Vos sabés de qué se trata, Luciano: un pie adelante, el otro atrás, el cuerpo agachado y un quiebre de cintura. Y la piña, irremediablemente, pasará de largo. No es magia, es boxeo.
Castro lo supo en su adolescencia, cuando amaba subirse al ring y se peleaba demasiado en la calle. En el gimnasio, a los 16, dice que aprendió a aguantársela. Y repartía su fascinación entre Sugar Leonard (aquellas veladas de Las Vegas) y Marlon Brando (lo vio en Nido de ratas y, guau, qué ganas de ser actor). Hacer cintura, lo llaman: esfumarse con elegancia.
Hasta que un día, Luciano Castro, plantado en el centro del cuadrilátero, decidió bajar la guardia. Deliberadamente. No más esquives.
Y apareció al lado de Sabrina Rojas, bella y grácil, para confirmar lo que los rumores habían instalado: que son pareja, innegable relación que no pudieron (no quisieron, ya) ocultar en Mendoza. Vaya ironía: justo en la tierra de Nicolino Locche, el rey del esquive...
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