Romina Yan: el adiós de alguien que creció con ella

“La muerte es un sueño sin sueños”, dijo el francés.

Hay mucha gente sorprendida hoy.

En los medios de comunicación, y en la calle también.

Están sorprendidos por dos motivos distintos: unos no entienden por qué el fallecimiento de Romina Yan hace saturar los sitios web de diarios, revistas del corazón y páginas de espectáculos (¿Era tan conocida? ¿Era tan importante?)… otros están verdaderamente dolidos, no pueden creer que la actriz joven ícono de los programas infantiles argentinos ya no esté, y justamente, son los que revientan todo el mundo virtual.

Conocí a la hija de Cris Morena y Gustavo Yankelevich en Jugate Conmigo, un programa revolucionario para adolescentes en donde alumnos de secundario iban a competir por el viaje de egresados y participaban en juegos en donde se "enchastraban" con sustancias viscosas y bastante asquerosas -lo que constituía, en ese momento, toda una novedad televisiva-.

Allí esta chica formaba parte del staff de chicos que bailaban y cantaban canciones de temática teenager (los de mi generación no se olvidan de "chusma, chisme", "me llamo juan", "tengo que ser flaca" o "mi primera vez", por ejemplo), entre otros jóvenes con suerte dispar en la farándula argentina (algunos hicieron carrera, como Luciano Castro, María Susini, Hernán Caire y Moira Gough; pero otros desaparecieron casi instantáneamente). Si bien se destacaba como bailarina, el boom de Romina estaba por llegar: su madre preparaba un proyecto, y la tenía en mente como actriz protagónica.  

Todos sabemos que las historias de niños huérfanos son un cliché emotivo del cine y la televisión. Tanto la filmografía mundial -¿Quién no vio el musical de Annie o, por lo menos, leyó el libro de la biblioteca Billiken?- como la historia de nuestra televisión nacional (cito dos ejemplos: los más grandes van a acordarse de la graciosa “Pinina”, una pequeñita Andrea del Boca sin mamá… o su remake masculina con Pedro, un nene con la capacidad de ver el fantasma de Pablo Alarcón –su padre- a principios de los 90 en Regalo del Cielo) están repletas de estos personajes, protagonistas de un cuento de abandono con final feliz.

Chiquititas tomó esa trama pero la enriqueció. Historias de niños huérfanos, abandonados en un sombrío hogar (que paradójicamente se llamaba "Rincón de Luz") con sus vidas en manos de una terrible directora.

Esto fue así hasta la llegada de Belén; una empleada que, transformándose en una suerte de “hermana mayor”, fue ganando el corazón de los dueños del establecimiento hasta deponer a la directora original. Con sus canciones, sus bailes y juegos, su indumentaria colorida y su permanente alegría los huerfanitos conocieron lo que es el amor, un abrazo, el afecto, el color y la luz… La responsable de toda esa revolución emocional fue Romina Yan.

El programa era idílico, era naif, era irreal por supuesto. ¿Pero a quién –grande o niño- no le gusta ver historias que transitan un camino de superación del dolor y finalmente logran torcer su destino hacia la felicidad?

Yo, como miles de argentin@s que tenemos entre veinte y treinta y pico, tomé muchas mediatardes viendo Chiquititas, escuché sus canciones, vi amigas y hermanas aprenderse sus coreografías, dejé de tenerle miedo a la oscuridad porque "cerrando los ojos fuerte se ven un montón de colores y luces" y fui testigo de las extensas colas del teatro Gran Rex de Buenos Aires: 12, 14… 15 cuadras!!! Que valían la pena porque en la obra veíamos a Romina volar sobre nosotros en globo, con su varita mágica… y esa noche no nos podíamos dormir de la emoción, creyendo en la magia y las hadas.

Falleció una mamá joven, una mina del mundo del espectáculo que nunca protagonizó escándalos, una actriz que todos tildan de angelical y que en su momento llenó de ilusión y alegría a miles de “argentinitos”.   

A los que insultan o hacen chistes de mal gusto en las redes sociales, me gustaría decirles que, por supuesto, me va a seguir preocupando el hambre en el mundo. También los argentinos que no tienen hogar. Voy a seguir diciendo que falta educación, trabajo, seguridad… pero una cosa no tiene nada que ver con la otra. La muerte es radical, y ante el dolor ajeno debemos una actitud de respeto. Si no me gusta el trabajo artístico de alguien, me llamaría al silencio en vez de denigrar o ser socarrón, impertinente o procaz contra el semejante.

Para resumir, siento que hoy se le murió una parte de la infancia a muchos argentinos. Hoy, sí, varios tenemos “el corazón con agujeritos”.

“La vida pone pruebas a tu paso, algunas te lastiman y te hacen caer.
Siempre estaré a tu lado por si acaso, te prenderé una luz y podrás ver”.

Romina Yan, QEPD.