces y quedaron todos pegados al escenario.
Hace más de diez años, Cristian Castro se presentó en el teatro griego Frank Romero Day. Si bien la concurrencia no fue la esperada, había muchas chicas. Y la gran mayoría estaba en la zona alta del teatro, que se dividía de la baja por una tela de alambre, confeccionada para la ocasión. En una parte del show, el mexicano no tuvo mejor idea que decir “¡Qué lejos que están! Podrían venir un poco más cerca…”. Las chicas lejos de decir “no, está bien nos quedamos en nuestro lugar”, se abalanzaron cual tsunami humano. ¿Pueden imaginar a cientos de mujeres absortas y convocadas por su ídolo a que cumplan con un cometido? Pues pasó eso y más.
Ultima: bien reciente. Alejandro Sanz iba a cantar en la cancha de Gimnasia y Esgrima. Un show bien organizado, con mucho espacio para caminar, para que todo estuviese tranquilo.
En el campo, división con dos precios de entradas: $400 y $300. Los espacios estaban bien separados con vallas metálicas.
Bastó que a una joven dama se le ocurriera pensar que podía estar más cerca de los cien pesos menos que pagó, para que sucediera esto:
Y encima, las tribunas también tuvieron su momento, porque decenas de chicas intentaron llegar a la zona del campo, por más que no tuvieran entrada para ese sector.
De locos, pero tuvo que ir Infantería de la Policía de Mendoza a contener a las fanáticas del hombre que canta con el corazón partío.
La verdad es que esto ya es moneda corriente. Y no debería ser así. Las que están adelante quieren estar más adelante y las de atrás quieren no estar atrás. Es como que en unos segundos, un gran arrepentimiento por la entrada que pagaron se apoderara de ellas y eso las sublevara transgrediendo todo, insultando a la seguridad, recordando las madres de los organizadores y mirando con odio amazónico a todo hombre que se les cruce. Disconformismo y mala educación, esa mezcla rara hace que una mujer pierda todo lo que se necesita para ser mujer. Furiosas, salvajes, bravas, casi irreconocibles para cualquiera y menos para el paciente hombre que las espera en el auto a la salida del show.
Cuando voy a un concierto en el exterior, me doy cuenta que somos una especie cavernícola en el tema. Porque veo que allí a nadie se le ocurriría entrar a un sector para el que no tiene entrada habilitada. Es una falta de respeto y de ubicación.
Debo admitir que también es cierto que hay artistas que ante los grandes vacíos delante del escenario no tiene la mejor idea que incitar a que se acerquen y arman semejante descontrol.
De todas formas nada justifica este accionar desmedido por parte del público argentino.
En fin, estás son pequeñas anécdotas que ocurren en los shows.
Mujeres solas o madres feroces -en espectáculos infantiles- que se desgarran por llevar a sus hijos hasta el escenario, forman una hinchada temida, un público heavy que no es del metal.
Por tal motivo les confieso que prefiero llevar a mi hija y ubicarnos en el medio de un concierto de Iron Maiden y no ir con ella y diez policías a escuchar a Luis Miguel…