Declaro que prescindo de famosos y caretas

Nuestro invitado -Jorge Marziali- es un mendocino reconocido en el país. Juglar, poeta, escritor, compositor, periodista, cantor. Tiene ocho discos editados y sus canciones están llenas de paisajes urbanos. Hoy, nos escribe su opinión personal.

"Mendoza On Line"  me ha puesto en un aprieto. Me propone escribir una nota de opinión. Hace tiempo que no tengo opiniones, es decir, juicios, conceptos sobre alguien o alguna cosa. Excepto si hay una pregunta previa. Por ejemplo: ¿qué piensa del gobierno? O ¿qué  le parece fulano? O ¿apoya la unión legal entre heterosexuales? Entonces sí, por ahí me sale una opinión.

Ya cuando ejercía el periodismo pensaba que las opiniones no sirven para nada; sobre todo esas opiniones que largan al viento personajes  a los que nadie les preguntó nada. Y encima las personas que opinan sin que nadie les pregunte me parecen insoportables.

Una vez en la redacción de Clarín discutí con un señor que pensaba que la opinión del diario era muy importante para hacerle el bocho a la gente. Y me surgió un ejemplo para rebatir ese concepto: “Mirá –le dije, si la opinión de Clarín influyera en la gente, Rogelio Frigerio sería presidente; años dándole manija al bueno de Frigerio y el MID no pudo mucho más que hacer algunos negocios y meter algún que otro diputado de circulación restringida”.

Yo creo que la mejor forma de exponer una opinión es la acción. Algo así como “dime qué haces y conoceré tu opinión”. Si esto fuera cierto, yo invito a los lectores a “conocer” mi opinión según la actividad que realizo. Y ojo, me jugaré con algunos datos privados.

1) Me despierto temprano. Escucho música o algún programa de radio. O toco un poco la guitarra. Sin vestirme, me hago algún desayuno (nunca el mismo) y lo liquido generalmente en la cama. Me “cuelgo” mirando  ramitas del ligustro o pájaros varios que deambulan por el pastito buscando bichos.

2) Me levanto, me meto en la computadora, leo mensajes, respondo algunos. Luego reviso versos, leo los títulos de los diarios. Por ahí escribo algo nuevo.

3) Ordeno algunas cosas de la casa.

4) Me voy al bar, tomo café, camino por el pueblito en el que vivo.

5) Visito algún amigo un rato o a mi  hija que vive cerca.

6) Ya comienzo a pensar en un vinito y una picada. Invento esa picada para darle lugar al vino.

7) Duermo la siesta.

8) Me levanto, me meto en la computadora, leo mensajes, respondo algunos. Luego reviso versos, leo los títulos de los diarios. Por ahí escribo algo nuevo.

9) Si hay sol y hace falta corto el pasto. Si está nublado me quedo dentro, tomo algún té. Toco un poco la guitarra.  Y así hasta la noche, con su vinito y su comida con algún amigo fuera de la casa o dentro de ella.

10) Me acuesto temprano y la televisión dura lo que tarda en llegar el sueño.

Los fines de semana por lo general viajo por mi trabajo o para visitar gente querida. Y si no viajo estoy en algún estudio de grabación o incluso repitiendo la rutina de los días laborables.

Me parece que he sido parco, quisquilloso. Pero quizá contando las cosas o personas de las que puedo prescindir yo pueda llegar a dar una opinión sobre asuntos sobre los que no he sido consultado.

Puedo prescindir de las noticias deportivas, de las de “espectáculos” y de las de economía; del supermercado, de la tarjeta de crédito, de un auto nuevo, de las colas de los bancos, de las “oportunidades”  que ofrecen los escaparates, del gimnasio, del hall de los teatros. Y si de personas se trata prescindo de famosos, caretas, desesperados por la figuración, empresarios, vendedores ambulantes, opinadores al cuete, funcionarios profesionales, profesionales funcionarios, manosantas.

La verdad me siento apretado por la propuesta. No crean que no me jode no tener una opinión en estos tiempos. Lo hablaré con mi analista una vez que deje de prescindir de uno.